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I. El concierto
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Lector: alguna boca, alguna vez, dijo: Bach es Bach, como Dios es Dios. La frase anónima quedó escrita –agradezcamos la justa sentencia de Caio Titus: Verba volant, scripta manent– en el decálogo, inexistente, de los dogmas de fe de la también inexistente religión musical. La frase no será olvidada con facilidad por un melómano occidental de cepa, ¿qué diletante educado en la tradición europea podría negar tajantemente la importancia del músico alemán? Basta ser partícipe, una mañana, tarde, o noche cualquiera, de la genialidad con que la segunda nota se desprende de la primera, y la tercera de la segunda, y así las demás, sucediéndose hábiles, pero violentas, en el escalonado pentagrama sonoro de algún concierto contrapunteado de Johann Sebastian Bach. Quiero hacer eco a la frase: Bach es Bach, como Dios es Dios, y remitirme de manera casi –no totalmente– arbitraria al Concierto para violín y oboe en Re menor.
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Recuerdo un episodio que viene al caso: una tarde pretérita fui invitado al examen profesional de un violinista amigo en el Conservatorio Nacional de Música. El examen consistía en ofrecer al público un concierto que durara alrededor de treinta o cuarenta minutos, la memoria me traiciona. El Concierto para violín y oboe en Re menor comenzó, como Dios manda con esa simpática verdad de Perogrullo, por el principio: el primer movimiento, el Allegro, ya insinuaba un suave coqueteo melódico entre el violín y el oboe barroco, y un fascinante soporte ofrecido por el conjunto instrumental, por el bajo continuo y por el clavecín que acompaña y completa esa trinidad irrebatible de melodía, ritmo, armonía. Era de esperarse que el segundo movimiento, el Adagio, anunciara una tregua apenas pactada, casi secreta, entre los protagonistas antagónicos del concierto (calificativo no contradictorio en el fondo, pues ambos instrumentos principales, violín y oboe, forcejean, sin hacerse daño, en actitud antagónica, por llevar la voz principal de la exposición melódica, o al menos, así pareciera). Toda esa grieta de calma, como su etimología lo indica, que es el Adagio, sólo para dejar que la abrumadora perfección del Allegro, del tercer movimiento, arremetiera con toda su fuerza. Fue como si Johann Sebastian Bach hubiera querido que los primeros dos movimientos de su concierto nos internaran en la inmediatez del deleite inocente, para que el tercero nos mostrara después que la catarsis podía llegar más allá, mucho más allá, siempre más allá de la ingenuidad. Si el primero y el segundo movimientos fueron hasta parsimoniosos, el tercero provocó una explosión sin tregua en los sentidos de los escuchas con el torbellino que son sus notas, y que sólo la fuga, ese barroquísimo procedimiento de creación con estructura determinada, podía desatar. En suma, el concierto de Bach es un tejido musical polifónico –como la más polifónica novela de Dostoyevski, de Tolstoi, o de Turgeniev–, contrapunteado, cuya voz principal, la del violín o la del oboe, o la fusión de ambas, hace la exposición melódica que varios contrasujetos responden, imitan o varían; es decir, que El Concierto para Violín y Oboe en Re menor de Johann Sebastian Bach, es una unidad de contradicciones y luchas internas. Me aventuraría, no a definirlo, sino a nombrarlo como el desorden encausado de los sentidos, como la guerra civil de los sentidos; mientras un instrumento apunta hacia un lado, otro apunta hacia el lado contrario, y sólo se ponen de acuerdo para que la guerra civil pueda continuar, para que esa detonada locura que arremolina al oyente con sus notas, pueda ser aprisionada por un delgado hilo de razón que le da forma y contribuye a darle fondo. Ese delgado hilo de razón que estructura y mantiene a raya toda la locura disparada, a pesar de ser tan delgado como para no dejarse ver en la primera cita, es la agudeza del artista. Es Apolo en esa eterna lucha con Dionisos, es la genialidad del artista creador. Estoy hablando del Concierto para violín y Oboe en Re menor, como un momento irrepetible del arte; cada ejecución es un momento irrepetible de la creación artística única, única como la creación divina. Lo dicho, Bach es Bach, como Dios es Dios.
II. Síndrome de Augusto Pérez
En Niebla, de Miguel de Unamuno, Augusto Pérez, personaje principal, adquiere dimensiones insospechadas cuando, hacia el final de la novela, decide visitar a su creador, al propio Miguel de Unamuno, para pedirle que lo mate. Unamuno, sorprendido, resuelve después de una plática con el personaje, suprimirlo. Augusto Pérez entonces se arrepiente y quiere vivir, pero Unamuno se niega. Augusto entonces se le rebela férreamente al escritor al punto de poner en entredicho el objeto de su existencia. Puede que usted, le dice un Augusto Pérez egoísta a un Miguel de Unamuno perplejo, no sea más que un mero pretexto para que yo llegara al mundo.
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Puedo afirmarlo, con la soberbia y con el rigor de la ciencia: no soy el único ser que alguna vez se ha estremecido con los acordes de Johann Sebastian Bach. La música, como las otras artes, tiene la preciosa virtud del egoísmo, la de ir más allá de un espectador. La obra de arte parece obedecer a su creador, pero siempre intenta escapársele, del mismo modo en que Augusto Pérez intenta escapar del control de don Miguel de Unamuno en Niebla. Es decir, que una vez creada, la pieza musical, como el poema, como la obra de teatro, como el cuento, como Augusto Pérez mismo, dejará de pertenecer sólo a su autor, o a una escuela artística determinada (se trata de la libertad que la divinidad le otorga a su creación). O más bien, a fuerza de pertenecer a tantos espectadores, a tantos escuchas, a tantos lectores, la obra acabará por no pertenecer a ninguno. El arte es egoísta, vive para sí mismo, apenas se deja ver por los otros; aunque se alimenta de los que lo admiran, acaso tolera sus caricias. Así pues, no es disparatado pensar que los alcances de la música de Johann Sebastian Bach han llegado mucho más lejos de lo que el propio Bach alguna vez pudo imaginar. Pero esta afirmación no sólo se limita a la música de Bach, bien puede extenderse al arte desplegado por compositores como Cimarosa, Mozart, Beethoven, Gluk, o Schumann (advierto que el orden de la numeración tiene un porqué). La música trasciende a sus autores, se olvida de ellos. La música de Bach es el perfume, el matiz, la lozanía que se ha escapado de la flor para seguir sin ella el azaroso viaje, es Augusto Pérez que escapa de las manos de su creador; y Bach no es otra cosa que la flor sin olor, sin color, yerta y severa, olvidada de sus nobles atributos en algún páramo de la historia, es Miguel de Unamuno desafiado y superado por su obra.
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Imaginemos ahora que así como he tenido el placer de quedar prisionero en la telaraña polifónica de algún concierto de Johann Sebastian Bach, otro hombre cualquiera, saltando los piélagos de las épocas y las modas, lo ha tenido también; sólo que este hombre se ha definido a sí mismo a través del contacto con estas grandes obras musicales. Será una escena nocturna, un cinco de noviembre, en el Brasil de 1875 la que contaré ahora: un hombre, un artista, un compositor amante de las grandes obras musicales de la historia, se sienta frustrado y derrotado ante su piano. Acaricia las teclas amorosamente para arrancarles confesiones históricas, aquellos acordes de una sonata de Beethoven cuyo nombre ignoramos, pero que bien podría ser la Sonata Claro de Luna. Aparte del lector, este desdichado músico tiene otros espectadores mudos: retratos de grandes compositores, Cimarosa, Mozart, Beethoven, Gluk, Bach, Schumann, lo miran penetrantes desde sus cuadros, como santos de iglesia colocados en derredor del altar que es el piano. La sonata que toca el hombre tiene entonces un valor casi sagrado. No se trata, en principio, de una mirada netamente contemplativa la de estos santos, si no de una mirada escrupulosa, puntual y severa; parece que lo juzgan sin tregua. El compositor, versado en la técnica de hilvanar polcas como nadie en su ciudad, daría la vida, literalmente, y todas las polcas compuestas a cambio de poder escribir una sola página musical digna de ser considerada como par de las páginas de Cimarosa, Beethoven, Gluk, Bach, o Schumann, que lo observan; es decir, daría la vida por conseguir esa genialidad egoísta creadora, y porque su obra fuera capaz de trascenderlo, porque su obra padeciera Síndrome de Augusto Pérez. Al hombre que toca la sonata de Beethoven no le importa dar la vida, pues al crear una pieza musical que lo sobrepase, aseguraría al menos la continuidad de su nombre, como autor, en el transcurrir de la historia. ¿Qué ocurre entonces con este hombre que se sienta derrotado ante su piano, frente al pesado atisbo de Johann Sebastian Bach? No es necesario imaginar mucho más, alguien ya lo ha hecho por nosotros, y lo ha escrito. El cuento se llama Un hombre célebre, y es de Joaquim Maria Machado de Assis.
III. El secreto de Pestana
En aquella noche brasileña del cinco de noviembre de 1875 en que un hombre se sentó derrotado a tocar una sonata de Beethoven en su piano, en Brasil estaba instalado un gobierno imperial que los historiadores coinciden en calificar como próspero. Ese Brasil imperial, el de Pedro Segundo, imitaba las costumbres más refinadas de Francia. Los grandes bailes o los íntimos saraos, las suntuosas comidas, los paseos prolongados por las calles de Río, Botafogo, o Petrópolis, eran el pan de cada día para la gente más o menos adinerada. Las mujeres de aquella sociedad imperial decimonónica eran educadas desde la infancia para cubrir los requisitos del matrimonio. Como señoritas de buena familia, pasaban parte de sus ratos libres leyendo novelas escritas mayormente en francés, tejiendo, o ejercitando la música; era común, casi necesario, que una señorita de casa fuera capaz de entender el francés como la propia lengua, y de sentarse al piano y acompañar con música un aria estremecedora que le cantaría después de la cena al novio, o que cantaría en alguna tertulia o en algún baile.
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Y esto porque los bailes y las tertulias debieron ser importantísimos entre los habitantes acomodados de aquellas ciudades sincrónicas de Brasil. En ellos se habrán pactado amores; se habrá hablado de los asuntos políticos en boga; se habrán consumado compromisos sociales inevitables, contratos, ventas; se habrán mostrado las nuevas adquisiciones de las familias, los vestidos más elegantes, los trajes mejor cortados, yo qué sé. Cada baile podría haber tenido un fin distinto, pero no un medio distinto; pues, ¿qué habría sido de un baile sin música?, me pregunto. Nada, me respondo, y eso me lleva a una pregunta menos elemental, aunque necesaria: ¿qué tipo de música es la más apropiada para un baile? Las novelas de la época, de José de Alencar, Mauel Antonio de Almeida, Taunay, Bernardo Guimaraes, Franklin Tavora, y hasta Joaquim Maria Machado de Assis, nos remiten al vals irremediablemente, pero el vals es un baile ceremonioso, elaborado, lento y difícil, triste en ocasiones. Y no todos los momentos de coloquio social debieron ser tan ceremoniosos, elaborados, lentos y difíciles, o tristes; por eso es que también hay noticia de la popularidad de las polcas en los bailes.
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En 1896, cuando Brasil era ya una república y algo menos de imperial debía quedarle a su sociedad, cuando la esclavitud había sido por fin abolida, cuando Pedro segundo había abdicado debido a la fuerza militar de Manuel Deodor da Fonseca, y cuando Da Fonseca ya había establecido un régimen dictatorial, un escritor ya célebre, Joaquim Maria Machado de Assis, volteó al pasado y escribió un cuento memorable sobre otro hombre célebre, un compositor de polcas –la música ideal para el baile ligero de ese Brasil histórico–, conocido como Pestana. Lector, adivinas si crees que este compositor Pestana es el mismo que una noche brasileña de 1875, cuando la sociedad carioca era imperial, se sentó frustrado a su piano para tocar un nocturno de Beethoven.
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Volvamos 21 años en el tiempo para hablar de Pestana mientras vivía ¿Qué decir de él? Definitivamente que le fue mal en la vida. Ese hombre Pestana era un insatisfecho. Machado de Assis cuenta que Pestana huía de sus polcas como de la peste cuando la gente las silbaba por la calle, o cuando un músico las tocaba en alguna fiesta o baile. Ese hombre Pestana escapó de un sarao al principio del cuento, cuando dos mujeres lo reconocieron como el autor de las piezas tan famosas que se tocaban en las reuniones de sociedad, y le dirigieron la palabra e incluso se atrevieron a pedirle que ejecutara una de sus polcas. Luego, esa tétrica noche del cinco de noviembre de 1875, se sentó al piano a tocar una sonata de Beethoven y le reveló al mundo, en manos de Machado de Assis, el secreto de su desdicha, que es la desdicha de todo artista mediocre, o más bien de todo aquél que desea, sin lograrlo, poseer el don de crear obras válidas, momentos irrepetibles, como los de la creación divina. El lector no debe olvidar la curiosa sentencia con que comienza este texto: Bach es Bach, como Dios es Dios. Para el músico, sus creaciones son mediocres ante los ojos del arte que son los ojos de Bach. Sus creaciones no tienen ese complejo de Augusto Pérez del que hablé más atrás; no huyen de él, más bien lo persiguen. Él tiene que huir de ellas, porque ellas son la inmediatez de su tiempo, y el hombre que se queda estancado en su tiempo es incapaz de trascender como trasciende el artista consagrado, como trascendieron Cimarosa, Mozart, Beethoven, Gluk, Bach y Schumann. Al final del cuento, Pestana es derrotado por la incapacidad, enferma y muere, y se lleva a la tumba un brutal secreto: a pesar de haber sido considerado el gran compositor de polcas, expiró en paz con los hombres y mal consigo mismo. He aquí, lector, el secreto de Pestana: el artista insatisfecho tiene una doble vida, la del reconocimiento del público por una obra mediocre, y la de la certeza personal de la mediocridad. Compositor exitoso de polcas por el día, émulo vano del mayor lucero, como diría Góngora, por la noche. El artista insatisfecho es infeliz en ambas vidas. La afirmación es abrupta, cruel y atroz; el cuento de Machado de Assis, como buena parte de su literatura, pasa de la Utopía al desencanto en un abrir y cerrar de ojos, como la sociedad brasileña de aquella noche de 1875, en que el hombre se sentó al piano a tocar una sonata de Beethoven.
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IV. Las causas
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Existe un poema extraordinario, quizá por elemental, de Jorge Luis Borges, llamado Las causas. En la sucesión de versos que le dan forma y fondo, el lector quisquilloso puede advertir la otra cara del pasmoso destino: el absurdo más insulso. Según el poema de Borges, todos los sucesos del mundo han tenido que ver con el génesis del hecho, acaso maravilloso, de dos manos ajenas que entrelazan sus dedos, y así lo declara en hermosos endecasílabos:
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[…]
La voz del ruiseñor en Dinamarca.
La escrupulosa línea del calígrafo.
El rostro del suicida en el espejo.
El naipe del tahúr. El oro ávido.
Las formas de la nube en el desierto.
Cada arabesco del calidoscopio.
Cada remordimiento y cada lágrima.
Se precisaron todas esas cosas
para que nuestras manos se encontraran.
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Esta observación del bardo argentino puede parecer magistral si se piensa en la sucesión de hechos como en una obra premeditada del destino. Podemos ponernos en la situación del Don Álvaro de Rivas, mirar al pasado para encontrar correspondencias increíbles entre hechos aparentemente no ligados, y pensar que nuestra situación actual tenía que ser precisamente de esta manera y no de otra, porque obedece a designios ocultos; entonces estaremos moviéndonos por el terreno de una fuerza desconocida que obra irresistiblemente sobre los dioses, los hombres y los sucesos: el Sino, que justifica de alguna manera nuestros logros y la enumeración de hechos causales, no casuales. O bien, podemos ser fríamente objetivos, mirar atrás y pensar que toda acción, hecho, o suceso de nuestra vida, ha obedecido a Newton, produciendo una reacción, un hecho, o un suceso, de igual intensidad, y que esta reacción ha llegado como un mero caso fortuito, casual no causal, sin concierto ni orden. Entonces nos moveremos por el terreno del Azar arrebatado, y nuestros actos perderán la grandeza del héroe mitológico que acepta su destino, no tendrá más sentido enumerar hechos, pues caeríamos en el absurdo más insulso que mencioné algunas líneas atrás.
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Ahora hago una confesión pueril: a veces soy, sin acabar de serlo, de las personas que sueñan con encontrar un sino que explique las causas y las consecuencias de momentos determinantes; es por eso que quiero exponer las extrañas causas que llevaron a un lector al descubrimiento de Juaquim Maria Machado de Assis, y las consecuencias que este hecho conllevó:
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Un joven que todas las mañanas, desde que era niño, acompaña su desayuno con una taza de café de olla, se descubre una noche de lectura, acostado en su cama, con otra taza de ese mismo café de olla en la mano izquierda, y con una novela exquisita en la derecha. La novela se titula Quincas Borba, y está firmada por el escritor brasileño que escribió la historia de Pestana, el pianista que se sentó a tocar una sonata de Beethoven. De pronto y sin previo aviso, el olor del café, o tal vez el sabor o la textura, o la mezcla de todo eso, activa un recuerdo lejano en la mente del joven, almacenado en la mente del infante. Este joven también fue niño, y cuando niño, pasó un buen rato en las carreteras del país. Además de tener la fortuna de dos familias longevas y numerosas, la materna y la paterna, diseminadas por la república mexicana, tuvo la fortuna de que su padre trabajara como representante de agencias automotrices. Así, el niño que más tarde leerá Quincas Borba, podrá presumir, cuando sea un joven, que pasó un buen rato de su infancia viajando de un lugar a otro por carretera. Estos viajes en carretera, fueran visitas a la familia, o fueran causados por el trabajo del padre, le enseñaron muchas cosas importantes, le presentaron a mucha gente querida, influyeron definitivamente en su forma de ser. Se movía por Querétaro, Tabasco, Coahuila, Veracruz, Hidalgo, Jalisco, Baja California, San Luis Potosí, y por el Estado de México, pero los viajes más usuales eran siempre los que iban de la Ciudad de México a Querétaro, de la Ciudad de México a Hidalgo, De la ciudad de México a Villahermosa, y de la Ciudad de México a Jalisco, porque en esos estados era donde radicaba su familia numerosa y longeva.
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En uno de estos éxodos por el sureste del país, fue que el niño forjó esa ligadura entre los viajes en carretera y el olor del café. El motivo es muy simple: una vez hubo una escala en Córdoba, Veracruz; el niño reconoció en algún momento ese aroma tan característico del desayuno. Por la tarde, el niño supo que el café que tomaba cada mañana, y cuyo aroma lo hacía evocar la unidad familiar, era el café que se cosechaba en Córdoba. Desde entonces la fragancia le trajo a la mente los viajes por carretera. Fue también uno de esos viajes por carretera lo que lo llevó a conocer a un amigo que a la postre sería entrañable. El amigo entrañable, que tenía la misma edad del niño que viajaba en carretera con su padre, y que siguió siendo amigo hasta que los dos niños fueron jóvenes, vivía en Hidalgo. Ambos compartían un buen número de gustos, y con el tiempo compartieron también una pasión: las letras. Cuando el joven que una noche leía Quincas Borba mientras bebía café de olla, iba por fin a comenzar, formalmente, sus estudios de Letras en la Universidad Nacional, fue a visitar a su amigo hidalguense que también estaba por comenzar la misma licenciatura, aunque en la Universidad Estatal. Hablaron de muchas cosas concernientes a su edad, hasta que en algún punto el joven Hidalguense le recomendó al protagonista de esta historia la lectura de una novela que calificó de fascinante; el muchacho citadino se la pidió prestada con la intención de no devolverla nunca. La novela se llamaba Memorias Póstumas de Blas Cubas, y estaba firmada por Machado de Assis.
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Fue el primer libro del escritor brasileño que el joven leyó, y en efecto, le pareció encantador. La historia, que no era en realidad una sola historia continua, le trajo a cuento la fascinación que un montón de postulados cínicos puede producir. ¿Qué mejor manera de confesar hechos, sin complejos, que confesarlos desde la tumba? Después siguió un relato abrumador: El Alienista. Luego Memorial de Aires, una novela un tanto pasiva, parsimoniosa, de aceptación. Más adelante dos libros de cuentos, ambas recopilaciones que algún filólogo llevó a cabo, y finalmente, a esas horas de la noche en que el Joven termina su taza de café y concluye la última página de la novela Quincas Borba.
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Hasta aquí la historia del Joven. El asunto es hablar de las consecuencias arrojadas por las causas que lo llevaron a su primer encuentro con un libro de Machado de Assis, y que se puso a rememorar aquella noche mientras bebía café de olla:
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V. Las consecuencias
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Leer ocho libros de Joaquim Maria Machado de Assis, con ese asombro que produce la buena literatura, uno detrás de otro; leer, entre prólogos y artículos, lo que autores como Francisco Rico, Carlos Montemayor, Walquira Wey, José Guilherme Merquior, Benjamín Rocha, Antonio Alatorre, Lucía Miguel Pereira, Pedro de Botelho, y Francisco Cervantes, han dicho sobre el genio brasileño, me lleva, irremediablemente, a estar de acuerdo con ellos (¿quién puede contradecir a tamañas plumas?), en lo que afirman de común y que es evidente al leer a Machado: que podemos dividir con facilidad la producción del escritor en dos periodos perfectamente definidos, el de antes de Memorias Póstumas de Blas Cubas, y el de después. Es común situar la producción machadiana en el romanticismo hasta 1881, y en el realismo a partir de dicho año, en que se publico Memorias Póstumas. Y es esta fase “madura” de su producción, la de sus obras posteriores a 1881 (como la denominan los filólogos estudiosos), la que viene a cuento.
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Todos los nombres que mencioné atrás coinciden en señalar las maravillas que producen la ironía y el desenfado machadianos en el lector de este tiempo, –podemos ir más allá y preguntarnos qué no habrán producido en el lector decimonónico–, porque leer a Machado de Assis es leer, definitivamente, un estado elevado de la conciencia del ser. Los libros de Joaquín María Machado de Assis, dicen los que más saben, nos hablan de la locura como una condición ontológica del hombre: el doctor Simón Bacamarte, alienista de Itaguaí, en Río de Janeiro, luego de estudiar los problemas psiquiátricos de los habitantes de la región, concluye que lo de veras insano en la mente del hombre, es no padecer ninguna anomalía psiquiátrica, y encierra en el manicomio, en ese bastión de la razón que es La Casa Verde, a toda la gente que no presenta problemas mentales. Sus reflexiones se vuelven más sesudas hasta que enloquece y se recluye a sí mismo en la casa de salud mental. La locura también está presente en uno de sus personajes más entrañables y más desenfadados –sólo superado por el sin igual Blas Cubas–: el filósofo Quincas Borba, que, no conforme con ser un loco, es un loco consciente de su enajenación. En la novela homónima, Quincas Borba declara en una carta dirigida a Rubiao, su amigo y discípulo que después padecerá también de locura, que ha llegado a la feliz conclusión de ser San Francisco. Quincas Borba se asume como el más feliz de los mortales una vez que, avanzada la locura que ha venido galopando desde quién sabe cuándo y desde quién sabe dónde sobre su razón, funda un sistema filosófico según el cual, absolutamente todo lo que ocurre se explica mediante el hecho de que es a favor y en beneficio de la humanidad: el Humanitismo (el Humanitismo está, de algún modo, ligado a las causas y consecuencias del destino).
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Si en el párrafo anterior no profundicé en las alucinaciones de Rubiao, el discípulo de Quincas Borba, se debe a que su locura no tiene el mismo valor que las locuras anteriores. Me explico: la locura de Rubiao, en Quincas Borba, no es una causa que conduzca a una consecuencia, es más bien una consecuencia de otro de los temas a los que recurre Machado de Assis: el amor irracional. Rubiao, de costumbres rurales, queda prendado de Sofía, una bella mujer cosmopolita y desdeñosa, y no puede alcanzarla. Su desesperación es por momentos mucha, pareciera que Rubiao se dice a sí mismo, incesantemente, aquél hermoso versos de Rubén Bonifaz Nuño, Cómo he de ser amor para lograrte, hasta quedar loco. El tema del amor trágico se repite en los cuentos y las novelas de Machado de Assis: en La cartomante, un hombre y una mujer casada que se entregan al adulterio, y que confían ciegamente en la valía y pureza de su cariño, al final, de manera ingenua, son privados de la vida por el marido traicionado. En Cuestión de vanidad, las pueriles intenciones que tiene un joven vanidoso de ser amado incondicionalmente por más de una mujer, provocan un dolor tremendo en una de las mujeres engañadas cuando se entera de la bigamia de su prometido, dolor tremendo que le causa una muerte tremenda, terrible por lenta. En Memorias Póstumas de Blas Cubas, Blas Cubas y Virgilia se entregan a un amor adúltero que recuerda un poco el cinismo delicioso de esa deliciosa cínica que es Emma Bovary, y que, si bien no tiene consecuencias nefastas, tampoco las tiene positivas. El amor de Blas Cubas y de Virgilia es un amor intrascendente y vacío, algo que definitivamente pudo no haber pasado. Incluso, Blas Cubas confiesa en una de sus memorias que su vida fue un sinsentido, pues no dejó descendencia que lo sucediera en el mundo. Con estos amores desastrosos que cuenta machado, la creación no ha perdido ni ganado gracia. Y baste con estos ejemplos, que la lista es bien larga.
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Si arriba mencioné de nuevo el Sino, y mucho más arriba mencioné la música, ha sido porque a mi entender estos dos temas, aunque minúsculos, explican momentos curiosos de la obra de Machado. Volvamos un poco el camino andado, hasta la historia del joven que de niño viajaba mucho por carreteras:
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Hubo una escena de las Memorias Póstumas que llevó a este joven a buscar las causas insospechadas que narré atrás. Insospechadas, pero capaces de justificar su primer encuentro con un libro de Machado de Assis. La recuerda con mucho gusto: es aquélla reflexión en que Blas Cubas se pregunta el objeto de la existencia de una mujer, doña Plácida, que es sirvienta de su enamorada Virgilia. En los párrafos que hablan al respecto, Blas cubas se imagina una escena en la que Doña Plácida pregunta a sus progenitores el objeto de su existencia; Cubas afirma que los progenitores de doña Plácida le responderían, con el más simpático cinismo, que el objeto de su existencia es el vivir para dejar la vida en las labores domésticas; vivir siempre instalada en la pobreza, enfermar y luego sanar para volver a enfermar, y así, hasta el último día que la recibirá en un hospital o en el lodo. La existencia vacía de doña Plácida, provocada por el hado, carece de sentido; aunque precisamente, esa existencia vacía, sea la que justifique los amores de Virgilia y Blas, pues doña Plácida, en la historia, es la alcahueta de ambos, es una especie de Celestina. Y esto ocurre en más de una escena de más de un libro de Machado de Assis, se demuestra lo vacío de las causas y de las consecuencias de esas causas. Del amor entre Blas Cubas y Virgilia no quedará el polvo enamorado de Quevedo, simplemente no quedará polvo.
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El absurdo del Sino en la obra de Machado que piensa el joven que leía Quincas Borba y tomaba café de olla una noche, se pone de manifiesto en el Humanitismo de Borba. Para el filósofo, un negro africano nació justamente para ser venido como esclavo, atravesar en un difícil viaje el Atlántico, resistir enfermedades, sobrevivir la pesada vida que la humanidad le ha deparado, para llegar a Brasil y trabajar alimentando pollos, y un pollo en específico, aquel Pollo que Quincas Borba devora en el momento de la reflexión. Qué genialidad la de Machado, el absurdo del destino está cifrado en un pollo cocido.
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De esto, el joven que de niño viajó por carretera saca una conclusión igual de absurda: que los amores de Virgilia y Blas Cubas carecen de Sentido, aunque sin esos amores, parte central de la novela, la novela no existiría y por tanto él jamás la habría leído; así, no habría hecho una filiación directa o indirecta entre el olor del café, el estado de Hidalgo, los viajes en carretera, y un libro ilusorio.
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La otra observación que debe ocupar al lector de este texto, la de la música, es más mía que del joven que de niño viajó por carretera. Y seguramente tiene que ver con las causas –que no vienen a cuento– que provocaron que una de las manifestaciones artísticas más seductoras a mi entender sea la música. Una lectura quisquillosa de alguien que disfruta de la música, lo lleva a preguntarse por qué hay momentos de las narraciones de Machado en los que las melodías aparecen con tanta insistencia, y qué tienen de común esos momentos entre sí. En Memorial de Aires, última novela registrada de Machado de Assis, Fidelia, viuda de Noroña, entre otras muchas cualidades personales encantadoras, posee la de tocar maravillosamente el piano. ¿Qué tiene esto de importante en la novela? Que la novela gira en torno a ella, a Fidelia, y en torno también a la, aparentemente inexpugnable, muralla que representan el luto y el recuerdo guardados motu propio a su amadísimo y difunto esposo, Noroña. Fidelia, viuda de un exitoso médico, no ha tenido la mínima intención de volver a contraer nupcias hasta que aparece en la lontananza, en una embarcación que llega de Portugal, Tristán, un joven talentoso, galante, triunfador, educado y rico. Al final de la novela, ella y Tristán contraen matrimonio y alcanzan la felicidad. ¿Cuál elemento fue el fundamental para que la viuda se decidiera a dar el gran paso de enterrar definitivamente a su muerto? Lector, adivinas bien si piensas que entre las múltiples cualidades y bonanzas de Tristán, estaba la de tocar el piano tan maravillosamente como la viuda de Noroña.
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El anuncio de lo fatal está también en la música. Hace unas cuantas líneas mencioné brevemente la trama del cuento en que un joven vanidoso busca el amor incondicional de dos mujeres. Lo cierto es que el joven vanidoso, que escribió Machado de Assis, no lleva hasta el último extremo su “maldad” sin antes haber intentado detenerla. En algún punto de la narración, Eduardo, así se llama el joven bígamo, piensa que no es mala idea terminar una de las dos relaciones amorosas que sostiene, pero cuando está frente a la mujer se ve imposibilitado para hacerlo. Ella lo cautiva con su hermosa voz –acompañada por sus propias manos al piano– que pronuncia las palabras de una bella Aria en francés:
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Fai peur de croite em toi.
Paurtant, malgré moi-même,
Ah! Je le sens, je t´aime,
Toi, toi.
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En ese mismo cuento, el momento en que las dos mujeres engañadas descubren la dolorosa mentira, ocurre en un baile –uno de esos bailes que podrían bien celebrarse en la noche imperial del 5 de noviembre de 1875 en que Pestana se sentó a su piano para tocar una sonata de Beethoven. En el baile, a una de las dos señoritas le piden que entone una bella canción acompañada al piano. Ambas se encierran en el tocador para prepararse, y ahí, gracias a las confidencias y familiaridades que sólo el tocador femenino confiere, se enteran del engaño de Eduardo, el joven vanidoso.
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Hay muchas referencias a la música en los cuentos de machado de Assis, pero la que es más importante, y es más que una referencia, es el desarrollo de la trama de Un hombre célebre, aquel cuento del músico frustrado. Hay un detalle primordial que hasta este momento ha permanecido oculto en este texto: en el cuento, Pestana, el célebre compositor de Polcas, contrae matrimonio con una mujer que también es versada en música. El cariño que él le profiere es sincero. Es en el tiempo en que convive con ella, en que se sientan al piano a tocar juntos, que Pestana siente las miradas de esos genios musicales –Cimarosa, Mozart, Beethoven, Gluk, Bach, Schumann– como menos pesadas, como inspiradoras incluso. Es en ese tiempo en que Pestana está tranquilo y puede trabajar en la composición de una pieza que le dará un lugar en la historia, junto a esos grandes que lo miran. Pero también es el tiempo en que la estupidez que produce el amor, la alienación mental, se manifiesta con más fuerza. Cuando Pestana llama a su mujer para mostrarle los avances del nocturno que componía, se pone a tocar la pieza frente a ella sin advertirle el nombre del autor; de pronto detiene la ejecución en medio de algún compás y la mira interrogativamente. Ella le pregunta si lo que está tocando no es de Chopin; esta frase que podría parecer un halago, en realidad no lo es, pues ella no está comparando la música de su marido con la de Chopin, como él tanto desearía, sino que lo está afirmando. Para comprobarlo, Ana, así se llama la esposa de Pestana, el músico, se sienta al piano y termina la ejecución. Efectivamente, era una pieza de Chopin. La ilusión que el amor había despertado en Pestana lo privó de razón y lo llevó al ridículo extremo de creer suya una composición del genio polaco. El amor es el que provoca la desdicha del música, el amor destruye las últimas ilusiones de Pestana, y las destruye dos veces; pues una vez que el amor ha actuado en favor del desengaño no tiene más lugar en la historia del músico, por eso Ana, su esposa, muere. Digo que el desencanto producido por el amor es doble, pues después de desengañarlo, lo hace ilusionarse una vez más en componer un digno réquiem para honrar la memoria de su esposa en el primer aniversario luctuoso. Pestana fracasa nuevamente en su intento. El amor lo hace sanar, lo hace desengañarse, lo hace ilusionarse, sólo para desengañarlo de nuevo, como debieran ser las enfermedades que atacarán a Doña Plácida según las ironías de Blas Cubas. Después de todo esto: después del absurdo del amor, y de la pequeña locura producida por el mismo en el músico, viene un desencanto de los más grandes, sino es que el más grande, que un personaje de Machado de Assis ha sentido: el que produce el peso del arte y del destino.