viernes, julio 24, 2009

Irregularidades en el servicio postal

En memoria del hombre que no creyó del todo en mí,
pero que me quiso incondicionalmente
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Qué dios detrás de Dios la trama empieza
-Jorge Luis Borges
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La carta llegó un lunes a mediodía y desde luego que pensé que era una broma de pésimo gusto, pero de todos modos no me atreví a leerla. Acababa de comer y me estaba alistando para ir a la Facultad. Supe del cartero porque escuché el rugido irracional de su motocicleta (ahora los carteros van de casa en casa trepados en sus motocicletas mientras los perros les ladran con frenesí. Pobres perros y pobres carteros) y luego escuché cómo silbó con su característico agudo parecido al fa bemol que me cae tan mal y que desearía que sólo escucharan los canes. Pitó con su silbato y gritó mi apellido y luego se fue. Cuando salí por la entrega el repartidor ya no estaba y entonces no pude decirle que seguro había un error en su entrega (de todos modos el cartero no podía tener la culpa, el sólo se dedica a entregar los sobres y quién sabe qué mano detrás suyo es la que los selecciona y los dispone en los paquetes postales correctos). La culpa también fue un poco mía por demorarme tanto. Antes de salir a recoger los sobres apuré, o mejor dicho dilaté la taza de café de olla, levanté los trastes, recogí la mesa. Encendí un María Mancini sin filtro y entonces abrí la puerta (tampoco se me puede culpar a mí totalmente. La modernidad nos condenó a no esperar nada favorable de los carteros, nada nuevo; habrá quien los aguarde con ansiedad, yo, particularmente, no me entusiasmo con su silbido que no suele anunciar más que deudas y requerimientos de pagos mensuales por servicios que nos presta cualquier institución). Recibo del teléfono, recibo del servicio de televisión de paga, recibo del agua, recibo de la luz, estado de cuenta del banco, y aquí, durante la tercera bocanada, me detuve en seco: un sobre blanco, una carta de verdad (haría unos seis años que recibí mi última carta de verdad. Un amigo de provincia y yo solíamos escribirnos. Creo que la última vez que me escribió ya casi tenía novia) No había remitente, tenía mi nombre y mi dirección en la parte reservada al destinatario, pero sin remitente. Al darle la vuelta al sobre por pura inercia, porque eso es lo que uno hace cuando le llega una carta sin remitente, la mira por todos lados como si nunca antes hubiera visto una, descubrí que sí tenía remitente. No había dirección, pero había un nombre, y cuando leí ese nombre escrito con su caligrafía tan característica y tan inconfundible se me cayó el cigarro de los labios y fue como si se me hubiera enfermado la voz porque intenté un pero y sólo me salió la p. Luego intenté un Ay, Dios, y sólo me salió un ruido, como de pájaro enfermo.
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Cuando pasó el trance ya no vi al cartero ni escuché su motocicleta ni al séquito de perros que siempre lo acompañan. En casa no había nadie, mi mamá había ido con mi tía a arreglar no sé qué asunto de su pensión mensual y yo estaba solo. Tal vez por eso me sentí más nervioso. Entré a casa, boté todo el resto de los sobres en la mesa, fui a mi recámara y me senté en la silla azul con la carta entre las manos. Luego me acosté en la cama y me puse a mirar el techo y a pensar. El techo me relajó siempre, desde niño, porque en el tirol blanco es fácil perderse imaginando rostros y figuras. Al cabo me quedé dormido y soñé con un cartero y con un perro que era yo. Me desperté a las tres, cuando mi mamá y mi tía volvieron, y recordé la carta de golpe, entonces supe que no debía mostrarla todavía. La guardé en un libro, guardé el libro en la mochila, colgué la mochila en mis hombros, me lavé los dientes y salí corriendo hacia la Facultad. Ya no era temprano, con suerte no perdería la primera clase.
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Esa tarde estuve muy nervioso y apenas pude prestar atención, creo que el maestro insistía con su interminable perorata en el incalculable valor literario de Borges. Y yo pensaba en la carta cuando no pude más y me quebré, mejor huir un rato de Borges. Fui directo al baño a mojarme la cara y a mirar el reloj, y a mirar la carta. Todavía faltaba hora y media para terminar con El libro de arena, y no era que Borges no me gustara, era simplemente que no tenía cabeza para pensar. Seguí mojándome un cuarto de hora y mirando el sobre eventualmente. La siguiente clase tampoco tuvo éxito, no me distrajo. La maestra insistía con su interminable perorata en el alto valor literario de Samaniego y yo comenzaba a sentirme realmente muy cansado. Todavía tenía que aguantar dos horas. El cansancio, la carta, la literatura española del siglo XIX, me hicieron recordar los días más fatigosos y largos de mi vida. ¿O será mejor decir las noches? Por esos días o noches la rutina ya se había vuelto pesada, se convirtió en una especie de prosa confusa y repetitiva. O más bien un confuso poema vanguardista en verso libre, sin concierto ni orden ni tiempo ni metro ni nada. De mi casa a la Facultad, toda la tarde y a veces la mañana, de la Facultad al hospital, toda la noche, del hospital a mi casa, y de mi casa a la Facultad, y así durante meses. En octubre había muerto mi padre, pero su primer ingreso a cardiología, en urgencias, databa de abril. Yo en la clase de Investigación literaria cuando recibí una llamada de la que todavía guardo palabras aisladas pero entendibles. Como en un telegrama. Ven rápido a casa (punto) Tu padre (punto) Todo bajo control (punto) Un infarto (punto). No es necesario operar, pero eso sí, preciso aguardar aproximadamente diez días a que todo se estabilice, y luego a casa, y sin esfuerzos ni enojos, ya no puede comer tal tipo de grasas y de conducir mejor olvídese, si se siente mal venga, póngase esto debajo de la lengua (unas hermosas cápsulas bellamente circulares de nitroglicerina, como pequeñas perlas semitransparentes, casi verdes, como un jade semitransparente de nitroglicerina) y venga inmediatamente. (Pedirle a mi padre que no conduciera fue como pedirle a un pájaro que no volara, o como pedirle al profesor que no disfrutara de la literatura de Borges). Dos días y la tercera noche el jadeo, la falta de respiración, el pecho que se infla trabajosa y vulgarmente, como una gaita mal arremetida, la perla casi jade bajo la lengua y a urgencias. Y luego ya no supe. Exámenes finales, trabajos semestrales, cursos intersemestrales, y el buen hombre hospitalizado, y luego siempre sí es necesario operar, pero habrá que aguardar un poco porque en este hospital no tenemos la tecnología necesaria (como si la vida fuera pura cosa tecnológica) y en el otro hospital sí, pero está lleno. Falsas alarmas de traslado, quince, veinte días, la ambulancia, por fin el traslado. Le explico, es necesario un estudio, se llama cateterismo cardiaco, es un procedimiento complejo pero de riesgo más o menos bajo para usted, un poco molesto pero absolutamente necesario en su caso, le explico, hacemos una pequeña hendidura en la ingle, claro que primero lo anestesiamos, la molestia es mínima, luego le introducimos unos catéteres, es decir, unos tubitos huecos y flexibles, cosa de niños, en su torrente sanguíneo a través de una arteria, y luego empujamos esos tubitos hasta su corazón, claro que bajo estricto control radiológico, medimos después la presión de sus cavidades, y luego inyectamos una sustancia contrastante de un color morado muy bonito, como de una violeta, ¿le gustan las flores?, en su ventrículo izquierdo para que su sangre se haga visible al equipo radiológico y así poder estudiar el movimiento de los segmentos que forman su ventrículo y su tamaño, y todo esto lo grabamos en una película para analizarlo con cuidado, ¿me explico? (¿Acaso nos dieron una copia de esa película para mirarla en familia?) Y mi padre tendido doce horas sin poder moverse después del estudio (porque era riesgoso moverse, podía desgarrarse algo) con una hermosa violeta plantada en el corazón. Y luego una operación más. El cateterismo nos dice que su arteria tal está totalmente obstruida, lo que vamos a hacer ahora es construir un puente en esa arteria con una vena que extraeremos de su pierna, operación a corazón abierto muy riesgosa, muy delicada, no le voy a mentir, podría morirse, por eso tiene que firmar aquí y necesitamos testigos, también necesitamos donadores de sangre para nuestro banco de sangre. Y luego mi primera donación sanguínea y mi primer desmayo, por no haber comido y por mal dormir al estar pensando en mi padre y en su violeta en pecho.
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La operación fue un rotundo éxito, sólo hay que esperar a que cicatrice totalmente la herida. Quince puntos en su increíble herida de superhéroe. Y luego catorce puntos bien cerrados y pus en el que faltaba. Y días y días. De la casa a la Facultad toda la mañana y a veces la tarde, de la Facultad al hospital toda la noche, del hospital a la casa, de la casa a la Facultad y de la Facultad al hospital, durante meses. Y mi padre sin sanar de ese punto de sutura que auguraba el punto final de este poema en verso libre.
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Luego el alta voluntaria, bajo su propio riesgo, las curaciones dolorosas en casa cada tarde, las muecas de dolor e impotencia de no poder levantarse del sillón sin ayuda, la pérdida de sus fuerzas, el empequeñecimiento de su cuerpo, después el demasiado miedo, la pus, el reingreso al hospital, el demasiado miedo. ¿Y qué estaría pensando él, tan callado desde siempre? ¿Pensaba en su probable muerte más de lo que yo pensaba en su probable muerte? Y todo por un punto (¿Qué diantres es un punto si se le compara con el universo? Seguramente mirar un punto de sutura a la distancia con todo el universo de trasfondo es más ridículo que mirar un elefante con todo el universo de trasfondo. ¿Qué diantres es un punto de sutura, de pus, de qué está hecho además de pus y sutura para tener el poder de segar de tajo 67 años de vida y todos los buenos deseos del mundo?) Operación nuevamente, Hay que hacer un lavado quirúrgico. Luego otro. Luego falló el riñón. La diálisis. Contrajo una neumonía, Hay que entubarlo. La inconciencia. Luego el demasiado miedo y la negación (siempre creí que todo su vía crucis era de rutina. Mi papá no se va a morir, eso ni siquiera lo pienses, mamá). Luego octubre y el punto final al poema en prosa. El punto de pus se expande. Mediastinitis. Al final una septicemia generalizada. Su corazón debió ser como una hermosa llama viva dentro de un relicario blanco, cristalino, almidonado de pus. ¿Quién reconoció el cadáver? La última noche fue larguísima, ni él ni yo teníamos prisa de que partiera definitivamente, pero sabíamos que tenía que ser. No supe cómo evitar el sangrado que fluía en riachuelos espesos y delgados quién sabe desde dónde y que descendía tibio e indiferente de su boca, sus oídos, su nariz. No sabía qué decirle ni cómo mirarlo sin el dolor que me subió desde el estómago hasta el cielo y que me hizo llorar como un animal dolorido, como lloraría un búfalo enamorado en la estepa nocturna, como un ave a la que le cortan las alas sin previo aviso y sin anestesia, de golpe, pero le tomé la mano y le prometí lo que nunca, y todavía le leí un larguísimo poema ¿Quándo será que pueda libre de esta prisión bolar al cielo, Filipe, y en la rueda que huye más del suelo contemplar la verdad pura sin duelo? Y luego nada. Murió diez minutos después de mi partida. Y luego nada. Ya era de día y afuera del hospital escuché en algún radio lejano esa canción que le gustaba tanto Sin ti no podré vivir jamás, y pensar que nunca más estarás junto a mí.
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Y luego mi nombre tres veces, Felipe Guevara, la maestra tomando asistencia y yo pensando en violetas fragantes, recuerdos intermitentes como telegramas, y perlitas de jade. Y también estaba pensando en lo pesada que se vuelve de pronto esa costumbre que tienen las familias de hacer que el hijo se llame igual que el padre, como en mi caso, porque así uno recuerda al que se va hasta en su propio nombre. Como si no fuera suficiente recordarlo todo el tiempo en lo que no es uno, en lo que está afuera de uno. Volví de golpe de mis pensamientos y levanté el brazo. Aquí, dije, Presente, Yo. Salí el último del salón y esa noche no me quedé como otras noches a tomar el consabido café y a fumar el María Mancini con mis amigos. Tampoco hablé a nadie de la carta que volvió a ocupar mis pensamientos desde que salí el último de la clase. De regreso a casa no leí nada. Apenas probé bocado al volver y cuando mi mamá me preguntó si me pasaba algo supe que todavía no era momento de mostrarle la carta. Nada, le dije, y para distraerla pregunté por el clima. Luego me acosté pero no conseguí dormir pronto. Estuve pensando hasta que el sueño me ganó como a las cuatro de la noche. O quién sabe si pensando, quién sabe si mirar una carta sea pensar en serio. Tomé la carta, el sobre, todavía sin abrir, y la guardé en un libro (no fuera a ocurrir que alguien la encontrara), y todavía sentí vértigo cuando la miré una vez más, tan blanca, tan callada, tan dirigida a mí. Debía ser una broma de pésimo gusto, pero todavía sentí vértigo al ver de nuevo el nombre que venía por remitente con esa caligrafía tan inconfundible, la que imité cuando quise escribir como escribían los adultos, la que admiré en mis años de infancia, la que acusaba de recibo las tareas y los recados que el profesor plasmaba en mis cuadernos escolares, la que rubricaba permisos para que yo pudiera ir de excursión a conocer las montañas o la fábrica de galletas, y que me hacía pensar insistentemente en recuerdos con aspiración de telegrama, perlitas de jade y hermosas violetas sembradas en el pecho. Todavía sentí vértigo cuando miré esa caligrafía exacta que por todo remitente tatuaba sobre el papel un nombre igual al mío

domingo, junio 21, 2009

Mi fagot por tu reino

Desde siempre tuvo un fagot. Nunca supo tocarlo. Era de su padre. Pero su padre murió antes de que él naciera. No lo conoció, y su madre se dedicó a crearle una leyenda en torno al difunto. Era fagotista, un grande, que tocaba en la Orquesta filarmónica de la UNAM. Y cuando niño se llenaba la boca de orgullo. Le gustaba decir que su padre había sido un gran fagotista de la Orquesta Filarmónica de la UNAM y que él también lo sería. Pero su arritmia era impresionante. Incapaz incluso de mantener el ritmo de un membranófono (parchófono en el bajo mundillo de los percusionistas) cualquiera por dos compases. Qué decir de la birritmia. Así de jodido estaba. Comenzó su instrucción musical muy niño, en casa. Su madre, si bien no intérprete profesional, sino etnomusicóloga, se defendía al piano. Intentó enseñarle por todos los medios a su alcance. Comenzó con Hannon, el pianista virtuoso, pero él, Otto, no pudo pasar del cuarto ejercicio. A duras penas tus deditos torpes, así los llamaba la etnomusicóloga, tus deditos torpes, aprendieron a tocar las escalas mayores y menores sin traspié. ¿Qué decir del solfeo? Y jamás pensar en el contrapunto. Para qué malgastar su infancia aprendiendo a dejar correr sus dedos en las ajedrezadas teclas del piano de cola. Mejor que su madre tocara para él. Eso sí era música. Así lo pedía el niño Otto, que si no poseía la habilidad musical de los padres, sí el oído, y sabía que eso que tocaba mamá sí era música. Le pedía todas las tardes posibles que tocara a ese músico francés que había escuchado una tarde. El músico francés era Claude Debussy, la música era la Suite Bergamasque con todas sus partes: Prélude, Menuet. Clair de lune, Passepied. Aunque la madre siempre dejaba entrever su falta de destreza al llegar al Passepied Otto se mostraba agradecido. Otto nunca entendió por qué tropezaba en el Passepied, si los arpegios del Clair de Lune representaban mayor dificultad. A lo mejor era porque a su madre le gustaba más el Clair de Lune. Conforme pasaron los años Otto dejó de preguntárselo.
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Cuando Otto cumplió 16 se enamoró perdidamente de una joven delgada y que tenía fama de fácil, de puta en ciernes. Pero Otto no lo creía, cómo iba a ser puta con esa cara. Comenzó entonces a desear tocar un instrumento, algo le dijo que si tocara un instrumento sería más fácil que ella volteara a verlo. El instrumento hablaría por él. De natural propensión al anonimato Otto evitaba ser visto; le gustaba mirar, pero evitaba ser visto. Era un cazador, pero era un cazador muy malo, de nada servía negarlo. Él mismo estaba conciente de sus limitaciones. Por mucho que la gente prometiera que Elisa, así se llamaba la puta en ciernes, era una puta en ciernes, él se sabía incapaz de cortejarla. Y la verdad es que Elisa no deseaba ser cortejada por él; en su fuero interno Otto no era más que un niño baboso. Parecía estar todo escrito, pero en realidad parece que lo único escrito son los libros y no el destino, porque el suyo los alejaba hasta que algo pasó, algo que los acercó tanto como para dejarlos pegados, encadenados el uno al otro inseparablemente y sin la llave del candado. Otto se inscribió en un curso de música en la preparatoria con la esperanza de poder alardear de algo, lo poco que fuera, ante ella. Huyó del piano y del fagot, se refugió en el intento de tocar la guitarra. Y ahí se vieron cara a cara. Ella tocaba el violín. A esa altura de su vida era más que claro que Otto no sería músico, que de nada le valía haber nacido en el seno de una familia musical y haber comenzado su instrucción en la edad más tierna, pero una tarde descubrió que el fagot podía salvarlo. Ella quería tocar el fagot, pero no tenía uno. Él desde siempre tuvo uno, pero nunca aprendió a tocarlo.
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Un día cualquiera comenzaron a hablar. Él era entusiasta, estaba enamorado, acudía a tiempo a sus clases para verla, se retiraba lo más al último posible para no dejar de verla. Y el esfuerzo rindió frutos: ella no le hizo caso, pero la constancia suya lo convenció de que después de todo no era tan arrítmico. Pronto fue capaz de tocar el Toque de Bandera en la guitarra. Pronto no fue tan pronto, en realidad fue después de un año de estudio, y ese año no fue suficiente sólo para eso, fue suficiente para que ella pensara que al fin y al cabo él no era tan niño baboso, y para que él pensara que después de todo ella no era tan puta. Pero nada más.
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Dos años después, cuando él ya podía tocar el Himno Nacional y ya ni parecía niño, y ella ya tenía edad legal para volverse puta en caso de haber querido serlo, Otto sintió que existía la confianza suficiente, no para hablarle de lo mucho que la quería, sino para ofrecerle el Fagot. ¿A ti te gusta el Fagot, verdad? Uy, un montón, pero no me alcanza para comprarme uno. Bien, yo tengo uno, y me trae recuerdos muy dolorosos, era de mi padre, un gran concertista (que nunca tocó un solo) de la OFUNAM. A mi madre y a mí nos duele tenerlo en casa, y sé que estará mejor contigo. Por supuesto Otto mentía, su madre apenas recordaba el instrumento, intuía, casi con intuición femenina, que debía estar en algún rincón de la casa. Por su parte él no tenía ningún recuerdo del padre, sólo lo conoció en fotos que se perdieron cuando la tubería se rompió y la sala se inundó y los plomeros vinieron a arreglar todo y se llevaron la basura. Elisa, la cariputa, le agradeció con un beso (en la mejilla) y lagrimas cursis en los ojos.
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Una noche luego de la escuela fueron a casa de Otto. Una casa muy grande, de principios de siglo (XX), ubicada en la Colonia Industrial, a una estación de metro de la preparatoria. Cuando Elisa vio la fachada pensó que era una casa en ruinas. Cuando entró y vio el piano en la gran sala se imaginó en un castillo en ruinas. Un castillo era demasiado, pero el piano daba el porte. Fueron a la habitación de Otto y él pensó en lo muymaravilloso que sería desnudarla poco a poco pero completísimamente y sonrió con una sonrisa estúpida. Ella vio su sonrisa y pensó que él pensaba en lo lindo que sería besarla. También sonrió como una idiota. Ambos enrojecieron y se pusieron a hablar del clima. Otto no se demoró, aunque el bochorno fue mucho. Tomó el fagot del mueble (apenas cabía), y fingiendo un suspiro melancólico y un “Ay, mi papá, qué buen músico era” lo puso en las manos de Elisa. Elisa sonrió sin disimulo y agradeció a Otto con la cabeza baja y los ojos entrecerrados. El alma de tu padre está en buenas manos. Estaba roja como un durazno, no se sabe si de amor o de vergüenza. Salieron de casa de Otto y enfilaron al metro. Volvieron a hablar del clima. Esa noche Elisa se sintió enamorada de Otto por primera vez, y Otto se sintió enamorado de Elisa por centésimocuartaymedia ocasión. Esa noche Otto pensó que no sería tan difícil darle un beso a Elisa, pero deseó que ella fuera la que iniciara todo. Esa noche Elisa deseó que él la besara, estaba dispuesta. Esa noche ambos quisieron caminar más lento rumbo al metro para que la calle que los separaba de la estación se hiciera más larga todavía. Esa noche fueron asaltados.
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En la última penumbra antes del alumbrado público de la estación Potrero dos camionetas, pero así de grandes, se detuvieron en seco frente a ellos. Unos sujetos que se veían francamente peligrosos, francamente malos, y francamente feos, descendieron y tomaron a Otto y Elisa por la fuerza para subirlos a uno de los dos vehículos. Una vez cazada la presa arrancaron. Elisa y Otto creyeron que los secuestrarían ¿Ya viste, carnal? Aquí la muchacha tiene una cara de que es bien putita. Y muchas Risas fuertes. Y su novio tiene cara de que es bien baboso, dijo otro, con esa cara seguro que te pone el cuerno, mi buen, Sí, se lo pone connmigo. Y más risas. Carcajadas. Otto hubiera querido decirles que se callaran, que puta su mamá (la de ellos, no la de Otto), pero se quedó sin voz. Tenía miedo. Elisa muy asustada. Y lo peor es que no lo habían dejado darle el beso que tan caro le había salido. Mi fagot por un beso. A ver, qué traen. Les sacaron todo el dinero, tomaron la mochila de Elisa, las credenciales de ambos, una chamarra de Otto, y el fagot. Órale, mira, son unos intelectualoides de la UNAM, de seguro que esto sale bien pinche caro. ¿Qué chingados es?, ¿una flautota?... Es un fagot, dijo Otto, Cállate, cabrón, le pregunté a la que tiene cara de puta, ¿verdad, mi reina? Sólo silencio. Sólo risas. Cuando los bajaron del coche, tres colonias más para allá en un terreno completamente baldío, golpearon a Otto, levemente, y tocaron a Elisa, morbosamente, pero no más. Huyeron pronto no sin antes encadenarlos a un árbol, Para que no nos sigan, baboso, le dijeron a Otto. Ya encadenados y ya más tranquilos, cuando Elisa no lloraba, Otto se atrevió a ensayar una frase cursi, le pareció que el momento de desamparo podía hacer que ella recurriera a su cariño con desesperación. Desde que te vi, desde la primera vez que te vi estoy enamorado de ti, dijo, mi único consuelo en esta noche es estar contigo, dijo. Cállate, Otto, no seas inoportuno, por toda respuesta. Esa noche pasaron frío.

viernes, mayo 22, 2009

El ombligo de Dios (2005)

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A David Muñoz, que me dio el mote apropiado,
y a Nancy García, que me dio el título justo.
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Por el día que llegaste a mi vida, Paloma querida, me puse a brindar, y al sentirme un poquito tomado, pensando en tus labios, me dio por cantar. -Me llamo Ricardo Flores, joven, y ése que ve usted allá con el cilindro es mi sobrino, le decimos Petilén. Casi siempre le toca nomás la de estar oyendo porque todavía le falla mucho esto de cilindrear. A veces gira muy rápido el fuelle –señaló con las cejas la manivela del organillo- o lo gira muy lento porque el menso se cansa, y la canción se oye cascada o muy acelerada, me sentí superior a cualquiera y un puño de estrellas te quise bajar, y al mirar que ninguna alcanzaba me dio tanta rabia que quise llorar, o el bruto se queda con el ritmo de la tonada anterior y le cuesta acomodarse al de la nueva. Por eso es que casi siempre soy yo el que toca. Pero luego me canso, como ahorita, ya me ve aquí; yo ya no tengo los dieciocho años con los que empecé. Yo no sé lo que valga mi vida, pero yo te la vengo a entregar, yo no sé si tu amor la reciba, pero yo te la vengo a dejar El cilindro pesa como 50 kilos y mi espalda ya los reciente, súmele a eso lo difícil que es llevarlo por las calles empedradas o maltratadas sin lastimarlo. ¿Ve la cosa que sobresale del cilindro? –Señaló hacia el frente otra vez con las cejas- Es la puntilla y se le puede enchuecar, también se le pueden enchuecar las breas, la piña o el cintín, y desafinarse, y con más razón si el organillo es viejo.
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Me encontraste en un negro camino como un peregrino sin rumbo ni fe, y la luz de tus ojos divinos cambiaron mi suerte por dicha y placer.
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-¿Ese organillo suyo es muy viejo?
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-Uy, que si será viejo, figúrese nomás cuánto tiempo tiene, que ese organillo que usté ve en los hombros de mi sobrino es el último organillo que tuvo mi papá cuando trabajaba, es el que me dejó él, y yo ya tengo cincuenta y siete años, ahí véale, súmele bien, me lo dejó cuando yo tenía 18… Claro está que se le ha dado mucho mantenimiento, y se le limpia bien cada semana. Yo mismo lo hago. Tiene un montón de refacciones alemanas, porque sepa usté que estos instrumentos a pesar de sonar muy mexicanos son alemanes. Ora verá… habrá sido a finales de los cuarentas cuando llegamos acá, a la ciudad, porque sepa usté que yo no soy de acá, soy de Hidalgo, de un pueblito bien chiquititito que se llama, así completo, Río seco puente de Doria. Desde entonces yo siento quererte con todas las fuerzas que el alma me da, desde entonces, Paloma querida, mi pecho he cambiado por un palomar Nos vinimos pa acá casi casi huyendo porque mi papá tenía pleitos de cantina con unos tipos, quién sabe en qué líos andaba metido con los borrachos de una pulcata de por allá. Pero no pudo ser cualquier pleito, figúrese usté, joven, qué tan grave estaba el asunto que ya lo habían intentado picar dos veces. Pero la verdad, así como quien dice a ciencia cierta no me sé la historia, yo estaba muy chamaco, apenas recuerdo una o dos cosas. La que se la sabía era mi mamá, pero pues nunca se la pregunté bien y mi mamá ya murió, que en paz descanse la pobre. De todos modos mi papá ya tenía planes para venirse a buscar trabajo acá en Luz y Fuerza, cuando recién se hablaba de la compañía de luz, creo que quería venir a tender postes, alguien le había dicho que había trabajo, pero siempre no hubo. Yo no sé lo que valga mi vida, pero yo te la vengo a entregar, yo no sé si tu amor la reciba, pero yo te la vengo a dejar Las cosas se apresuraron mucho por eso de la pulcata y llegamos de la noche a la mañana a vivir allá, a la Plaza de Santo Domingo, a unas cuadras –seguía señalando con los ojos- en un departamentito que nos rentaba un tío medio acomodadón que estaba trabajando para el gobierno, un hermano de mi mamá. Total que el tiempo pasaba y mi papá sin un trabajo como Dios manda, y mi tío muele que muele con la renta Por el día que llegaste a mi vida, Paloma querida, me puse a brindar, y al sentirme un poquito tomado, pensando en tus labios, me dio por cantar. Péreme tantito, joven. ¡Ora, tú, baboso, ésa ya pasó como seis veces! ¡Cambia el rollo!
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Solamente una vez amé en la vida. Solamente una y nada más.
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-Ora sí, Joven, le estaba contando… ¡Ah, sí! Total que el tiempo pasaba y mi papá sin trabajo decente, y cuando ya nos iba a echar el tío resultó que un amigo suyo que se llamaba Alfonso… Alfonso Lázaro García si no me equivoco, nos habrá tenido lástima o algo parecido por vernos lo flacos y le ofreció chamba a mi jefe, lo metió de organillero. Ese señor era bien amable, palabra, y cuando el cilindro se descomponía lo arreglaba bien bonito, era un flecha el condenado. Yo creo que por eso es que nos ha aguantado tanto tiempo. Una vez nada más en mi huerto brilló la esperanza la esperanza que alumbra el camino de mi soledad. Lo dejaba como nuevo, y pues claro está, yo me le pegaba para aprender mucho de él, pero ya se murió. El que le aprendió muy bien fue mi papá, que con lo de organillero sacaba para darnos de comer a los siete que éramos en casa, claro que en aquel entonces el oficio era mucho mejor pagado. El chiste es que este señor, don Alfonso, cuando ya estaba muy viejo, le regaló un organillo nuevecito a mi papá y es este que ve, el que mi papá me regaló cuando ya no pudo o no quiso seguirle. Yo lo recibí bien emocionado, imagínese, a los dieciocho qué no lo emociona a uno, taba muy chamaco, claro que antes de eso ya había trabajado con mi papá de Limón –me señaló a su sobrino.
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Una vez nada más se entrega el alma con la dulce y total renunciación.
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-¿Limón?
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-Sí señor, Limón, así se le dice al que recoge el dinero que la gente quiera dar, eso es lo que yo hacía mientras mi papá tocaba el organillo, y eso es lo que hace normalmente el Petilén, mientras que yo la hago de Burrito; es decir, soy el que carga el instrumento, por eso los organilleros vienen en par siempre, ¿apoco no se ha dado cuenta? Lástima que me tocó éste de Limón, ojalá me hubiera tocado una chamacota, ¿no? Y cuando ese milagro realiza el prodigo de amarse, hay campanas de fiesta que cantan en el corazón. Antes me ayudaba mi hermano, pero ya tiene mucho que se fue, porque no se crea, la cosa sí está bien difícil. Él sí le sabía a esto, y nos turnábamos a ratos y ratos. Cambiábamos de Limón a Burrito y de Burrito a Limón, la cosa era pareja, no que ahora yo tengo que hacerla de Burrito casi todo el tiempo.
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Una vez nada más se entrega el alma con la dulce y total renunciación.
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-Porque este negocio puede llegar a ser muy frustrante. La gente ya casi no da dinero, ahora los chamacos ya no le ponen atención a uno, apenas los turistas se detienen a escuchar. Haga de cuenta que no nos vieran, y cuando el cilindro se descompone hay que arreglarlo a como dé lugar. Esto de los organilleros está destinado a desaparecer muy pronto.
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Y cuando ese milagro realiza el prodigo de amarse, hay campanas de fiesta que cantan en el corazón.
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-Ah… Oiga, y cuando se le descompone el organillo, ¿usted lo arregla?
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-¡Siruelas!, si para eso me pinto yo solórzano, ¿no le digo que aprendí del mejor? Además no es tan difícil, lo difícil es afinarlo una vez arreglado, porque tiene más de cuarenta tonadas.
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Solamente una vez amé en la vida. Solamente una vez y nada más.
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-¡Chingao!, permítame un momento, joven. ¡Ora, tú, Petilén!, ya vas de nuevo… ¡Cambia el rollo, que no se repita la canción!... Por el día que llegaste a mi vida, Paloma querida, me puse a brindar, y al sentirme un poquito tomado, pensando en tus labios, me dio por cantar. ¡Ándale, así me gusta!, ¡no te me duermas, chingao!... Ya, ahora sí, disculpe, joven… le decía que lo difícil es afinarlo –de pronto me preguntó cambiando abruptamente el tema- ¿Tiene papel higiénico? –Le di un trozo que tenía en mi mochila. Se sonó la nariz. –¿Sabe usté una cosa?, a veces de verdad pienso que el final se nos viene encima -dijo melancólico-, es que de repente uno ya no la ve venir. Es como si ya no hubiera nostalgia en las gentes que antes veían películas de Pedro Infante y que escuchaban boleros me sentí superior a cualquiera y un puño de estrellas te quise bajar, y al mirar que ninguna alcanzaba me dio tanta rabia que quise llorar, en pocas palabras, gente que le gustaba lo que era su país. Igual y todo se va a la chingada antes de que yo me muera, -dijo molesto- o igual no, pero a usté seguro que sí le toca ver el final de esto. ¡Ya nomás somos 18 dueños de organillos en toda la ciudad! Es una lástima, porque de verdad, palabra, joven, que es muy bonito este trabajo, es como que muy chapado a la antigua. Se detuvo y miró fijamente a la Catedral Metropolitana Yo no sé lo que valga mi vida, pero yo te la vengo a entregar, yo no sé si tu amor la reciba, pero yo te la vengo a dejar –Figúrese usté que una vez un muchacho como de veintitantos años le pidió matrimonio a una jovencita, muy guapa ella, justo allá en Catedral… bueno, afuerita de Catedral, y yo le juro que ni mandado a hacer. Era domingo por la tarde, el muchacho ya había hablado con nosotros y nos había ofrecido doscientos pesos para que le tocáramos una canción de fondo. Esa vez hasta el Petilén salió cantante, porque el chamaco no tiene mala voz y el joven que le digo quería que alguien le cantara una canción. Nos preguntó si le tocábamos Morir por tu amor, no la tengo, joven, ¿Y Tus besos? Tampoco, joven. Chin… ¿Noche de ronda? Tampoco, jovenaz ¿Sin ti? Uy, le quedo mal... Total que quedamos en que íbamos a tocarle Paloma querida, pero al final resultó que el bruto del Petilén no se sabía bien la letra y a la hora de la hora nos arrancamos con Solamente una Vez Me encontraste en un negro camino como un peregrino sin rumbo ni fe, y la luz de tus ojos divinos cambiaron mi suerte por dicha y placer. Era domingo en la tarde y no había nada de vendedores ambulantes, la policía los había quitado por la visita de un político medio importantón, y nomás nos pusimos a darle al cilindro y el cielo se puso rojo rojo, como si nos hubiera estado esperando. Con decirle que hasta las palomas se quedaron nomás paraditas sin hacer alboroto. Era una de esas tardes en que uno piensa que no hay nada mejor en el mundo que ser mexicano. Ahí estábamos dale y dale a la misma canción como casi siempre Desde entonces yo siento quererte con todas las fuerzas que el alma me da, desde entonces, Paloma querida, mi pecho he cambiado por un palomar mientras él le daba el anillo entre un montonal de flores, un anillo bien bonito que nomás bastaba verlo para darse cuenta de que igual y había sido de su tatarabuelita o algo así, ¿usted cree, joven? Y esa fue la última cosa bonita que nos pasó. Antes, hace mucho tiempo, esas cosas eran el pan de cada día…
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No supe qué decirle al hombre que recordaba con tanto gusto. Contesté con otra pregunta morbosa.
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-Y qué pasó, señor, ¿los invitaron a la boda?
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Yo no sé lo que valga mi vida, pero yo te la vengo a entregar, yo no sé si tu amor la reciba, pero yo te la vengo a dejar
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Rió. -¡No, joven!, ¡qué va!, al final ella no quiso, pero el muchacho tuvo la intención y eso es lo que cuenta, ¿no? –limpió su frente con el otro lado del papel higiénico- le digo que tiene sus momentos buenos este trabajo. De repente una o dos personas, así como usted, se han detenido a preguntarnos la historia del oficio, y se sorprenden cuando les decimos cosas que pocos conocen.
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-¿Ah, sí?, ¿Cómo qué cosas, señor?
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-Pues mire, ¿usté se imagina por qué todos traemos este uniforme amarillo?
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-A ver, cuénteme.
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-Pues mire, joven, usamos este uniforme desde los tiempos de Plutarco Elías Calles. Desde finales de los veintes, en homenaje al que usaron los mismísimos Dorados de Pancho Villa. Lo eligieron en una reunión de organilleros cuando la mayoría de los compañeros ya andaban todos mugrosos y vestidos como querían, algunos hasta traían toda la vida el pelo sucio, y pues no hay que olvidar que en aquel entonces se le tenía un profundo respeto al señor Villa… claro que cuando entró mi papá ya todos estaban uniformados. ¿Cómo ve? Estas son el tipo de cosas raras que nos pregunta la gente –me miró de soslayo- Oiga, pero usted para qué me pregunta todo esto. Si Usté, con perdón, no tiene pinta de gringo, y la mera verdad tampoco creo que le interese conseguir trabajo acá con los cilindreros, o ¿qué?, ¿me equivoco?
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Por el día que llegaste a mi vida, Paloma querida, me puse a brindar, y al sentirme un poquito tomado, pensando en tus labios, me dio por cantar.
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-Simple duda –mentí-, por puro interés, señor –volví a mentir, la verdad me haría mezquino. Ya era mezquino. En realidad investigaba para una tarea de Historia de la Cultura, elegí a los organilleros porque todos escuchábamos siempre que estaban a punto de desaparecer, pero nunca terminaban de desaparecer. Tuve pena de decírselo –Por favor, continúe.
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Solamente una vez amé en la vida. Solamente una y nada más.
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Le habrá costado trabajo creerme porque tardó un rato en seguir. Por fin dijo: Pues entonces déjeme contarle que este trabajo es muy bonito y que me gusta mucho, pero la realidad ya es otra cosa, es muy pesada y ahora la gente prefiere entretenerse con nintendos y cosas así, ellos sabrán. Por eso es que a veces pienso que me gustaría salirme. Si bien me va, saco de cien a ciento cincuenta pesos diarios, no me alcanza, y eso que vivo solo. Sacaría más pero también tengo que darle al Petilén –volteó a verlo Una vez nada más en mi huerto brilló la esperanza, la esperanza que alumbra el camino de mi soledad. -y el problema es que yo ya estoy viejo y no voy a conseguir trabajo en otro lado, además no conozco bien otros oficios –suspiró.
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Una vez nada más se entrega el alma con la dulce y total renunciación.
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-Joven, usté ha escuchado eso que dice mucha gente de que esta ciudad es el ombligo de la luna, ¿no?, –asentí- pues bien… mi mamá era de esas personas, y era una vieja muy cursi, con perdón. Para darme ánimos cuando empecé con esto me decía que la música del organillo la hacía recordar muchas cosas, y que eso era muy bonito, que nosotros, los organilleros, traíamos los recuerdos de vuelta al mundo. Como en esta ciudad hay mucha gente, aquí en el centro podemos llegarle a muchos, ¿no? Dicen que el centro de la ciudad es el ombligo de la luna, pero yo siempre he pensado que no nada más es el ombligo de la luna, sino que es algo más grande, algo así como el ombligo de Dios, si es que Dios tiene ombligo, porque se supone que no tiene madre, ¿no? –Los dos estallamos en una franca carcajada.
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Y cuando ese milagro realiza el prodigo de amarse, hay campanas de fiesta que cantan en el corazón.
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No quise preguntarle más, me limité a escucharlo. Habló durante más de una hora y media en que se sucedieron incontables veces Paloma Negra y Solamente una vez. Cuando le di las gracias, al levantarme, preguntó en un tono simpático si quería cooperar para que el organillo se siguiera escuchadno mucho tiempo más. Fue lastimero, pero admirable. Mi mano voluntariosa le dio lo que pudo, cincuenta pesos, una miseria, y sin embargo su sonrisa fue grande. Nos despedimos. Me alejé dubitativo rumbo al metro Pinosuárez, tal vez contento, o contagiado de contento, mientras comenzaba a escucharse –¡por fin!- otra canción: La barca de oro, ligeramente más rápida de lo que la recordaba, ligeramente torpe. Era cierto, al Petilén le faltaba mucho para tocar de veras. ¿El tiempo le alcanzaría para aprender bien antes de tener que buscarse otro trabajo? Sólo Dios y su ombligo saben, me respondí.

martes, mayo 19, 2009

Temporal (2004)

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“Yo alabo al cielo porque en mi vida errabunda
soy Niágara que truena, soy Nilo que fecunda,
Maelstrom de remolino fatal, o golfo amigo:
porque mar di la vida y diluvio el castigo”
-Amado Nervo
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“óyeme como quien oye llover”
-Octavio Paz

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I
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Habían pasado ya dos horas desde que la primera gota se descolgó de las nubes de julio sobre el extenso valle que era todo tierra de temporal, calurosa, seca en primavera pero muy húmeda en verano, como las que en climas tropicales gestan colosales plantíos de plátano. Los cuervos dejaron de volar, el cielo cambio de pronto lo etéreo de su hechura por una pintura al fresco pesada y gris que se extendía desde las primeras tierras del lugar hasta las últimas del otro municipio.
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Olga, te juro que esta vez es en serio. Esto va para largo, se dijo Olga ya inquieta mientras buscaba su rebozo. Ir en busca de un médico para su madre postrada que de pronto se veía más pálida, más frágil. Apenas dos horas antes estaba bien, y tres horas antes había estado completamente bien, no obstante los achaques normales de la vejez. La edad le pasaba factura desde hacía mucho, no era un secreto. Seguida la rutina de todos los días Rosa desvarió lo que tenía que desvariar, pero de pronto se le pasó la mano. Tal vez la traicionó la vista. Comió unos hongos nacarados de apariencia honrada, pensó que eran los hongos de siempre, pensó que sabrían igual, y cuando se dio cuenta de que no sabían igual, de que no eran los mismos hongos, no dijo nada por miedo, terminó su plato y tiró el resto en un arbusto de atrás de su casa. Y los perros corrieron a comer. Ahora, presa de un sudor abundante y de una recurrente punzada en la boca del estómago cada vez más dentro -como un cuchillo filoso destinado a ponerle un hasta aquí- de sus longevas profundidades, emitía gemidos primero, lamentos después, no muy altos, sin embargo suficientes violadores del silencio de la pequeña y casi siempre soporífera habitación. Olga, hija, me siento muy mal.
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Al principio y por costumbre Olga las creyó patrañas: no era raro que Rosa, que andaba ya en busca de sus recuerdos, extremara su malestar obsesionada con llamar la atención antes de morirse de una vez y para siempre, y consideró necesario y bastante prepararle un amarillento té y luego procurarla con el tipo de cariño materno que sólo los hijos apegados a los padres saben dar. La mimó creyendo que eran patrañas las suyas, las de su madre y las de ella; no dejó a un lado la certeza triste de que el mal de su mamá era un malestar inventado, como casi todo, como la última vez que Rosa afirmó soberbiamente que estaba muriendo, que le quedaba muy poco, que la había picado un horrible alacrán animal del diablo en el talón derecho. Ahí tenía que su horrible alacrán animal del mismísimo demonio no era más que un inofensivo, aunque inflamatorio, escarabajo, y eso se supo cuando Olga ya lloraba por el mero recuerdo que comenzaría a ser su madre nada más el veneno la extinguiera. Olga, hija, ayúdame. Olga siguió escuchando patrañas en vez de gemidos mientras recordó el último desvarío público de su mamá: la vez que juró solemnemente haber visto entre sombras a la mismísima virgen María, donde los árboles de la sierra se hacen espesos y no dejan que penetre hombre. Rosa lo repitió hasta el hartazgo y la abyección, hasta que el Padre Rubén la reprendió abiertamente durante el sermón y toda la gente comenzó a pensar que ya no estaba cuerda. Y la gente no se equivocó del todo.
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Olga sin embargo acariciaba los cabellos. Cabellos blancos. Cabellos negros. Cabellos grises. Largos cabellos. Acariciaba y venían los pensamientos en tropel. Pensaba en patrañas y en secretos reservados de hija rencorosa. Miró al techo mientras pensaba; escuchó al techo y oyó la lluvia. Miró por la ventana y la vio; no había escampado –sería mucho pedir-, ni siquiera había disminuido el agitado escándalo, ni una gota había disminuido, estaba idéntico al de hacía dos horas. De pronto se dio cuenta con tristeza de la oscuridad guarecida en su pequeña habitación, como si se hubiera ido a esconder ahí del diluvio. Se apartó de su madre resignada a tener que cuidarla toda la vida. Toda la vida. Fue hacia el mueble y entonces encendió la veladora momificada que no había escurrido durante seis años. Era la vela de su primera y tardía –y única- comunión con Dios. Encender la vela y recordar tantas cosas de pronto le costó mucho trabajo; lo hizo tan obligatoria y mecánicamente que se llevó alrededor de quince minutos. en el acto de ir al mueble, tomarla, mirarla, encenderla, y volver con su madre. Cuando regresó junto a Rosa y volvió a acariciar su pelo, una sustancia fría y húmeda la apartó inmediatamente: era sudor abundante. Rosa temblaba como si no hubiera un mañana. No había un mañana.
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II
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Esto va para largo, se dijo Olga ya inquieta mientras buscaba su rebozo. Ir en busca de un médico para su madre postrada que de pronto se veía más pálida, más frágil. Rosa bien sabía que esta vez era serio. Todo era más serio. Su malestar era serio. Su hija era más seria. Ella misma lo era. La muerte hace que todo sea circunspecto. Por primera vez sabía que estaba muriendo lentamente. Sumergida en esa vergüenza de no querer morir, de resistir siempre un poco más, se atrevió a rogar ayuda. Hija, Olga, ayúdame. Sentía el miedo que siente un indefenso bebé de ochenta años. Y por eso le explicó a Olga que su malestar era serio, comenzó a explicarle, mas poca falta hizo, porque cuando su rostro se volvió blanco como harina pálida, y su fiebre subió hasta el techo de la casa, Olga palideció también de miedo a perderla, se alarmó sin necesidad de más juramentos ni más súplicas. Ya sólo deseó ir en busca de un médico aunque la lluvia no amainara pronto. Aunque no se detuviera nunca. Se levantó rápido y fácil del costado de su madre y ya tomado todo el dinero que encontró –producto de las ventas de comestibles en el mercado- salió al encuentro provocador con la lluvia más fuerte que caería en todo lo que restaba del año, protegiéndose ingenua y únicamente con un delgado rebozo. A partir de ese momento el tiempo se hizo lento.
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Enlodada desde los pies hasta la parte más alta volvió al hogar completamente sola. El hogar era la casa que les dejó su padre. Tres horas de búsqueda y lo único que consiguió fue un estado de sitio por el miedo. Y luego, frente a la casa, más que miedo fue terror de encontrar a su madre postrada en el mismo sillón roído en el que la dejó al salir, pero encontrarla con otro rostro, un rostro exangüe, como los que tienen los que han dejado de respirar. Tuvo miedo –otra vez a estar sola-, a cargar el resto de su vida con la culpa de haber dejado de una u otra manera que su madre muriera. Era una culpa muy grande. Era una culpa demasiado grande.
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Temiendo lo inevitable, fuera de su casa comenzó a extrañarla enormemente, pero extrañó más que nunca a la Rosa perspicaz, penetrante y conciente que alguna vez conoció. Recordó los últimos días de completa lucidez que tuvo su madre diez años antes, cuando el conyugue aún vivía, y los días ya tan lejanos en que Rosa era capaz de realizar quehaceres domésticos sin ayuda de nadie. Y luego recordó el proceso sutil que la llevó de ese estado lúcido al estado actual. Un achaque simple, y de pronto no más, irremediablemente Rosa había perdido la fuerza para lavar ropa, para cocinar, para barrer. El tiempo no perdona. Pero antes de eso todo era diferente: su padre cosechaba una pequeña tierra, y el pueblo era un pueblo distinto. El mismo pero distinto. Otro pueblo. Pueblo colorido. Pueblo tranquilo. Pueblo pasivo. Pueblo de verdad. Los fantasmas no la podían atormentar entonces. Pero en los últimos años más solos todo le parecía extraño y triste y la posibilidad cada vez menos remota de que su madre muriera la aterraba, porque lo último que quería era quedarse totalmente sola. Totalmente olvidada.
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Buscó un médico por todas partes, preguntó en las casas grandes, y también en las pequeñas, pero cada vez que la remitían a algún lugar, la impotencia y la lluvia la perdían. Estaba ciega. Apenas pudo caminar en las calles vacías, moviéndose apenas, con mucho trabajo, por las ropas pesadas y frías de lluvia que llevaba puestas. Estaba vestida de lluvia. En algún punto de la búsqueda la prematura oscuridad de la noche rural y el temporal la hicieron caer de bruces en una zanja lodosa. Ahí, con la cara tan sucia lloró de enojo o de melancolía, o de miedo. Lloró de rabia. Un relámpago la iluminó apenas el momento necesario para entrever a su madre como una anciana completamente inútil que le había dado la vida nada más para robársela e impedirle ser. Una anciana patética que ya muerta, que aún muerta, la perseguiría hasta en la negrura. Olga estaba condenada a cuidar hasta el último día de su vida a Rosa, a procurarle bienestar, respeto y cariño obligatorio aún en los recuerdos y en los altares de muertos, en los amaneceres y en las noches lluviosas. Por un momento –cada vez más recurrente- pensó acabar de tajo con ese sentimiento mezquino de odio y compasión. Mejor dejarla morir. Pero los remordimientos y el miedo a la soledad la hicieron volver a querer a su madre. Luego el arrepentimiento y la íntima tristeza reaccionaria y el rencor propio por haber deseado el fin. Su piel se erizó al pensar en su mezquindad intrínseca. Así era la vida de Olga, una temporal y constante lucha que siempre perdía. Inevitablemente. Toda la vida, en ella, mucho después de muerta Olga, pudo más la culpa que su noción de felicidad.
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III
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Volvió a la casa, sola. No encontró más que un practicante sin título más aciano que su madre que se negó a salir de casa porque nadie le prometió el Arca de Noe. Regresó sola y resignada y odiosa. Rencor hacia toda la gente que la dejaba sola con su dolor. Con la voluntad enlutada llorando enormemente, como si sus ojos fueran nubes de temporal, y con el cuerpo cárcel de un pasmoso frío de los que duelen en los huesos más grandes volvió a Rosa. Frente a la desvencijada puerta de madera de la casa de adobe que la vio nacer se detuvo lo que tarda una respiración profunda y lo que la conciencia tarda en terminar de una buena vez de hacerse a la idea de lo que verá. Comprobó que auténticamente se sentía culpable. Trató todavía de arrepentirse. Era tarde.
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La mano derecha estremecida –temblor de miedo, temblor de frío- empujó la puerta, y se encontró de frente con Rosa que apagaba la vela del modesto y alegórico altar erigido en recuerdo de su difunto esposo. ¿Qué fue más sorpresivo?, ¿encontrarla muerta?, ¿encontrarla viva? Sin entender bien las cosas, sabiendo que su madre debería estar muerta, Olga sintió una mezcla de alivio. Está viva. Y coraje. No está muerta. ¡Me engañaste de nuevo!, ¡Otra vez! ¡Estás completamente loca! ¿En verdad la había engañado de nuevo? con qué objeto saberlo. Consternada y sin escuchar ninguna palabra de la muertaviva se encerró en el cuarto sin bañarse, sin cambiarse, sin secarse, sin comer. Se metió a su catre creyendo que ahora ella misma era la que alucinaba. Cada vez me parezco más a ti, loca. Y así como estaba, empapada, enlodada y fría, oxidada en el centro, comenzó a lloriquear arrepentida. ¿Cómo podía odiarla? Mientras tanto, Rosa terminó de limpiar la ominosa mancha de vómito que la liberó de su calvario. Olga jamás supo de esa mancha.
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El día siguiente amaneció húmedo, vestigio del día anterior aciago, pero esta vez el sol ya ocurría con su guiño redentor. Los cuervos volaban de nuevo, la gente los veía volar. Rosa se encontraba bien, pero Olga no se dio cuenta. Olga no estaba lúcida, y rosa lo supo en seguida. Tenía fiebre, mucha fiebre, deliraba. Cuando Rosa se dio cuenta, alarmada, dinero en mano y cubriéndose del sol con un reboso salió en busca de un médico que aliviara a su hija.

domingo, marzo 01, 2009

Teatro improvisado*

Mi nombre es Victor Felipe Guevara Cruz. Hace poco leí en Internet una mención sobre un tema paradójico. Fue publicada una pequeña añoranza diacrónica de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, específicamente del auditorio Che Guevara o Justo Sierra; quedé estupefacto, pues parece muy cierto que este recinto tan concurrido en años pasados se encuentra actualmente inmerso en un estado de espantoso y —si se me permite la aseveración— sumamente estúpido abandono.
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Yo soy estudiante de Literatura en la Facultad y lo que sucedió —que motiva este comentario— fue que no hace mucho se presentó en un pequeño espacio, en lo que fuera el escenario del teatro Justo Sierra, una puesta en escena: La fe de los cerdos; a la que interesados, morbosos y teatrófilos espontáneos acudimos por igual para terminar sentados en el suelo, o en las escaleras improvisadas que conducían a los pocos asientos también improvisados de un pequeño teatro no menos improvisado que lo anterior. Así, inmersos en el mundo de “la improvisación” pudimos disfrutar sólo parcialmente de la obra debido a una razón muy simple. Al lado del teatro improvisado, tras la delgada pared de tela que divide a los dos grandes grupos de la humanidad (dominadores y dominados), en el verdadero teatro cuyo proscenio bien bastaría para representar una obra en un acto ante muchos más espectadores de los que no imaginaron alcanzar lugar en el improvisado espacio del que hablé, se erguía una fiesta, patética de tan ominosa, organizada por los ocupadores del recinto, “luchadores sociales” que cobraban 10 pesos por entrar a la reunión, cuya emisión sonora y olor a mariguana traspasaba las paredes de nuestro pequeño santuario. Toda una desgracia deliciosa en extremo, pues por momentos resultaba más fácil escuchar la voz de Rocco cantándonos seductoramente Kumbala bar al oído, o las estridentes catalogaciones sexuales de Molotov “¡Puto! ¡Puto!”, que centrar nuestra atención en lo que veíamos.
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Lo anterior pues, para decir que esto es indignante; paréceme (a mí y a otros miles de estudiantes anónimos) una desenmascarada falta de respeto con dos agravantes. Uno: el interrumpir u obstaculizar alguna vez el desarrollo de una obra de teatro en un espacio que fue concebido originalmente para eso. Dos: el utilizar para fines tan mundanos y particulares un recinto que para nosotros, los universitarios, debiera ser sumamente respetado por sus enormes trascendencia y presencia en la historia contemporánea de la universidad. Definitivamente hemos caído en excesos y deformaciones denigrantes.
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Es alarmante que la incivilidad del olvido se esté apoderando de este asunto y que el delgadísimo hilo de la memoria lo permita, pues parece que nadie recuerda que la Facultad y algunos de sus estudiantes necesitan verdaderamente de ese espacio. Parece olvidado que nuestra Facultad (mía, tuya, suya, de nosotros y de ustedes, no sólo de ellos) es el único lugar dentro de la universidad en donde se estudia la carrera, Literatura Dramática y Teatro. Estamos dejando así que el recuerdo de un teatro-auditorio como el Che sea demolido por completo y de la manera más absurda, pues tal como escribió Jorge Enrique Gutiérrez, un brillante compañero de estudio, demoler es querer olvidar lo que nos pertenece y funciona como apología de nuestra estupidez.
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*Texto publicado originalmente en el blog "¡Liberemos al Che!":

viernes, enero 09, 2009

El secreto de Pestana

-Música y destino-
"Sin Bach la teología carecería de objeto,
 la Creación sería ficticia, la nada perentoria. 
Si alguien debe todo a Bach es sin duda Dios."  
 -E.M. Cioran.

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I. El concierto
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Lector: alguna boca, alguna vez, dijo: Bach es Bach, como Dios es Dios. La frase anónima quedó escrita –agradezcamos la justa sentencia de Caio Titus: Verba volant, scripta manent– en el decálogo, inexistente, de los dogmas de fe de la también inexistente religión musical. La frase no será olvidada con facilidad por un melómano occidental de cepa, ¿qué diletante educado en la tradición europea podría negar tajantemente la importancia del músico alemán? Basta ser partícipe, una mañana, tarde, o noche cualquiera, de la genialidad con que la segunda nota se desprende de la primera, y la tercera de la segunda, y así las demás, sucediéndose hábiles, pero violentas, en el escalonado pentagrama sonoro de algún concierto contrapunteado de Johann Sebastian Bach. Quiero hacer eco a la frase: Bach es Bach, como Dios es Dios, y remitirme de manera casi –no totalmente– arbitraria al Concierto para violín y oboe en Re menor.
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Recuerdo un episodio que viene al caso: una tarde pretérita fui invitado al examen profesional de un violinista amigo en el Conservatorio Nacional de Música. El examen consistía en ofrecer al público un concierto que durara alrededor de treinta o cuarenta minutos, la memoria me traiciona. El Concierto para violín y oboe en Re menor comenzó, como Dios manda con esa simpática verdad de Perogrullo, por el principio: el primer movimiento, el Allegro, ya insinuaba un suave coqueteo melódico entre el violín y el oboe barroco, y un fascinante soporte ofrecido por el conjunto instrumental, por el bajo continuo y por el clavecín que acompaña y completa esa trinidad irrebatible de melodía, ritmo, armonía. Era de esperarse que el segundo movimiento, el Adagio, anunciara una tregua apenas pactada, casi secreta, entre los protagonistas antagónicos del concierto (calificativo no contradictorio en el fondo, pues ambos instrumentos principales, violín y oboe, forcejean, sin hacerse daño, en actitud antagónica, por llevar la voz principal de la exposición melódica, o al menos, así pareciera). Toda esa grieta de calma, como su etimología lo indica, que es el Adagio, sólo para dejar que la abrumadora perfección del Allegro, del tercer movimiento, arremetiera con toda su fuerza. Fue como si Johann Sebastian Bach hubiera querido que los primeros dos movimientos de su concierto nos internaran en la inmediatez del deleite inocente, para que el tercero nos mostrara después que la catarsis podía llegar más allá, mucho más allá, siempre más allá de la ingenuidad. Si el primero y el segundo movimientos fueron hasta parsimoniosos, el tercero provocó una explosión sin tregua en los sentidos de los escuchas con el torbellino que son sus notas, y que sólo la fuga, ese barroquísimo procedimiento de creación con estructura determinada, podía desatar. En suma, el concierto de Bach es un tejido musical polifónico –como la más polifónica novela de Dostoyevski, de Tolstoi, o de Turgeniev–, contrapunteado, cuya voz principal, la del violín o la del oboe, o la fusión de ambas, hace la exposición melódica que varios contrasujetos responden, imitan o varían; es decir, que El Concierto para Violín y Oboe en Re menor de Johann Sebastian Bach, es una unidad de contradicciones y luchas internas. Me aventuraría, no a definirlo, sino a nombrarlo como el desorden encausado de los sentidos, como la guerra civil de los sentidos; mientras un instrumento apunta hacia un lado, otro apunta hacia el lado contrario, y sólo se ponen de acuerdo para que la guerra civil pueda continuar, para que esa detonada locura que arremolina al oyente con sus notas, pueda ser aprisionada por un delgado hilo de razón que le da forma y contribuye a darle fondo. Ese delgado hilo de razón que estructura y mantiene a raya toda la locura disparada, a pesar de ser tan delgado como para no dejarse ver en la primera cita, es la agudeza del artista. Es Apolo en esa eterna lucha con Dionisos, es la genialidad del artista creador. Estoy hablando del Concierto para violín y Oboe en Re menor, como un momento irrepetible del arte; cada ejecución es un momento irrepetible de la creación artística única, única como la creación divina. Lo dicho, Bach es Bach, como Dios es Dios.  

II. Síndrome de Augusto Pérez 

En Niebla, de Miguel de Unamuno, Augusto Pérez, personaje principal, adquiere dimensiones insospechadas cuando, hacia el final de la novela, decide visitar a su creador, al propio Miguel de Unamuno, para pedirle que lo mate. Unamuno, sorprendido, resuelve después de una plática con el personaje, suprimirlo. Augusto Pérez entonces se arrepiente y quiere vivir, pero Unamuno se niega. Augusto entonces se le rebela férreamente al escritor al punto de poner en entredicho el objeto de su existencia. Puede que usted, le dice un Augusto Pérez egoísta a un Miguel de Unamuno perplejo, no sea más que un mero pretexto para que yo llegara al mundo.
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Puedo afirmarlo, con la soberbia y con el rigor de la ciencia: no soy el único ser que alguna vez se ha estremecido con los acordes de Johann Sebastian Bach. La música, como las otras artes, tiene la preciosa virtud del egoísmo, la de ir más allá de un espectador. La obra de arte parece obedecer a su creador, pero siempre intenta escapársele, del mismo modo en que Augusto Pérez intenta escapar del control de don Miguel de Unamuno en Niebla. Es decir, que una vez creada, la pieza musical, como el poema, como la obra de teatro, como el cuento, como Augusto Pérez mismo, dejará de pertenecer sólo a su autor, o a una escuela artística determinada (se trata de la libertad que la divinidad le otorga a su creación). O más bien, a fuerza de pertenecer a tantos espectadores, a tantos escuchas, a tantos lectores, la obra acabará por no pertenecer a ninguno. El arte es egoísta, vive para sí mismo, apenas se deja ver por los otros; aunque se alimenta de los que lo admiran, acaso tolera sus caricias. Así pues, no es disparatado pensar que los alcances de la música de Johann Sebastian Bach han llegado mucho más lejos de lo que el propio Bach alguna vez pudo imaginar. Pero esta afirmación no sólo se limita a la música de Bach, bien puede extenderse al arte desplegado por compositores como Cimarosa, Mozart, Beethoven, Gluk, o Schumann (advierto que el orden de la numeración tiene un porqué). La música trasciende a sus autores, se olvida de ellos. La música de Bach es el perfume, el matiz, la lozanía que se ha escapado de la flor para seguir sin ella el azaroso viaje, es Augusto Pérez que escapa de las manos de su creador; y Bach no es otra cosa que la flor sin olor, sin color, yerta y severa, olvidada de sus nobles atributos en algún páramo de la historia, es Miguel de Unamuno desafiado y superado por su obra.
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Imaginemos ahora que así como he tenido el placer de quedar prisionero en la telaraña polifónica de algún concierto de Johann Sebastian Bach, otro hombre cualquiera, saltando los piélagos de las épocas y las modas, lo ha tenido también; sólo que este hombre se ha definido a sí mismo a través del contacto con estas grandes obras musicales. Será una escena nocturna, un cinco de noviembre, en el Brasil de 1875 la que contaré ahora: un hombre, un artista, un compositor amante de las grandes obras musicales de la historia, se sienta frustrado y derrotado ante su piano. Acaricia las teclas amorosamente para arrancarles confesiones históricas, aquellos acordes de una sonata de Beethoven cuyo nombre ignoramos, pero que bien podría ser la Sonata Claro de Luna. Aparte del lector, este desdichado músico tiene otros espectadores mudos: retratos de grandes compositores, Cimarosa, Mozart, Beethoven, Gluk, Bach, Schumann, lo miran penetrantes desde sus cuadros, como santos de iglesia colocados en derredor del altar que es el piano. La sonata que toca el hombre tiene entonces un valor casi sagrado. No se trata, en principio, de una mirada netamente contemplativa la de estos santos, si no de una mirada escrupulosa, puntual y severa; parece que lo juzgan sin tregua. El compositor, versado en la técnica de hilvanar polcas como nadie en su ciudad, daría la vida, literalmente, y todas las polcas compuestas a cambio de poder escribir una sola página musical digna de ser considerada como par de las páginas de Cimarosa, Beethoven, Gluk, Bach, o Schumann, que lo observan; es decir, daría la vida por conseguir esa genialidad egoísta creadora, y porque su obra fuera capaz de trascenderlo, porque su obra padeciera Síndrome de Augusto Pérez. Al hombre que toca la sonata de Beethoven no le importa dar la vida, pues al crear una pieza musical que lo sobrepase, aseguraría al menos la continuidad de su nombre, como autor, en el transcurrir de la historia. ¿Qué ocurre entonces con este hombre que se sienta derrotado ante su piano, frente al pesado atisbo de Johann Sebastian Bach? No es necesario imaginar mucho más, alguien ya lo ha hecho por nosotros, y lo ha escrito. El cuento se llama Un hombre célebre, y es de Joaquim Maria Machado de Assis.

III. El secreto de Pestana 

En aquella noche brasileña del cinco de noviembre de 1875 en que un hombre se sentó derrotado a tocar una sonata de Beethoven en su piano, en Brasil estaba instalado un gobierno imperial que los historiadores coinciden en calificar como próspero. Ese Brasil imperial, el de Pedro Segundo, imitaba las costumbres más refinadas de Francia. Los grandes bailes o los íntimos saraos, las suntuosas comidas, los paseos prolongados por las calles de Río, Botafogo, o Petrópolis, eran el pan de cada día para la gente más o menos adinerada. Las mujeres de aquella sociedad imperial decimonónica eran educadas desde la infancia para cubrir los requisitos del matrimonio. Como señoritas de buena familia, pasaban parte de sus ratos libres leyendo novelas escritas mayormente en francés, tejiendo, o ejercitando la música; era común, casi necesario, que una señorita de casa fuera capaz de entender el francés como la propia lengua, y de sentarse al piano y acompañar con música un aria estremecedora que le cantaría después de la cena al novio, o que cantaría en alguna tertulia o en algún baile.
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Y esto porque los bailes y las tertulias debieron ser importantísimos entre los habitantes acomodados de aquellas ciudades sincrónicas de Brasil. En ellos se habrán pactado amores; se habrá hablado de los asuntos políticos en boga; se habrán consumado compromisos sociales inevitables, contratos, ventas; se habrán mostrado las nuevas adquisiciones de las familias, los vestidos más elegantes, los trajes mejor cortados, yo qué sé. Cada baile podría haber tenido un fin distinto, pero no un medio distinto; pues, ¿qué habría sido de un baile sin música?, me pregunto. Nada, me respondo, y eso me lleva a una pregunta menos elemental, aunque necesaria: ¿qué tipo de música es la más apropiada para un baile? Las novelas de la época, de José de Alencar, Mauel Antonio de Almeida, Taunay, Bernardo Guimaraes, Franklin Tavora, y hasta Joaquim Maria Machado de Assis, nos remiten al vals irremediablemente, pero el vals es un baile ceremonioso, elaborado, lento y difícil, triste en ocasiones. Y no todos los momentos de coloquio social debieron ser tan ceremoniosos, elaborados, lentos y difíciles, o tristes; por eso es que también hay noticia de la popularidad de las polcas en los bailes.
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En 1896, cuando Brasil era ya una república y algo menos de imperial debía quedarle a su sociedad, cuando la esclavitud había sido por fin abolida, cuando Pedro segundo había abdicado debido a la fuerza militar de Manuel Deodor da Fonseca, y cuando Da Fonseca ya había establecido un régimen dictatorial, un escritor ya célebre, Joaquim Maria Machado de Assis, volteó al pasado y escribió un cuento memorable sobre otro hombre célebre, un compositor de polcas –la música ideal para el baile ligero de ese Brasil histórico–, conocido como Pestana. Lector, adivinas si crees que este compositor Pestana es el mismo que una noche brasileña de 1875, cuando la sociedad carioca era imperial, se sentó frustrado a su piano para tocar un nocturno de Beethoven. 
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Volvamos 21 años en el tiempo para hablar de Pestana mientras vivía ¿Qué decir de él? Definitivamente que le fue mal en la vida. Ese hombre Pestana era un insatisfecho. Machado de Assis cuenta que Pestana huía de sus polcas como de la peste cuando la gente las silbaba por la calle, o cuando un músico las tocaba en alguna fiesta o baile. Ese hombre Pestana escapó de un sarao al principio del cuento, cuando dos mujeres lo reconocieron como el autor de las piezas tan famosas que se tocaban en las reuniones de sociedad, y le dirigieron la palabra e incluso se atrevieron a pedirle que ejecutara una de sus polcas. Luego, esa tétrica noche del cinco de noviembre de 1875, se sentó al piano a tocar una sonata de Beethoven y le reveló al mundo, en manos de Machado de Assis, el secreto de su desdicha, que es la desdicha de todo artista mediocre, o más bien de todo aquél que desea, sin lograrlo, poseer el don de crear obras válidas, momentos irrepetibles, como los de la creación divina. El lector no debe olvidar la curiosa sentencia con que comienza este texto: Bach es Bach, como Dios es Dios. Para el músico, sus creaciones son mediocres ante los ojos del arte que son los ojos de Bach. Sus creaciones no tienen ese complejo de Augusto Pérez del que hablé más atrás; no huyen de él, más bien lo persiguen. Él tiene que huir de ellas, porque ellas son la inmediatez de su tiempo, y el hombre que se queda estancado en su tiempo es incapaz de trascender como trasciende el artista consagrado, como trascendieron Cimarosa, Mozart, Beethoven, Gluk, Bach y Schumann. Al final del cuento, Pestana es derrotado por la incapacidad, enferma y muere, y se lleva a la tumba un brutal secreto: a pesar de haber sido considerado el gran compositor de polcas, expiró en paz con los hombres y mal consigo mismo. He aquí, lector, el secreto de Pestana: el artista insatisfecho tiene una doble vida, la del reconocimiento del público por una obra mediocre, y la de la certeza personal de la mediocridad. Compositor exitoso de polcas por el día, émulo vano del mayor lucero, como diría Góngora, por la noche. El artista insatisfecho es infeliz en ambas vidas. La afirmación es abrupta, cruel y atroz; el cuento de Machado de Assis, como buena parte de su literatura, pasa de la Utopía al desencanto en un abrir y cerrar de ojos, como la sociedad brasileña de aquella noche de 1875, en que el hombre se sentó al piano a tocar una sonata de Beethoven. 
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IV. Las causas 
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Existe un poema extraordinario, quizá por elemental, de Jorge Luis Borges, llamado Las causas. En la sucesión de versos que le dan forma y fondo, el lector quisquilloso puede advertir la otra cara del pasmoso destino: el absurdo más insulso. Según el poema de Borges, todos los sucesos del mundo han tenido que ver con el génesis del hecho, acaso maravilloso, de dos manos ajenas que entrelazan sus dedos, y así lo declara en hermosos endecasílabos:  
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[…]
La voz del ruiseñor en Dinamarca.
La escrupulosa línea del calígrafo. 
El rostro del suicida en el espejo. 
El naipe del tahúr. El oro ávido. 
Las formas de la nube en el desierto. 
Cada arabesco del calidoscopio. 
Cada remordimiento y cada lágrima. 
Se precisaron todas esas cosas 
para que nuestras manos se encontraran.   
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Esta observación del bardo argentino puede parecer magistral si se piensa en la sucesión de hechos como en una obra premeditada del destino. Podemos ponernos en la situación del Don Álvaro de Rivas, mirar al pasado para encontrar correspondencias increíbles entre hechos aparentemente no ligados, y pensar que nuestra situación actual tenía que ser precisamente de esta manera y no de otra, porque obedece a designios ocultos; entonces estaremos moviéndonos por el terreno de una fuerza desconocida que obra irresistiblemente sobre los dioses, los hombres y los sucesos: el Sino, que justifica de alguna manera nuestros logros y la enumeración de hechos causales, no casuales. O bien, podemos ser fríamente objetivos, mirar atrás y pensar que toda acción, hecho, o suceso de nuestra vida, ha obedecido a Newton, produciendo una reacción, un hecho, o un suceso, de igual intensidad, y que esta reacción ha llegado como un mero caso fortuito, casual no causal, sin concierto ni orden. Entonces nos moveremos por el terreno del Azar arrebatado, y nuestros actos perderán la grandeza del héroe mitológico que acepta su destino, no tendrá más sentido enumerar hechos, pues caeríamos en el absurdo más insulso que mencioné algunas líneas atrás. 
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Ahora hago una confesión pueril: a veces soy, sin acabar de serlo, de las personas que sueñan con encontrar un sino que explique las causas y las consecuencias de momentos determinantes; es por eso que quiero exponer las extrañas causas que llevaron a un lector al descubrimiento de Juaquim Maria Machado de Assis, y las consecuencias que este hecho conllevó: 
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Un joven que todas las mañanas, desde que era niño, acompaña su desayuno con una taza de café de olla, se descubre una noche de lectura, acostado en su cama, con otra taza de ese mismo café de olla en la mano izquierda, y con una novela exquisita en la derecha. La novela se titula Quincas Borba, y está firmada por el escritor brasileño que escribió la historia de Pestana, el pianista que se sentó a tocar una sonata de Beethoven. De pronto y sin previo aviso, el olor del café, o tal vez el sabor o la textura, o la mezcla de todo eso, activa un recuerdo lejano en la mente del joven, almacenado en la mente del infante. Este joven también fue niño, y cuando niño, pasó un buen rato en las carreteras del país. Además de tener la fortuna de dos familias longevas y numerosas, la materna y la paterna, diseminadas por la república mexicana, tuvo la fortuna de que su padre trabajara como representante de agencias automotrices. Así, el niño que más tarde leerá Quincas Borba, podrá presumir, cuando sea un joven, que pasó un buen rato de su infancia viajando de un lugar a otro por carretera. Estos viajes en carretera, fueran visitas a la familia, o fueran causados por el trabajo del padre, le enseñaron muchas cosas importantes, le presentaron a mucha gente querida, influyeron definitivamente en su forma de ser. Se movía por Querétaro, Tabasco, Coahuila, Veracruz, Hidalgo, Jalisco, Baja California, San Luis Potosí, y por el Estado de México, pero los viajes más usuales eran siempre los que iban de la Ciudad de México a Querétaro, de la Ciudad de México a Hidalgo, De la ciudad de México a Villahermosa, y de la Ciudad de México a Jalisco, porque en esos estados era donde radicaba su familia numerosa y longeva. 
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En uno de estos éxodos por el sureste del país, fue que el niño forjó esa ligadura entre los viajes en carretera y el olor del café. El motivo es muy simple: una vez hubo una escala en Córdoba, Veracruz; el niño reconoció en algún momento ese aroma tan característico del desayuno. Por la tarde, el niño supo que el café que tomaba cada mañana, y cuyo aroma lo hacía evocar la unidad familiar, era el café que se cosechaba en Córdoba. Desde entonces la fragancia le trajo a la mente los viajes por carretera. Fue también uno de esos viajes por carretera lo que lo llevó a conocer a un amigo que a la postre sería entrañable. El amigo entrañable, que tenía la misma edad del niño que viajaba en carretera con su padre, y que siguió siendo amigo hasta que los dos niños fueron jóvenes, vivía en Hidalgo. Ambos compartían un buen número de gustos, y con el tiempo compartieron también una pasión: las letras. Cuando el joven que una noche leía Quincas Borba mientras bebía café de olla, iba por fin a comenzar, formalmente, sus estudios de Letras en la Universidad Nacional, fue a visitar a su amigo hidalguense que también estaba por comenzar la misma licenciatura, aunque en la Universidad Estatal. Hablaron de muchas cosas concernientes a su edad, hasta que en algún punto el joven Hidalguense le recomendó al protagonista de esta historia la lectura de una novela que calificó de fascinante; el muchacho citadino se la pidió prestada con la intención de no devolverla nunca. La novela se llamaba Memorias Póstumas de Blas Cubas, y estaba firmada por Machado de Assis. 
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Fue el primer libro del escritor brasileño que el joven leyó, y en efecto, le pareció encantador. La historia, que no era en realidad una sola historia continua, le trajo a cuento la fascinación que un montón de postulados cínicos puede producir. ¿Qué mejor manera de confesar hechos, sin complejos, que confesarlos desde la tumba? Después siguió un relato abrumador: El Alienista. Luego Memorial de Aires, una novela un tanto pasiva, parsimoniosa, de aceptación. Más adelante dos libros de cuentos, ambas recopilaciones que algún filólogo llevó a cabo, y finalmente, a esas horas de la noche en que el Joven termina su taza de café y concluye la última página de la novela Quincas Borba.
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Hasta aquí la historia del Joven. El asunto es hablar de las consecuencias arrojadas por las causas que lo llevaron a su primer encuentro con un libro de Machado de Assis, y que se puso a rememorar aquella noche mientras bebía  café de olla:
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V. Las consecuencias  
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Leer ocho libros de Joaquim Maria Machado de Assis, con ese asombro que produce la buena literatura, uno detrás de otro; leer, entre prólogos y artículos, lo que autores como Francisco Rico, Carlos Montemayor, Walquira Wey, José Guilherme Merquior, Benjamín Rocha, Antonio Alatorre, Lucía Miguel Pereira, Pedro de Botelho, y Francisco Cervantes, han dicho sobre el genio brasileño, me lleva, irremediablemente, a estar de acuerdo con ellos (¿quién puede contradecir a tamañas plumas?), en lo que afirman de común y que es evidente al leer a Machado: que podemos dividir con facilidad la producción del escritor en dos periodos perfectamente definidos, el de antes de Memorias Póstumas de Blas Cubas, y el de después. Es común situar la producción machadiana en el romanticismo hasta 1881, y en el realismo a partir de dicho año, en que se publico Memorias Póstumas. Y es esta fase “madura” de su producción, la de sus obras posteriores a 1881 (como la denominan los filólogos estudiosos), la que viene a cuento. 
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Todos los nombres que mencioné atrás coinciden en señalar las maravillas que producen la ironía y el desenfado machadianos en el lector de este tiempo, –podemos ir más allá y preguntarnos qué no habrán producido en el lector decimonónico–, porque leer a Machado de Assis es leer, definitivamente, un estado elevado de la conciencia del ser. Los libros de Joaquín María Machado de Assis, dicen los que más saben, nos hablan de la locura como una condición ontológica del hombre: el doctor Simón Bacamarte, alienista de Itaguaí, en Río de Janeiro, luego de estudiar los problemas psiquiátricos de los habitantes de la región, concluye que lo de veras insano en la mente del hombre, es no padecer ninguna anomalía psiquiátrica, y encierra en el manicomio, en ese bastión de la razón que es La Casa Verde, a toda la gente que no presenta problemas mentales. Sus reflexiones se vuelven más sesudas hasta que enloquece y se recluye a sí mismo en la casa de salud mental. La locura también está presente en uno de sus personajes más entrañables y más desenfadados –sólo superado por el sin igual Blas Cubas–: el filósofo Quincas Borba, que, no conforme con ser un loco, es un loco consciente de su enajenación. En la novela homónima, Quincas Borba declara en una carta dirigida a Rubiao, su amigo y discípulo que después padecerá también de locura, que ha llegado a la feliz conclusión de ser San Francisco. Quincas Borba se asume como el más feliz de los mortales una vez que, avanzada la locura que ha venido galopando desde quién sabe cuándo y desde quién sabe dónde sobre su razón, funda un sistema filosófico según el cual, absolutamente todo lo que ocurre se explica mediante el hecho de que es a favor y en beneficio de la humanidad: el Humanitismo (el Humanitismo está, de algún modo, ligado a las causas y consecuencias del destino). 
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Si en el párrafo anterior no profundicé en las alucinaciones de Rubiao, el discípulo de Quincas Borba, se debe a que su locura no tiene el mismo valor que las locuras anteriores. Me explico: la locura de Rubiao, en Quincas Borba, no es una causa que conduzca a una consecuencia, es más bien una consecuencia de otro de los temas a los que recurre Machado de Assis: el amor irracional. Rubiao, de costumbres rurales, queda prendado de Sofía, una bella mujer cosmopolita y desdeñosa, y no puede alcanzarla. Su desesperación es por momentos mucha, pareciera que Rubiao se dice a sí mismo, incesantemente, aquél hermoso versos de Rubén Bonifaz Nuño, Cómo he de ser amor para lograrte, hasta quedar loco. El tema del amor trágico se repite en los cuentos y las novelas de Machado de Assis: en La cartomante, un hombre y una mujer casada que se entregan al adulterio, y que confían ciegamente en la valía y pureza de su cariño, al final, de manera ingenua, son privados de la vida por el marido traicionado. En Cuestión de vanidad, las pueriles intenciones que tiene un joven vanidoso de ser amado incondicionalmente por más de una mujer, provocan un dolor tremendo en una de las mujeres engañadas cuando se entera de la bigamia de su prometido, dolor tremendo que le causa una muerte tremenda, terrible por lenta. En Memorias Póstumas de Blas Cubas, Blas Cubas y Virgilia se entregan a un amor adúltero que recuerda un poco el cinismo delicioso de esa deliciosa cínica que es Emma Bovary, y que, si bien no tiene consecuencias nefastas, tampoco las tiene positivas. El amor de Blas Cubas y de Virgilia es un amor intrascendente y vacío, algo que definitivamente pudo no haber pasado. Incluso, Blas Cubas confiesa en una de sus memorias que su vida fue un sinsentido, pues no dejó descendencia que lo sucediera en el mundo. Con estos amores desastrosos que cuenta machado, la creación no ha perdido ni ganado gracia. Y baste con estos ejemplos, que la lista es bien larga. 
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Si arriba mencioné de nuevo el Sino, y mucho más arriba mencioné la música, ha sido porque a mi entender estos dos temas, aunque minúsculos, explican momentos curiosos de la obra de Machado. Volvamos un poco el camino andado, hasta la historia del joven que de niño viajaba mucho por carreteras: 
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Hubo una escena de las Memorias Póstumas que llevó a este joven a buscar las causas insospechadas que narré atrás. Insospechadas, pero capaces de justificar su primer encuentro con un libro de Machado de Assis. La recuerda con mucho gusto: es aquélla reflexión en que Blas Cubas se pregunta el objeto de la existencia de una mujer, doña Plácida, que es sirvienta de su enamorada Virgilia. En los párrafos que hablan al respecto, Blas cubas se imagina una escena en la que Doña Plácida pregunta a sus progenitores el objeto de su existencia; Cubas afirma que los progenitores de doña Plácida le responderían, con el más simpático cinismo, que el objeto de su existencia es el vivir para dejar la vida en las labores domésticas; vivir siempre instalada en la pobreza, enfermar y luego sanar para volver a enfermar, y así, hasta el último día que la recibirá en un hospital o en el lodo. La existencia vacía de doña Plácida, provocada por el hado, carece de sentido; aunque precisamente, esa existencia vacía, sea la que justifique los amores de Virgilia y Blas, pues doña Plácida, en la historia, es la alcahueta de ambos, es una especie de Celestina. Y esto ocurre en más de una escena de más de un libro de Machado de Assis, se demuestra lo vacío de las causas y de las consecuencias de esas causas. Del amor entre Blas Cubas y Virgilia no quedará el polvo enamorado de Quevedo, simplemente no quedará polvo. 
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El absurdo del Sino en la obra de Machado que piensa el joven que leía Quincas Borba y tomaba café de olla una noche, se pone de manifiesto en el Humanitismo de Borba. Para el filósofo, un negro africano nació justamente para ser venido como esclavo, atravesar en un difícil viaje el Atlántico, resistir enfermedades, sobrevivir la pesada vida que la humanidad le ha deparado, para llegar a Brasil y trabajar alimentando pollos, y un pollo en específico, aquel Pollo que Quincas Borba devora en el momento de la reflexión. Qué genialidad la de Machado, el absurdo del destino está cifrado en un pollo cocido. 
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De esto, el joven que de niño viajó por carretera saca una conclusión igual de absurda: que los amores de Virgilia y Blas Cubas carecen de Sentido, aunque sin esos amores, parte central de la novela, la novela no existiría y por tanto él jamás la habría leído; así, no habría hecho una filiación directa o indirecta entre el olor del café, el estado de Hidalgo, los viajes en carretera, y un libro ilusorio. 
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La otra observación que debe ocupar al lector de este texto, la de la música, es más mía que del joven que de niño viajó por carretera. Y seguramente tiene que ver con las causas –que no vienen a cuento– que provocaron que una de las manifestaciones artísticas más seductoras a mi entender sea la música. Una lectura quisquillosa de alguien que disfruta de la música, lo lleva a preguntarse por qué hay momentos de las narraciones de Machado en los que las melodías aparecen con tanta insistencia, y qué tienen de común esos momentos entre sí. En Memorial de Aires, última novela registrada de Machado de Assis, Fidelia, viuda de Noroña, entre otras muchas cualidades personales encantadoras, posee la de tocar maravillosamente el piano. ¿Qué tiene esto de importante en la novela? Que la novela gira en torno a ella, a Fidelia, y en torno también a la, aparentemente inexpugnable, muralla que representan el luto y el recuerdo guardados motu propio a su amadísimo y difunto esposo, Noroña. Fidelia, viuda de un exitoso médico, no ha tenido la mínima intención de volver a contraer nupcias hasta que aparece en la lontananza, en una embarcación que llega de Portugal, Tristán, un joven talentoso, galante, triunfador, educado y rico. Al final de la novela, ella y Tristán contraen matrimonio y alcanzan la felicidad. ¿Cuál elemento fue el fundamental para que la viuda se decidiera a dar el gran paso de enterrar definitivamente a su muerto? Lector, adivinas bien si piensas que entre las múltiples cualidades y bonanzas de Tristán, estaba la de tocar el piano tan maravillosamente como la viuda de Noroña. 
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El anuncio de lo fatal está también en la música. Hace unas cuantas líneas mencioné brevemente la trama del cuento en que un joven vanidoso busca el amor incondicional de dos mujeres. Lo cierto es que el joven vanidoso, que escribió Machado de Assis, no lleva hasta el último extremo su “maldad” sin antes haber intentado detenerla. En algún punto de la narración, Eduardo, así se llama el joven bígamo, piensa que no es mala idea terminar una de las dos relaciones amorosas que sostiene, pero cuando está frente a la mujer se ve imposibilitado para hacerlo. Ella lo cautiva con su hermosa voz –acompañada por sus propias manos al piano– que pronuncia las palabras de una bella Aria en francés: 
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Fai peur de croite em toi.
Paurtant, malgré moi-même,
Ah! Je le sens, je t´aime,
Toi, toi.
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En ese mismo cuento, el momento en que las dos mujeres engañadas descubren la dolorosa mentira, ocurre en un baile –uno de esos bailes que podrían bien celebrarse en la noche imperial del 5 de noviembre de 1875 en que Pestana se sentó a su piano para tocar una sonata de Beethoven. En el baile, a una de las dos señoritas le piden que entone una bella canción acompañada al piano. Ambas se encierran en el tocador para prepararse, y ahí, gracias a las confidencias y familiaridades que sólo el tocador femenino confiere, se enteran del engaño de Eduardo, el joven vanidoso.  
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Hay muchas referencias a la música en los cuentos de machado de Assis, pero la que es más importante, y es más que una referencia, es el desarrollo de la trama de Un hombre célebre, aquel cuento del músico frustrado. Hay un detalle primordial que hasta este momento ha permanecido oculto en este texto: en el cuento, Pestana, el célebre compositor de Polcas, contrae matrimonio con una mujer que también es versada en música. El cariño que él le profiere es sincero. Es en el tiempo en que convive con ella, en que se sientan al piano a tocar juntos, que Pestana siente las miradas de esos genios musicales –Cimarosa, Mozart, Beethoven, Gluk, Bach, Schumann– como menos pesadas, como inspiradoras incluso. Es en ese tiempo en que Pestana está tranquilo y puede trabajar en la composición de una pieza que le dará un lugar en la historia, junto a esos grandes que lo miran. Pero también es el tiempo en que la estupidez que produce el amor, la alienación mental, se manifiesta con más fuerza. Cuando Pestana llama a su mujer para mostrarle los avances del nocturno que componía, se pone a tocar la pieza frente a ella sin advertirle el nombre del autor; de pronto detiene la ejecución en medio de algún compás y la mira interrogativamente. Ella le pregunta si lo que está tocando no es de Chopin; esta frase que podría parecer un halago, en realidad no lo es, pues ella no está comparando la música de su marido con la de Chopin, como él tanto desearía, sino que lo está afirmando. Para comprobarlo, Ana, así se llama la esposa de Pestana, el músico, se sienta al piano y termina la ejecución. Efectivamente, era una pieza de Chopin. La ilusión que el amor había despertado en Pestana lo privó de razón y lo llevó al ridículo extremo de creer suya una composición del genio polaco. El amor es el que provoca la desdicha del música, el amor destruye las últimas ilusiones de Pestana, y las destruye dos veces; pues una vez que el amor ha actuado en favor del desengaño no tiene más lugar en la historia del músico, por eso Ana, su esposa, muere. Digo que el desencanto producido por el amor es doble, pues después de desengañarlo, lo hace ilusionarse una vez más en componer un digno réquiem para honrar la memoria de su esposa en el primer aniversario luctuoso. Pestana fracasa nuevamente en su intento. El amor lo hace sanar, lo hace desengañarse, lo hace ilusionarse, sólo para desengañarlo de nuevo, como debieran ser las enfermedades que atacarán a Doña Plácida según las ironías de Blas Cubas. Después de todo esto: después del absurdo del amor, y de la pequeña locura producida por el mismo en el músico, viene un desencanto de los más grandes, sino es que el más grande, que un personaje de Machado de Assis ha sentido: el que produce el peso del arte y del destino.

jueves, diciembre 11, 2008

Por el nautilo

Pues bien, doctos escuchas, antes de aburrirlos con mis verdades de Perogrullo, y antes aún de que las moléculas, las unidades mínimas indivisibles, de las cervezas que están ustedes bebiendo los derriben como los liliputienses a Gulliver, antes de que caigan rendidos y beodos sobre las botanas que los miran ruborizadas desde sus mesas, y antes de que tengan siquiera tiempo de preguntarme qué les voy a contar, les voy a contar algo.
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-Momento, momento, ya nos hablaste de Cora toda la tarde, haces que me de envidia.
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Y lo haré toda la noche, doctos señores. No se trata de una grosera imposición, sino del deseo puro de externar mis más extrañas emociones ante ustedes, camaradas, colegas intachables, personajes conspicuos y complejos, dignos de Crimen y Castigo. Porque en ustedes confío con los ojos cerrados, porque sé que hallaré en ustedes el consuelo que tanto anhelo, y porque como están las aguas de estos días que me han llevado a inseguros puertos, -aunque navegables- si prestos y dispuestos están a conocerme, preciso es que conozcan a esa despeinada. Recuerden que las niñas y los borrachos dicen siempre la verdad. Ciertamente no soy niña y nunca lo fui, pero ciertamente es que me encuentro en la misma barca que ustedes, ilustres, soberanos escuchas, navegando sobre las negras aguas de la Estigia, sobre las etílicas aguas de la Estigia, y, como ustedes, espero tocar con buen fin, como lo hiciera Dante, las puertas de la Ciudad de Dite. ¡Pero no me miren así, compañeros!, el gesto es feo, yo sólo me estoy refiriendo a la sobriedad; es decir, como ustedes estoy borracho y deseo llegar con bien a la sobriedad, y estoy diciendo sólo la verdad, porque no seré niña, pero sí un beodo, cómo no. Salud, por Dante, por Dite, y por los despeinados y despeinadas del mundo, que encuentren la fuerza para no sucumbir nunca ante el peine.
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-Salud
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-Salud por eso y por todo, maldita sea.
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-Tremendo, tremendo, eres un poeta. Yo sí quiero escucharte, cuéntanos ya. Salud.
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Gracias, compañero, ¡gracias!, seguramente tú sí sabes aquello que dice Nervo, nuestro ínclito bardo, intachable humanista, una barbaridad de persona ¿Y bregar para esto tres años?
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-¿Qué es bregar?
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Elemental, querido amigo, bregar significa luchar.
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-Oh, ya veo, clarísimo ¿Y has luchado con ella?
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¿Qué si he luchado?, mejor será preguntarme si ella ha luchado, no conmigo, sino contra mí ¡Cada vez que la veo! Deberían ustedes estar presentes, amigos míos, y ver con qué determinación arremete esa mujer, es una fiera. Es, digamos, una María Félix sin contrato filmográfico, qué mujer. La última pelea casi me deja sin palabras. Esto porque le di mi palabra de que yo respondía por los dos.
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-¿Y por qué responderías?
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Por los dos.
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-Ah.
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-¿Cómo se pelean?
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Uy, no quieren ustedes saber, créanme… pero ya que insisten, les contaré. Casi siempre es una lucha a muerte, señores, casi siempre. Si alguno de ustedes me viera con ella un lunes, y no me reconociera, seguramente llegaría el martes a su trabajo y escribiría un gran letrero Ayer vi a un hombre pelear con una mujer por amor, y luego, seguramente agregaría, Eran el atrida Menelao, y la bella sin par Helena.
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-¡A mí ese Meneito me la pela tres veces! Como quien dice, me lo paso por el arco del triunfo tres veces seguidas.
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-¡Cállate, impertinente, está contando!
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No se preocupen por el exabrupto, caballeros, seguramente son las sombras del alcohol ¿En qué estaba?... ¡ah sí! Retomo el hilo negro de la correcta conversación, develo el sentido oculto y negruzco y pardo y blanco de las precisas palabras; es decir, sigo con mi relato, pues… Ella cree que es un abrazo, pero en realidad la ataco sin piedad, la amarro fuertemente con los brazos, los ojos cerrados, y sin soltarla, como una estatua que espera. Y cuando le pido uno de esos, un quico, o ella, encantadora como nunca, me ofrece un tímido beso en la mejilla, la engaño. La engaño suciamente, camaradas, porque cuando me besa, no en la boca sino en la mejilla o en cualquier otra parte que no es la boca, lo que esa mujer no sabe es que me está besando la boca, porque yo tengo muchas bocas.
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-¡No!
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¡Sí!
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-¡No!
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-¡Bárbaro!
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-¡Tremendo!
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¡Sí!, concurro, compañeros, es de bárbaros tener muchas bocas y ni una lengua culta. ¡¿Por qué, Dios, por qué no nací heleno o latino?! ¿Por qué no aromó mi boca la lengua del divino Adriano, del dilecto Cicerón, o la otra lengua, la del docto Catón? En fin… lo que esa mujer no sabe es que cuando me besa, por ejemplo el pelo, me besa la boca que tengo en el pelo, y no en todo el pelo, señores, ¡no!, sino en cada uno de los pelos de mi pelo; me besa también los ojosbocas, la narizboca, la mejillaboca, y así sus besos tienen siempre ese efecto asesino, matón, bárbaro, y es así para que no se me olvide nunca cómo saben sus besos bárbaros; así es como siempre, aunque no quiera, la adoro, de ad orus, oris, latín básico y elemental –la diferencia entre sus besos bárbaros y mis bocas bárbaras, es que sus besos no necesitan una lengua culta, más bien sus besos harían balbucear a cualquier cultohablante. Así que me da muchos besos en muchas bocas cuando la abrazo como estatua que espera.
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-¿A quién espera?
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El guerrero estatuado espera a la paloma, naturalmente. A que venga a posarse sobre ellos mientras él la retiene a ella ahí, como Menelao a Helena, para que Helena no se fugue y así Menelao no acabe en tierras extrañas, extrañándola, porque Grecia, Esparta para ser precisos está donde Helena, por eso el hijo de Atreo está en Grecia, en Esparta para ser precisos, aunque esté en Troya, o en el mar Jónico, o en Lacedemonia, o incluso en la prometida Ítaca, no importa, Menelao con Helena siempre está en Esparta, ¿Se dan cuenta?
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-Sí, bárbaro ese Menealo.
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¡Bárbaro no!, ¡Bárbaro mis calcetines, camaradas! Más bien cultohablante.
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-Sí, salud por Menelao.
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-Por Menelao
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-Yo ya dije que a ese Meneado me lo paso por el arco del triunfo cinco veces seguidas. A mí, ese culto me hace lo que el viento a Juárez.
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Pero, a todo esto, yo les iba a contar algo.
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-¡Cierto!, ¿qué era?
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Que la despeinada se nombra con sinestesias.
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-¡Cómo! ¿Está enferma?
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-No, no, para nada, compañeros, me refiero a que esa mujer se nombra con una mezcla de sentidos.
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-¡Oh!
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Lo noté apenas ayer madrugada, después de ser traicionado por la más puta de las putas: la literatura. Acababa yo de ser traicionado por un libro pinche, y estaba descorazonado. Empecé a buscar consuelo en la otra gran puta, la putísima. No se asusten, compañeros, me refiero a la música. Escuché varias piezas cuando de pronto, y sin previo aviso, llegó la anagnórisis, la metempsicosis platónica, el descubrimiento amoroso. Así es, amigos, así es, la música tiene perfume de mujer, cuerpo de mujer, cabello de mujer, y, adivinen qué, ¡ese cabello no está peinado!
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-¡No es verdad!
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¡Oh, sí que es verdad!, sí que lo es, amigos. Pero no desesperen, ínclitos camaradas, no toda la música está despeinada, sólo una pieza, o dos, o tres.
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-¡Ah, menos mal!
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-¡Sí, menos mal!
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-¡Sí, menos mal!, ¿pero qué pieza es?
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Muy fácil, Claro de luna de Debussy.
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-¡Oh, yo la conozco y nunca he podido entenderla!
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Compañero, eso es porque no conoces a Cora; pero déjame contarte, a ver si logro explicar el sentido de la pieza. Como he dicho ya, esa puta, la literatura que tantos placeres me ha dado, traicionóme la otra noche. Erato me dejó por otro, tal vez, quiero creer, más jodido que yo; la inspiración se fue, no hubo más literatura; es decir, la pesada hipótesis de un trabajo escolar pesó tanto que se derrumbó sobre sí misma, se mostro endeble, irreconstruible, la literatura que conseguí no la pudo sostener y desde sus ruinas se burló de mí. Imposibilitado para construir otra hipótesis, me dediqué a buscar la tranquilidad y la resignación en esa otra puta generosa, que, esa sí, nunca me abandona: la música. La cuarta pieza fue una sinapsis neuronal inmediata. Claro de Luna, del maravilloso Debussy me sonó a algo muy conocido, pero ya conocía la pieza de memoria, entonces lo que sonó muy conocido en esa música no era su música, o las músicas que componen su música, sino otras cosas. Cierto olor, cierta forma, cierta excitación extrínseca, digamos. Nunca había yo reparado en que esa pieza tenía nombre: Cora.
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-¿No que era Claro de luna?
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Pero qué descuido tan grande, tienes razón, ¡cómo he podido! Claro que se llama Claro de Luna… entonces digamos que Cora es su subtítulo.
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-Ándale, así ya tiene lógica esta plática, ya me está gustando.
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-A mí también.
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-¿Y luego?
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Pues pasó lo que tenía que pasar; es decir, nada; es decir, nació la relación entre ambas, entre la despeinada y la pieza. Es decir que claramente la despeinada tiene pestañas longas de aguacero, de contrapunteo en el arabesco uno de Debussy, sus pestañas llueven con notas de agua, con gotas musicales hacia abajo. ¡Uno se da cuenta en seguida! Es clarísimo, véanle las pestañas en esta foto que le tomé con los ojos y díganme, ¿no es claro que el acorde que sus pestañas dibujan sobre este pentagrama imaginario que trazo ahora mismo con mis dedos corresponde con el de Debussy? Y escúchenla en esta grabación de su voz por casualidad traigo en cuatro neuronas y una grabadora portátil; escúchenla de nuevo; una vez más, porque me gusta mucho ¿La oyeron ya? Bien, dejen escucharla nuevamente ¿A poco no es clarísimo que su risa es como un intervalo de séptima cuyas notas accidentadas que se han desplazado un semitono hacia arriba o hacia abajo no terminan de ponerse de acuerdo nunca en la persecución endemoniada de corcheas por los escalonados arpegios de la partitura del Claro de luna?, y eso porque no todas las notas que hay en un intervalo de séptima tiene semitonos hacia arriba, como el bajo Mi, o semitonos hacia abajo, como el alto Fa, ¿no lo notan? ¿No es acaso clarísimo que todo esto parece los ojos de un hermoso nautilo?
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-Sí, clarísimo.
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-Sí, caray, clarísimo. Salud.
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-Salud por la sinestesia.
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-Sí, salud por la anestesia.
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-¿Qué no era Anastasia?
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Salud.
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-Salud por el nautilo. ¿Qué es un nautilo?

martes, octubre 21, 2008

En la sala de conciertos (infamia)

La inmensa variedad del mundo estaba,
según él, contenida en esas manos
tutelares; Herbert Von Karajan
empuñó, el instante anterior, en los puños la nada
y al abrirlos
fluyó la energía artista
para que la caja rítmica aboliera
el arrogante silencio de la sala.
Había comenzado el Bolero con sus duplicaciones.
Luego él decía:
¿Escuchas la altura del fagot?,
¿la escuchas?
Es como los ojos de un nautilo,
pero con párpados y pestañas
mrando la alborada.
Y cuando decía cosas
así
realmente no se le podía entender.

sábado, octubre 04, 2008

El comedor (la increíble historia de un escolar descalabrado y levemente culto)

A Carolina Aquino, con el cariño inicial.
Por esa curiosa sinalefa, casi poesía,
entre nombre y apellido; por la breve
impertinencia en el decir las cosas,
por esa cualidad de afeminar lo que mira,
y porque el signo de sagitario es tan, pero tan raro…
Celebremos eso y todo lo demás mientras vivos somos.
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“Es vieja regla, creo yo, o empieza a ser nueva,
que sólo se hace bien lo que se hace con amor”
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-Joaquim Maria Machado de Assis
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Verba volant scripta manent. Mariano descubre en algún poeta amoroso lo necesario para hacerse desear por ella. Se trata de convencerla más bien, de propinarle un discreto empujón para que ose admitirlo en un lugar sentimental reservado (una vez ahí dentro, lo demás dependerá enteramente de él). Lograr el Pathos, según la Retórica de Aristóteles: afectarla a ella, su jurado, a través de los sentimientos humanos. Manifestarse así como es. En otras palabras, practicar la patética filosofía del descalabro que más que filosofía es una escuela que responde a necesidades específicas. El panorama de la modernidad es infame, por eso el deber del amante impertinente es entregarse al juego (en el más grave y delicioso de sus sentidos) del amor, ya no en pos de la verdad sino de lo auténtico, la entrega sin freno, el derramamiento absoluto del ser. Toda una escuela de la que él se asume adepto. Como todo buen seguidor de la Escuela del Descalabro es harto observador en sus intentos; no se fía de las primeras vistas, ni de las segundas. Sopesa posibilidades antes de decidirse a entablar conversación con la dama, y una vez entablada, juzga el resultado de la misma. Su juicio calculador lo aleja de temores y de inseguridades; no teme ni desconfía porque sabe que el cálculo es ya una manifestación natural del espíritu previsor. Pero una vez pasada la etapa de análisis escrupuloso llega el segundo momento, el que vale la pena. Cultivado el deseo, no tiene empacho en mostrarse tal y como es ante el objeto de su aspiración, para seguirlo casi con los ojos cerrados, o diría Mariano, de prestado, seguirlo con los ojos abiertos en la tiniebla helada, por ver mejor el rostro de la mujer amada; se trata de un salto en caída libre cuyo fin es la empatía manifiesta. Claro que corre el riesgo de descalabrarse en el intento, de ahí el jocoso nombre de la institución. En este sentido se asume como un ínclito, magnánimo Héctor de refulgente armadura, de hopo de crines tremolantes, fulgentes sobre el yelmo; matador de hombres, domador de caballos, temible en la guerra, metedor de miedos, pero desnudo cual el más desnudo cuando de Andrómaca se trata. Para Mariano lo que realmente importa es el deseo porque por el deseo se empieza. Lo importante es el deseo. Lo único que nace y muere es el deseo. En el antiguo juego entre el borde de la. tierra y el mar hay deseo. La propensión de las sociedades hacia el desarrollo es expresión del deseo. La gravedad: deseo. La profanación de Troya entera es un bello deseo que se ha repetido, más o menos, en la historia de occidente en cada mujer que ha querido negarse y no a su enamorado pertinaz. El deseo mismo se sostiene sobre la base del deseo. Es normal que en la más simple individualidad, como la suya, el deseo lo rija todo.
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Mariano descubre en algún poeta amoroso lo necesario para hacerse desear por ella. Por eso es tan importante conocer bien la obra del bardo, aprender los pasajes de El poeta es un acto amoroso; porque el fin de esos pasajes es el mismo puerto que el loco Mariano divisa. Mujer mendiga pródiga puerto del loco Ulises Se repite de tarde en tarde, cuando la mira mirarlo o cuando en un caminar que resuena en los pasillos de la escuela, adivina primero, luego advierte con beneplácito sus pasos, de aula en aula, por los recovecos del edificio gris y frío, y anhela saciar ese deseo tremendo que le anega el pecho y la mente. Entonces todo él es un acto amoroso, un Leandro que más que nadar, navega a través del Helesponto siguiendo el faro, Rubio pastor de barcas pescadoras. Mariano no se fía solamente de la sabiduría de El poeta; ha alcanzado el segundo estado del potencial amante descalabrado. Se ha lanzado al vacío, ella parece querer corresponderlo, seguirlo incluso, él se fía de ella El corazón al corazón se fía le dice él de vez en vez. Por eso justifica su imprudente acto, el que planea. Mariano nunca ha sido considerado un sujeto del todo normal; especialmente porque su temprana propensión hacia las letras conllevó el consabido aislamiento del ser que adolece de todo y que en la Escuela Secundaria se esconde detrás de un libro, y comienza a pensar en las muchachas y a teorizar sobre el amor en vez de hablar con las muchachas y buscar algo parecido al amor. Cuando Mariano piensa en eso, piensa en realidad que ha sido presa de un estúpido lugar común en el que no cabe el Otro; el que es como él. Pero no es eso lo anormal en Mariano, sino una característica vergonzosa e increíble de su método de aprendizaje. Una mera cuestión pedagógica. Cuando Mariano contaba con quince años y con un porte miedoso y callado, descubrió el deseo de compañía en una hermosa muchacha apenas menor que él; con esa mujer, sin que ella lo supiera, Mariano comenzó a aprender el arduo camino del amor y del deseo. La miraba todos los días de todas las semanas, salvo los días festivos y los fines de semana –larguísimas jornadas-, y cada que la veía caminar por ahí, por allá, cuándo coqueta, cuándo natural, sentía un enorme vacío en el estómago y no era hambre; luego se volvió una sensación de vacío en todo él. Él era el vacío, él era entonces el hambre y no le hombre. Y el hambre era la renunciación al deseo, la declinación antes del vuelo, pero también la seguridad, porque Mariano no habría soportado el rechazo inminente de la fémina. De todas formas, una tarde, por razones desconocidas, se tragó sus palabras y resolvió decir todo, hasta el detalle más vergonzante; después se arrepintió, pero no lo suficiente. Pensó entonces en decir las cosas a través de alguien más y copió literal un texto que podía explicarlo mejor que él:
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Ésta te conviene, la dama de pensamientos. No hace falta consentimiento ni cortejo alguno. Sólo, de vez en cuando, una atenta y encendida contemplación.
Toma una masa homogénea y deslumbrante, una mujer cualquiera (de preferencia joven y bella), y alójala en tu cabeza. No la oigas hablar. En todo caso, traduce los rumores de su boca en un lenguaje cabalístico donde la sandez y el despropósito se ajusten a la melodía de las esferas.
Si en las horas más agudas de tu recreación solitaria te parece imprescindible la colaboración de su persona, no te des por vencido. Su recuerdo imperioso te conducirá amablemente de la mano a uno de esos rincones infantiles en que te aguarda, sonriendo malicioso, su fantasma condescendiente y trémulo.
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El espanto lo asaltó antes de que la muchacha leyera. Próximo a ella, guardó la nota en la bolsa de su camisa. Por desgracia, y este es el momento en que la vida de Mariano dio un giro radical, uno de los compañeros descubrió el acto de legítima defensa y provocó una avalancha de conjeturas. Todos se arremolinaron alrededor de Mariano y comenzaron las burlas acerca de su probable “carta de amor”. Mariano jurará toda la vida que se defendió lo mejor que pudo, aunque los colores marcados de su rostro reforzaran la hipótesis popular. Ningún adulto parece recordar la crueldad que cabe en un grupo de adolescentes que adolecen de todo, especialmente de compasión y comprensión. Por eso ningún adulto podría haber justificado el acto idiota de Mariano. Cuando más burlas e improperios recibía y se sentía más acorralado, alguna voz valiente sugirió quitarle la carta y leerla en alta voz, como si fuera un asunto del ágora. Fue entonces que Mariano, sabedor de que no podría contradecir a la iracunda turba de menores casi barbados, papel en mano, y sumergido en la más profunda estupidez en que podía ampararse, resolvió que el único camino posible para aspirar a mantener sus sentimientos seguros, era romper el papel y comérselo. Que no quede huella, dijo. Tomo el papel doblado y roto, y lo engulló en dos bolos remojados con su saliva y dos grandes tragos de agua que cargaba en una botella, cual lo más natural. Las risotadas fueron generales: esa tarde se tragó las palabras de alguien más. Aún no sabe si hizo bien o hizo mal, pero sabe desde entonces que las letras entran por el estómago, con saliva y no con sangre.
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Mariano intentó olvidar, pero no pudo. Esa noche comenzó a vomitar vocablos. De pronto sintió, mientras atendía labores escolares en la sala, cómo desde algún lugar muy interior venían en alud las palabras palabra tras palabra. Primero fue una manifestación muy física, un bienestar somatizado. Realizaba operaciones aritméticas cuando a un lado de sus padres dejó escapar un Ésta te conviene, amenazante, para su propio asombro. ¿Qué me conviene? Replicó su madre desde el sillón, tal vez ofendida, tal vez amenazada. ¡La dama de pensamientos! Dijo él, casi en un grito y se tapó la boca con ambas manos. Su padre intervino, ¿De qué hablas? Mariano quiso contestar que de nada, pero sólo atinó a decir Una mujer cualquiera (de preferencia joven y bella). Corrió a su recamara y se encerró. Una por una las palabras del texto no aprendido pero sí engullido le salieron en fila; en cuestión de minutos era capaz de repetir el párrafo de la primera a la última palabra, íntegramente, sin hacer el menor esfuerzo. Lo conocía a la perfección y sólo lo había leído dos veces; la vez que lo encontró y la vez que lo transcribió y deglutió, no más. Le costó controlar la emisión del texto, pero poco a poco la verborrea atinada cesó y él perdió el conocimiento. Y así fue. A partir de esa noche comenzó el que sería a la larga su más marcado signo de rareza: comer papel. En dos semanas había memorizado los cantares del Altazor, una buena cantidad de odas de Las odas elementales, y muchos más poemas latinoamericanos. Después vinieron los autores clásicos. Nunca engulló completas obras esenciales como La Ilíada y La Odisea, porque en esos casos no sólo se trataba de obras esenciales, sino monumentales. ¿Quién pudiera felizmente tragar las 1200 páginas de Nuestro Señor Don Quijote, y no morir en el intento? En cambio se dedicó a leer lo que encontraba, y de aquello que podía llamar “lo mejor”, hacer una copia de puño y letra en un trozo pequeño de papel para comerla en el anonimato más absoluto. En el baño por ejemplo. Un día se dio cuenta de que bastaba que en el papel estuviera escrito con letra apretada y difusa cualquier pasaje para que él se pudiera apropiar del contenido. También se dio cuenta, muy pronto, de que prefería leer libros que comer libros, aunque antes aprendió a distinguir algo que jamás creyó que distinguiría: los distintos sabores de los distintos tipos de papeles; siempre prefirió el papel biblia, por ser el más fácil de digerir y tragar, y porque algo en su nombre le sugería salvación. Pero no sólo comía papel, técnicamente podía escribir en diversas superficies, así, por ejemplo, una vez escribió en la superficie de un pastelillo dulce, con una aguja y con letras apretadas la siguiente octava: Duerme, y vela el pastor enamorado/ En casto lecho, que respira olores, / Mostrando el Corazón todo llagado/ A saetas de su esposa por amores:/ Pide en lamentos, como desmallado/ Fomento de manzanas, y de flores;/ O alma! que sus lamentos ya percibes,/ Si no mueres de Amor, para qué vives? Llegó incluso a escribir en el pétalo más bello de un tulipán tres palabras encantadoras que encontró en el reverso de un 11 de agosto arrancado del calendario de su casa, y que luego se comió en el baño. Pero no siempre disponía de las bondades de los tersos pasteles o los coloridos tulipanes, y así se acostumbró a hacer apuntes muy apretados que cabían en trozos pequeños de papel fáciles de digerir. La única regla y freno que Mariano le puso a su inusitado prodigio fue la de no comer jamás hojas que vinieran directamente del libro. Comer libros, así, como suena, le parecía un acto monstruoso; casi canibalismo.
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Pero hasta los principios más perennes se sacuden o se abandonan según la filosofía del descalabro, y casi cualquier acto bárbaro es susceptible de tornarse en un acto de fe. Mariano descubre en algún poeta amoroso lo necesario para hacerse desear por ella. Por eso es tan importante conocer bien la obra del bardo, aprender los pasajes de El poeta es un acto amoroso; por eso tiene que robar la obra completa de El poeta, porque es cara y porque se la va a comer y no estaría dispuesto a pagar tanto por una comida. Es imposible transcribir el texto completo, pero al menos hará el intento de tragarlo, o se retirará derrotado y con indigestión. Porque robar libros es robar amor, se dijo solemne, y entró en la librería y en materia. ¿Y cómo caza un cazador? Fácil, como las flores del campo con que los vecinos regaron tu ataúd, tía Chofi, se animó Mariano. La librería era más que conocida; se movía a partir de ya en su elemento. De pisos blancos, pero no resbalosos, que facilitan la escapatoria veloz, en caso de tener que escapar velozmente, y que casi garantizan el éxito; de libreros bajos todos ellos, excepto los de las paredes. Con los baños en la planta alta, la cafetería junto a la caja, frente a la entrada, tras los sillones. La colección de Poesía Hispanoamericana con sus carísimos y lujosos ejemplares empastados y voluminosos, entre la pared del fondo y los mentados sillones, junto a las escaleras, bajo los baños, delante de los libreros de Psicología. Los policías en el vano de ingreso, siempre con ese mirar tan mentiroso y camuflado. Los ávidos lectores entre la cafetería y los sillones. Mariano tenía todo calculado; la mejor hora era esa hora, la gente salía de sus trabajos y pasaba a la librería por cumplir con el ritual del café de los viernes, o del cultivo de la intelectualidad, curiosamente también en viernes de quincena. Y la tarde era justo como la imaginó tantas veces, y la soñó otras tantas y la quiso desde siempre: nublada, celeste, silente, como la calle antes del crimen. Todo perfecto y las acciones iban a comenzar. Mariano observó un rato. La gente cumplió sus predicciones y no paró de llegar; él, tranquilo y seguro tomó cualquier libro y lo abrió en cualquier página, se sentó en un sillón cualquiera y dejó que pasara el tiempo, mientras fingía leer (era un maestro en el arte de fingir una lectura absorbente). De vez en vez ojeó a su alrededor. En la paquetería los policías se amontonaban para atender a la gente que ingresaba o sacaba sus pertenencias; en el café, los vendedores de café no dejaban de vender café; entre los libros, los vendedores de libros no paraban de vender libros, y en la caja, los cobradores no dejaban de cobrarlos, y hacían su trabajo especialmente escrupulosos. De pronto el escenario estaba construido. Mariano se deslizó rápidamente por el pasillo y llego al área soñada, tomó entre sus manos ese libro, la tierra prometida en sueños, la Arcadia, la utopía, y lo deslizó al interior de su chamarra con la naturalidad del mendigo; en la bolsa interior de su chamarra lo guardó, irónicamente, a la altura del estómago, como anunciándole su próximo destino. La adorable infamia estaba perpetuada. Todavía se tomó el tiempo de subir las escaleras, entrar al baño, cerrar la puerta, y no sólo de despegar la calcomanía sensor del libro; sino de comer las primeras dos hojas y observar el resultado, vomitar vocablos –en silencio, ya había aprendido a hacerlo- y repetirlos, mojarse el cabello, silbar algún fragmento de Bruch, y decirle Buenas noches, que tenga buen fin de semana, al policía que vigilaba la entrada de la tienda con esa mirada tan mentirosa y camuflada. Ya en la calle, tomó el libro, lo acercó a su boca, como quien acerca el pan, y lo besó como quien besa la frente de la mujer querida, o como quien muerde la hostia. De aquí a acá, le dijo al libro y se tocó la zona abdominal; de aquí a acá, se dijo a sí mismo, y se pasó la mano del estómago al pecho, a la altura del corazón y todavía se permitió pensar en ella. Lo que no pensó fue que comer un libro era más difícil que leerlo; ¿quién iba a pensar en eso cuando el pensamiento era ocupado por una muchacha, o más bien por la Escuela del descalabro? Al fin el fin justifica casi todos los medios.
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Eran las once de la noche cuando Mariano, encerrado en su cuarto, rodeado de más libros, tomó aquél que era ya totalmente distinto a los otros. ¿Cómo hacer las cosas ahora? ¿Sería menester empezar a comerlo ya? Mariano tenía exactamente una semana para terminarlo completo, había quedado con la mujer en salir a un sitio lejano el siguiente viernes; la tarea era ardua, más de 500 páginas sin tomar en cuenta las páginas legales y las que están en blanco; y había un problema mayor todavía: las hojas estaban enceradas, eran más resistentes que las hojas de sus cuadernos, o las de papel biblia. Además no sabía si la tinta podía intoxicarlo. Sabía que no se había intoxicado antes, pero eso era porque la tinta de los bolígrafos comunes no era tóxica, además de que casi siempre usaba lápices. Esto no se trataba de un suicidio; para qué conocer la palabra de El poeta y luego llevársela a la tumba, qué tremendo desperdicio. Resolvió contabilizar y dividir… ¡casi 70 páginas por día para terminar completamente el libro en una semana! Más de treinta hojas diarias, era una locura insana. Pensó que el fin de semana podría ayudarlo a probar suerte y decidió esforzarse más para comer casi el doble de lo previsto en ese lapso breve de días. Quiso ser un Leandro y pensar en la dama cada que se sintiera desfallecer para esforzase lo posible. No estaba lo suficientemente cuerdo para darse cuenta de que un acto amoroso como ese, también era un acto de idiotez consumada; el otro acto idiota de su vida, y también tenía que ver con las letras. Comenzó la tarea. Tomó sus tijeras enormes y cortó las primeras diez hojas casi por los bordes de las letras. Se había prevenido y había comido apenas un par de frutas durante el día; llevaba ya más de un mes vigilando cuidadosamente su alimentación -para poder comer la obra del poea cuando fuera necesario- sin forzar a su estómago a digerir un tamaño milagro como el que tenía en las manos. Comenzó. Tomó las diez hojas y todavía se aseguró de que comería sólo el papel indispensable, el que estuviera impreso. Las cortó en pequeños cuadritos que mascó en grupos de cinco, primero, de diez después; le tomó 25 minutos y un litro de agua comer las diez primeras hojas. No sentía nada extraño pero al mirar las que le faltaban le llegó el primer vahído, como una última advertencia lanzada en medio de la estupidez. No hizo caso, Yo soy como el preclaro Héctor, carajo, se dijo y cortó otras diez hojas. Esa noche, no se lo explica, comió 85 hojas, casi el triple de lo necesario, y se sintió todavía entero. A las cuatro de la mañana decidió que no debía comer una hoja más. Constantemente le habían llegado del estómago a la memoria las palabras asimiladas. El vómito de vocablos, como él lo llamó desde la primera vez. Tuvo miedo de dormir, tuvo miedo de tener que despertarse súbitamente en medio de un vómito estentóreo que no fuera hecho de vocablos sino de hojas de papel. Tal vez tuvo miedo de morir. El sueño lo venció a las seis y le llenó la cabeza de sustantivos, verbos, verboides, adjetivos y participios. El ataque de los lingüistas. Un jurado con forma de libro le dijo a un juez con forma de libro que el acusado era culpable de comer libros “El comedor” gritaban y lo señalaban con el dedo de papiro. “Miren al comedor”. En el sueño las palabras venían de más adentro y le pasaban zumbando la cabeza por ambos lados; o bajaban párrafos en escalonada sucesión, como en una estrofa de cualquier poema de El poeta amoroso que le daría lo necesario para hacerse desear por ella. Cuando despertó de ese sueño aciago, a la una de la tarde, conocía muy bien las primeras páginas del poeta, las primeras palabras del mundo, las primeras palabras del mundo, las primeras palabras del mundo. Era casi un hombre nuevo. Físicamente estaba bien, el panorama era muy halagador y entonces recurrió gustoso a la segunda parte del plan. Tomó esa pequeña pastilla casi milagrosa que lo ayudaría en su trance. Tenía grandes planes para el futuro, no se trataría sólo de comer hojas, podía beberlas también; como toda buena dieta, la de comer libros debía ser variada para no aburrir al comensal, porque toda costumbre es casi pecaminosa. Pero antes de cambiar el método de ingestión necesitaba estar libre de culpas. Una vez aprendido el texto, la pesada carga de papel en su intestino estaba de más. Mariano, el comedor, tomó la pastilla cuyo efecto de aceite de higuereta lo liberó totalmente en cuatro o cinco turbias visitas al baño. Sus padres no estaban en casa y todo iba a pedir de boca. A las tres de la tarde comenzó con el siguiente experimento. Cortó diez hojas más y las dispuso en la licuadora con medio litro de agua; nada más fácil que molerlas y beberlas poco a poco, asegurándose de beber hasta la última gota, aunque el perturbado color que adquirió el agua con la tinta, le dio franca desconfianza. Los primeros tragos le produjeron arcadas, pero a las dos de la tarde no quedaba gota en la botella.
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A las tres decidió que si bien, el método del agua había resultado muy cómodo, el sabor amargo de la tinta comenzaba a amenazarlo con la posibilidad de amargarle la existencia, volverlo un ser amargo. Mariano le temía a la soledad y a la amargura, por solas y por amargas. Eso nunca, se advirtió, y decidió llevar más lejos aún su experimento, disfrazarlo. Después de lavar muy bien el vaso de la licuadora, cortó, ya animado, 35 hojas del libro para llegar así a 205 páginas ¡en sólo dos días! La excitación no se hacía esperar. Las cortó en pequeños cuadrados que luego introdujo en el vaso, y prosiguió con la receta. Recordaba de alguna noche infalible de verano de su infancia la imagen de su madre ante la licuadora, con un plátano y con un vaso de leche, y eso hizo. Calca fiel de su infiel memoria acompañó a las hojas con un plátano y más o menos tres cuartos de litro de leche, dos cucharadas de azúcar, un rollito de canela, cuatro hielos, y remató, presa de la locura del artista creativo, con algunas gotas de aromática vainilla. Era el plan perfecto. Entonces encendió la licuadora y hasta sintió que el ruido de las aspas que le preparaban la bebida de la sabiduría estaba acompasado con su silbido que recuperaba a Jean Pierre Rampal, o a cualquier sinfonía apocalíptica. La comparación no importa realmente.
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205 páginas en dos días y se sentía casi normal. Por la tarde del domingo le llegó un pequeño mareo pero lo atribuyó al difícil parto no asistido de vocablos. Y todavía se permitió comer una, otra, ésta, aquélla hoja aislada, y sin prisas. Ya casi noche comió, aunque sin hambre, otra cosa que no fueran páginas: avena, pan, fruta, leche, cosas con fibra. Estuvo tomando mucha agua antes de irse a dormir. Y sus sueños fueron completamente negros. El comedor había llevado la primera mitad de su empresa con absoluto éxito. Si todo en la vida fuera tan fácil como comer libros…, formuló la oración con retórica ensoberbecida antes de dormir, seguro de sí. El lunes salió temprano de la escuela y corrió a su casa sin avisar a nadie. En el trayecto notó lo difícil que le resultaba enfocar rostros lejanos y en su casa notó lo difícil que era la idea de comer una hoja más. Decidió que el gran adelanto del fin de semana bastaría para no tener que comer el lunes y dejar que su cuerpo reposara. El martes amaneció enfermo. Por la tarde lo internaron en un hospital. El jueves su madre lo miró con desconsuelo y le preguntó secamente ¿Has enloquecido? En tal situación absurda, y pensando en lo que el médico habría dicho: Señora, su hijo está intoxicado, ha comido papel impreso hasta ponerse al borde de la síncopa, Mariano acertó solamente a responder de memoria Es pues de saber, señora madre, que este sobredicho hidalgo, los ratos que estaba ocioso –que eran los más del año- se daba a leer libros de caballerías con tanta afición y gusto, que olvidó casi de todo punto el ejercicio de la caza, y aún la administración de su hacienda; Así como lo oyes, señora madre, Con estas razones perdía el pobre caballero el juicio. En vez de decir sin artificio alguno, Como libros madre, porque estoy enamorado. Su madre acertó a mirarlo preocupada y llorosa antes de salir de la habitación.
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El viernes amaneció mejor y entonces ocurrió algo que no pudo comprender. A las cuatro de la tarde subió a su habitación, quién sabe por qué amorosos designios, la mujer. La mujer causa de aquella enfermedad verboestomacal. Fue a visitarlo al lecho de parto. Él cerró la segunda mitad, la que le quedaba, del libro y la miró sobresaltado. Una tenue sonrisilla de ternura y compasión asomó en ella. Él entonces recordó la filosofía del descalabro, y la recibió gustoso con palabras tomadas de prestado, aquellas primeras palabras del mundo. He aquí que este es el primer día de la creación, y nada más importa, le dijo y la miró a los ojos. No entendió si el estremecimiento siguiente fueron las maripositas hondas de las que habla el poeta Juan Gelman que ella provocaba en su estómago, o la verdaderamente difícil y peligrosa digestión de El poeta.

jueves, octubre 02, 2008

VIERNES 26: Cojos frente al mar (mitificación)

¡Sí! Inmenso mar dotado de delirios,
piel de pantera, clámide horadada
por los mil y mil ídolos solares,
hidra absoluta, ebria de carne azul,
que te muerdes la cola destellante
en un tumulto símil al silencio.
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-Paul Valery
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J: G, consigue 250 pesos y vámonos al puerto.

G: Ya vas.

G consiguió 150 pesos y un abrazo de su abuela. Madre, le dijo a las cuatro de la mañana, me voy al Puerto, el camión sale a las siete. Por qué haces tantas tonterías juntas, preguntó ella, y luego, que te vaya muy bien, cuídate. Volvió a dormir y acaso habrá soñado con el mar de sus años mozos.

El reloj rojo anunció las cinco 45 de la mañana cuando se encontraron estos dos jocosos personajes. Luego del saludo cordial comenzó la plática.

J: Traje tres panes.

G: Ferpecto, yo traje atún, y libros.
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J: Sí, también libros.

El viaje sin desperfectos y a las tres y media de la tarde estaban en el Puerto. Y entonces llegó el primer gozoso encuentro. El golfo fue más que una bizarra formación cóncava en el mapa de Geografía Nacional. El golfo estaba ahí y era inmenso, inabarcable de barcos, inmenso, y hermoso –J dijo, cree o inventa G, ¡Madre del fermoso amor! o tal vez sería mejor ¡Madre del fermoso amar! Y si no lo dijo, debió decirlo, aunque fuera para él mismo-. El golfo estaba ahí y era inmenso, inabarcable de barcos, inmenso, y salado, por naturaleza y por supuesto, y por gracia divina. J y G se dieron cuenta de que bastaba con abrir la boca para que el aire fuera sabroso, para que el mar entrara por la boca sin mojarla; el aire sabía a sal, elemental. Si el mar entra por la boca sin mojarla, cual bondadoso alimento, luego entonces el mar está dentro de uno, y el mar es mucha cosa como para que uno lo digiera. En el Puerto el aire adquiere cuerpo y sabor y golpea los ojos y se refugia en los vellos de los brazos, en los cabellos del cabello, en forma cristalina y granulada; y uno es mar ya no sólo por dentro, porque lo ha comido, sino también por fuera, porque está envuelto en sensaciones de él Este era un rey que tenía/ un palacio de diamantes,/ una tienda hecha de día/ y un rebaño de elefantes,/ un kiosco de malaquita,/ un gran manto de mar/ y ninguna princesita, sirenita. Y todo por el mar; el mar adusto, ínclito, el bravo mar con viento bravo, tan bravo que hasta los pájaros tienen que caminar para no volar borrachos, de mar y viento. Quien piensa que la retórica del Flaco es muy mala, Aquellas palmeras borrachas, es porque nunca ha estado en el Puerto, o si ha estado, ha sido en calidad de enfermo de los ojos. Baste con decir que una palmera al son del viento baila más beodo que cualquier citadino bacante. G se incluye entre los citadinos bacantes que no saben bailar, G entiende en el puerto mucho mejor auquel verso que versa: pues uno no sabe bailar, y es triste. En el Puerto no sólo el aire se vuelve otro, también el hombre se vuelve otro; G, por ejemplo, a fuerza de mareas comenzó un extraño proceso de salinización, comenzó a volverse cada vez más estatua de sal y pensó que las sirenas no eran más que amorosas mujeres saladas y marinas, cosa que no es poca. A G le dio miedo volverse sirena, estatua salada, y dejó entonces la postura segura y desafiante que sostenía ante el mar, y qué pasó, pasó que el viento del mar le tiró los lentes y los rompió, advirtiendole algo, contra las piedras. No cabe la duda frente al mar, y G dudó. J dijo, ¡Creo que se rompieron! G sabía que estaban rotos, desde antes de que el viento se los llevara. G no pudo enojarse con el mar.
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En el Puerto todo adquiere dimensiones distintas. El mar está ahí, de alguna manera moviéndose en el mismo lugar, y es noble. Dice J que nada más noble que una ola que tiene su insospechado origen en algún movimiento marino, que viene de profundidades remotas y que se rompe contra la superficie de rocas; ¿y todo para qué? Para salarnos un poco nada más y volver humilde a su origen, Polvo eres y en polvo te convertiras, hermana agua. G dice que sí, G dice que sí a todo, porque G está pensativo, pensando, o haciendo que piensa en muchas otras cosas, medio enamorado el muchacho, y comparte la idea de la nobleza del mar, por eso cuando J dice, o G cree que J dice, G ya no sabe quién dice qué, o a lo mejor son cosas que G se dice solo en la cabeza, imitando el diálogo de una película reciente:

-Yo no sé, pero eso se me hace bien pinche noble.

G: Sí, bien pinche noble.

Y lo dice en serio. Y mira de nuevo el mar y recuerda aquellos versos que ahora cobran más sentido: No es agua ni arena la orilla del mar./ El agua sonora de espuma sencilla,/ el agua no puede formarse la orilla./ Y porque descanse en muelle lugar,/ no es agua ni arena la orilla del mar. G piensa que todo lo que uno escucha sobre el mar adquiere sentido cuando uno está frente al mar, y también muchas cosas ajenas al mar adquieren sentido frente a él. Hay norte en el sureste, en el Puerto y vienen las olas en carrera de treinta metros o más, acelerando, como avalancha en ciernes, luego no tan en ciernes, como avalancha de caballos raudos y chocan con la arena y con el rompeolas, pero ellas, tan altaneras, tan caballos raudos, saltan las prohibiciones y mojan las avenidas cercanas y mojan a J y a G, como advirtiendo que el mar se mira con respeto, cosa que los dos viajeros jocosos hacen, ni dudarlo cabe. Uno no va al puerto y espera que el mar sea la cosa más dulce; uno va al puerto y espera que el mar le diga cuestiones, le hable al caracol del oído. A veces funciona, el milagro opera, o uno cree, cuestión de fe, que el milagro opera, y el murmullo indescifrable se reconoce como una cuestión elemental. El hombre tiene en su ser una parte marina, aunque no sepa nadar. G ahora comprende que no saber nadar es un pecado grande, como no saber bailar. G se dice, Yo pecador, doblemente pecador.

G no sabe, G intuye que el mar es de veras noble, intrínsecamente bueno y recuerda una bizarra sentencia ¿Pretendes ser dichoso? Pues bien: sé como el agua;/ lleva cantando el traje de que el Señor te viste,/ y no estés triste nunca, que es pecado estar triste./ Deja que en ti se cumplan los fines de la vida:/ sé declive, no roca; transfórmate y anida. G se pregunta tres veces seguidas: ¿por qué no podemos ser todos así, como el camarada océano? Bien pinche nobles y bien pinche piadosos. Y si hay quien crea que G pronuncia tonterías grandes, cabe en G una disculpa, G es susceptible de decir tonterías; tiene al mar en frente. Y nada más, nada menos.

sábado, septiembre 13, 2008

Las perlas eritreas

Purpúreas rosas sobre Galatea
La Alba entre lilios cándidos deshoja:
Duda el Amor cuál más su color sea,
O púrpura nevada, o nieve roja.
De su frente la perla es, eritrea,
Émula vana. El ciego dios se enoja,
Y, condenado su esplendor, la deja
Pender en oro al nácar de su oreja.
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-Luis de Góngora.
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-¿Conoces la historia de las perlas eritreas? tus aretes las trajeron a cuento. No estoy seguro de recordarla del todo… mira, ahí tienes que en el principio de la cultura fue el hombre; en el principio de la cultura fue el hombre, y fue la pobreza, nacieron juntos. Aunque era una pobreza distinta; era entonces el inicio de la pobreza… es decir, la pobreza era una cosa parecida a la pobreza de hoy, pero definitivamente no era como hoy, no podía ser como hoy porque en el principio de la cultura no había tantos hombres y todos vivían o podían vivir más o menos igual; pobre era, en aquel entonces, una palabra borrosa todavía, comenzaba a formarse en las bocas de los inconformes, los primeros inconformes. Le faltaba mucho para llegar al diccionario, porque no había diccionarios aún, ni gente que los hiciera. Aunque ya había lengua, la vida era elemental y no hacían falta filólogos cobardes ni temibles lingüistas. Más bien había gente más útil o menos útil, en esos dos grandes rasgos se dividía a la masa; ni siquiera por hombre, mujer; niño, adulto; no, sólo eran personas más o menos útiles. Aunque no sé por qué se dividían así; en aquél tiempo nadie remuneraba el trabajo ni la producción porque cada quien trabajaba su tierra y consumía su producción. Con todo, había inconformes, los primeros inconformes, porque en el principio de la cultura los hombres tenían más o menos lo mismo, pero no tenían exactamente lo mismo. Ninguno vivía en la calle, o moría en la calle de hambre o frío, pero no todos vivían en chozas de dos pisos, o no todos podían comer carne como el pan de cada día; tampoco todos podían comer pan cada día… uno de estos hombres, de los que no tenían tantos bienes como los otros, tenía, en cambio, cuatro gallinas, un gallo, una casa, un burro y cuarenta y dos hijas. Alguno debía tener muchas hijas para que se pudiera poblar todo el mundo, y así lograr que la cultura se volviera Imperio. No era que las cuarenta y dos hijas fueran a poblar el mundo; los que iban a poblar todo el mundo iban a ser los hijos de las hijas, o tal vez los nietos… y no iban a ser los hijos o los nietos de las cuarenta y dos porque muchas habrán muerto antes de tener hijos. Yo calculo, y no me hagas mucho caso porque no soy antropólogo ni sé de historia de la salud o de estadísticas de mortandad, pero calculo que sólo la mitad habrá sobrevivido más de quince años, como pasaba en aquél entonces; porque en el principio de la cultura la gente moría muy joven. Por eso no debes pensar que el hombre del que te hablo era muy viejo. Cuentan los que cuentan que el hombre tenía treinta y dos años cuando ya habían nacido todas sus hijas y quién sabe cuántas habían muerto. Todas las hijas fueron de mujeres distintas, y cada madre se encargaba de cuidar a cada hija, así que tal vez el hombre no conoció a ninguna. Así fue que tuvo tantas parejas como hijas, imagínate; era así porque en el principio de la cultura no sólo estaba permitida la poligamia, sino que la monogamia estaba prácticamente prohibida; ¡y con razón! se trataba de reproducirse en serie; perdón, quise decir en serio. Te digo, poblar el mundo, para luego tener un Imperio. Pero del Imperio es mejor no hablar; no porque no sea importante, tal vez es más importante que el hombre del que te hablo, pero el hombre no alcanzó a ver el Imperio, ni sus nietos ni sus bisnietos, ni sus tataranietos alcanzaron a ver el Imperio. Si el hombre hubiera nacido en el Imperio, otra cosa sería.
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Yo iba a hablar de las perlas eritreas y no del Imperio, por eso es mejor no tocar el tema, porque aunque el Imperio sea más importante que el hombre, te digo que el hombre no alcanzó a verlo, pero sí vio las perlas, tal vez más que cualquier otro. Las perlas llegaron a la cultura cuando él era apenas un niño y el viento traía en las tardes los ecos de las palabras que pronunciaban, inventaban a las perlas. No traía las perlas, por desgracia para el hombre que era entonces un niño, porque las perlas desde siempre, desde antes de los inicios de la cultura, han sido más pesadas que las palabras que las pronuncian, por eso lo que llegaba eran los ecos de los primeros seres que las vieron. Los ecos decían cosas como “mira qué blancas son”, “mira lo brillantes que son”, “mira lo grandes que son”, “mira lo redondas que son”, “mira lo bien que me veo si me reflejo en ellas”, “mira lo bien que se ve todo cuando se refleja en ellas”, “míralas, míralas, parecen ojos de vaca”. Eso decían más o menos las voces. Y todas las tardes el hombre que te cuento, que era todavía un niño, se sentaba en el huerto y escuchaba los ecos que decían que las perlas no eran cosa de este mundo. Pero sí lo eran, eran perlas traídas de la Región Eritrea, del Mar rojo, aunque eso lo sabemos ahora que el Mar Rojo se llama Mar Rojo y la Región Eritrea se llama Región Eritrea, pero antes, en el principio de la cultura, no creo que haya sido así. Las llevó un navegante que estúpidamente las dejó olvidadas en una bolsita de mano, en la única casa de madera de la cultura. Mira, recuerda siempre que en el principio de la cultura fue el hombre junto con la pobreza, nacieron juntos y se desarrollaron paralelos. Aunque no podía llamársele pobreza como la llamamos hoy, te digo que sí existía cierta desigualdad. El niño, cuando ya fue hombre de treinta y dos años comprendió que la desigualdad que existía entre él y los demás hombres, que tenían muchas hijas para poblar el mundo y alcanzar el Imperio, era que él vivía en las afueras de la ciudad, que tampoco era una ciudad como la que conocemos ahora. No podía ser porque en ese tiempo la noción de ciudad tampoco existía (muchas palabras no existían porque no había diccionarios, recuerda), pero de alguna manera, sin conocer el concepto, aquél hombre debió entender que el hombre que vivía conglomerado con muchos otros hombres, con plazas con árboles y pasto cortados, y con pájaros cantores enjaulados; con perros que empezaban a querer a la gente en lugar de morderla; con hogares hechos de madera en lugar de paja, era diferente a él. Al hombre que te cuento poco le importaban las diferencias, salvo una: la noticia que escuchaba cada tarde, con la que creció desde muy niño: las perlas que no eran de este mundo ni de esa choza en la que vivía. Hay que decir que el hombre no sabía ni por accidente qué eran las perlas, la palabra no estaba registrada todavía, y él nunca había visto una perla, pero una vez mientras escuchaba los rumores que llegaban con el viento, pasó caminando un hombre con una vaca, y cuando le vio los ojos supo que las perlas debían ser hermosas, (y si la palabra perla ya se hubiera registrado en un diccionario, poco habría importado, porque no debes olvidar que en ese tiempo del inicio de la cultura sólo una o dos personas sabían leer. El hombre de treinta y dos años y muchas hijas no era de esas dos personas que sabían leer, ni escribir; ni sabía que podía llegar a saberlo; es decir, no le importaba en lo más mínimo aprender cosas inservibles, porque recuerda que los hombres antes vivían muy poco. Yo me imagino que el hombre de treinta y dos años pensaba que se moriría pronto. Muchísima gente pensaba así. Ésa es, tal vez, la razón por la que no había filólogos cobardes ni temibles lingüistas, y mucho menos diccionarios, porque no había tiempo para ser nada de eso. Todo eso se volvió importante mucho después, en tiempos del Imperio… pero no quiero hablar del Imperio ahora, porque no viene al caso. El hombre no conoció el Imperio, recuérdalo. Si el hombre hubiera vivido en el Imperio, las perlas eritreas no lo habrían cautivado como lo cautivaron, las perlas eritreas habrían sido como cualquier cosa). El hombre no sabía lo que era una perla, pero poco importaba, porque el viento y la vaca se habían encargado de contarle. A sus treinta y dos años partió rumbo a las perlas (para conocerlas antes de morir) seguro de que su vida cambiaría para siempre. Y realmente cuentan que no se equivocó.
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-Dicen que en lo que podría llamarse La ciudad había un templo de adoración. Pero en aquel albor de la cultura no existía todavía la religión. El agujero interior, la necesidad de explicaciones, existía, existió desde siempre en los hombres, pero en el principio de la cultura no existía aún una certeza concreta e intangible que lo llenara. Era muy pronto para que la gente se hubiera puesto de acuerdo en adoptar tal o cual religión; regirse por tal o cual regla. Por tal o cual dios, o grupo de dioses. Sabían solamente que en el principio de la cultura fue el hombre, y comenzaban a sospechar la pobreza. Claro que había intentos de llenar esos huecos, se comenzaban a formar pequeñas sectas de adoración a becerros, o a puercos, o a vacas; incluso había quien sostenía la teoría de que tal o cual árbol había engendrado el fruto de la primera semilla de donde germinó el primer hombre. Los hombres eran hijos primitivos de la tierra, igual que las plantas. Esta última creencia del origen vegetal estaba muy difundida, y lejos de lo que podemos llamar ciudad llegaban ecos, como los de las perlas; por eso es que casi todos los hombres se alimentaban mayormente de vegetales que de otra cosa. Los hombres primitivos comían carne, cierto, pero en cantidades mucho menores a las de ahora, y sólo de algunos animales, como borregos, vacas, o caballos viejos; a veces también de aves como la gallina, el pato, o el canario y el colibrí. No conocían todavía los avestruces, por ejemplo. En cambio nunca comían carne de animales como el jabalí o el cerdo, porque se trataba de animales salvajes y muy sucios, indignos; tampoco comían más carne de perro porque el perro se había vuelto familiar, o comenzaba a volverse familiar, como sus hijos y sus hijas, o sus hombres o sus mujeres. Pero la idea de que los hombres venían de la semilla de un árbol ya no era sostenible de todo a todo, y por eso mucha gente había empezado a mitificar el único objeto palpable que tenían cercano y que les seguía produciendo el asombro inicial: las perlas. Las perlas fueron el primer mito, tal vez el segundo ¡Vaya que las perlas eran importantes! Tan importantes que una tarde cualquiera de los albores de la cultura, los hombres primitivos decidieron erigir un pequeño edificio, algo así como un templo, para resguardarlas. Ese era el templo de adoración que te dije hace un momento. El hombre que te cuento llegó hasta ese templo, en la ciudad de la cultura en que todo era tan reciente que no pasaba de ser una hipótesis. La hipótesis de las perlas era que encantaban, y era cierta. Cuando el hombre las miró, durante muchas horas, días tal vez, pensó en todo su pasado y en todas las veces que había escuchado rumores sobre ellas. Todos los rumores eran mentira, porque todos los rumores le quedaban chicos a las perlas. Escuchar hablar de las perlas es distinto a mirar las perlas; decir cosas de las perlas y mirarlas al mismo tiempo no es tan distinto. Por eso el hombre dejó escapar las frases que se convertirían en ecos en el viento “mira qué blancas son”, “mira lo brillantes que son”, “mira lo grandes que son”, “mira lo redondas que son”, “mira lo bien que me veo si me reflejo en ellas”, “mira lo bien que se ve todo cuando se refleja en ellas”, “míralas, míralas, parecen ojos de vaca”. Dicen que cuando el hombre estuvo frente a las perlas recordó la infancia y la primera vaca; pensó también en todas las mujeres y todas las hijas, y sus gallinas, burro y pollo; y entonces el hombre sintió inconformidad. No quería volver de lo que podemos llamar La ciudad a su choza; y no era sólo que no quisiera, era que no podía. No podía volver sin mitigar el rencor en el hermoso reflejo de las perlas. Cuentan que por eso se las robó.
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-Y tal vez sin saberlo, esa tarde de los albores de la cultura, el hombre inventó la definición de envidia, y entonces la pobreza dejó de ser una hipótesis largamente amasada, y se convirtió en una realidad concreta. Las cosas, las palabras existen cuando se manifiestan; y en el hombre operó la envidia, se manifestó el deseo de robar la perla; satisfacer la carencia, eliminar la pobreza. Y cuando el hombre tuvo la perla por fin en su casa, no se sintió más solo. Y comprendió la definición de soledad y de satisfacción, y supo qué era exactamente lo que sentía cuando se juntaba con una mujer para procrear e irse luego. Cuentan que aquella tarde del robo fue una tarde fundacional, en que se pronunciaron las cosas que hasta antes sólo eran hipótesis largamente amasadas. Pensó que muchos hombres debieron sentir eso antes, y pensó que si los otros hombres se enteraban de que él tenía las perlas para él sólo, se sentirían muy enojados, y muy ofendidos, y muy inferiores, pobres. Por eso el hombre tuvo miedo y decidió esconderlas. Durante muchas noches y muchos días pensó en qué lugar, en qué amanecer, en qué momento de la tarde podría guardarlas. Hasta que una buena tarde decidió dejarlas en un sitio en que nadie buscaría: el lodo donde vivía la manada de cerdos. Eran un grupo de cerdos salvajes que habitaban muy cerca de su choza, dentro del bosque. Una tarde fue hasta allá y las metió en una bolsita que había confeccionado o que había encontrado por ahí. Escondió muy bien la bolsa entre el lodo y se sintió seguro. Todas las tardes iba al mismo lugar a buscar las perlas y a mirarlas largo rato. Los cerdos se acostumbraron a su presencia y dejaron de parecer amenazantes. Él a veces les llevaba granos de maíz que cultivaba en la tierra de atrás de su choza y se los daba en prenda, por sus servicios vigías. A veces cuando caminaba hacia donde los cerdos, escuchaba rumores en el viento. La gente decía cosas como “me encantaría que las perlas estuvieran aquí”, o decían, preguntaban “¿crees que el marino haya vuelto por ellas?”, o “¿Alguien vio a quien pudo tomarlas?”, el hombre decía que alguna vez incluso escucho una voz que decía, simplemente, “quiero morir”.
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-Pues ahí tienes que pasó el tiempo, y los rumores dejaron de escucharse. El hombre dejó de temer, poco a poco, que fueran a buscarlo para quitarle las perlas. Se despreocupó tanto que en algún momento en que estaba cansado, tal vez por la jornada, o por la edad, que ya debía ser muy mayor para esa época, unos cuarenta años, tal vez, dejó de ir a visitar sus perlas noche tras noche. Eso hizo el hombre, no las vio durante un mes, casi las había olvidado, hasta que una noche le llegó el rumor aquél que había dejado escapar la primera vez que las vio, aquello que decía “mira qué blancas son”, “mira lo brillantes que son”, “mira lo grandes que son”, “mira lo redondas que son”, “mira lo bien que me veo si me reflejo en ellas”, “mira lo bien que se ve todo cuando se refleja en ellas”, “míralas, míralas, parecen ojos de vaca”. Las recordó sobresaltado y corrió por ellas. Imagínate la sorpresa que se llevó el pobre hombre cuando no las encontró. Sólo encontró la bolsita en que las había guardado, ya muy vieja y rota, y mordisqueada. Entonces el hombre sintió que el mundo se terminaba. Pasó muchas noches y muchos días pensando en las perlas, extrañándolas, y el viento que pasaba por las tardes afuera de su casa se llevó los ecos de las palabras “me encantaría que las perlas estuvieran aquí”, o “quiero morir”. El hombre no pensó que se tratara de un castigo divino, porque en aquél entonces no existía todavía la religión, y la moral era apenas una hipótesis; más bien el hombre se recriminaba a sí mismo por haber sido tan tonto y dejar que las piedras se perdieran. Pensó muchos días y muchas noches hasta que se le ocurrió que tal vez los cerdos se las habían comido. Cuando estaba amaneciendo, el hombre enojado salió de su choza con algo muy parecido a un afilado cuchillo, aunque primitivo. Cuentan que esa fue la primer matanza sangrienta de la civilización. Al hombre no le importó el llanto de cada uno de esos animales. Y no se detuvo hasta que el último lechón hubo cristalizado para siempre su mirada. En el más pequeño de los cerdos, en el más pequeño y limpio de los estómagos porcinos, estaban alojadas las perlas eritreas. El hombre las sostuvo encantado, y descubrió en su reflejo, que los cerdos muertos eran una imagen hermosa, y que una imagen tan hermosa no podía hacer daño. Todo lo reflejado en las perlas era así. Por eso el hombre aprendió en el alba de la cultura, a comer carne de cerdo.
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-Y esa es la historia, querida mía, bienamada, de por qué el hombre se come al cerdo con tanto gusto.
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-¿Y qué pasó con las perlas?
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-La verdad, no sé más. Dejaron de importar en tiempos del Imperio, pero la gente siguió comiendo cerdo.

lunes, septiembre 01, 2008

12:01 am, Un día después del treinta y uno de agosto

Ya es septiembre y no consigo dormir. Me divierto en la visita imaginaria a la clínica de sueño.

-Hola, qué tal. Vengo porque necesito ayuda, estoy despierto desde agosto.

jueves, agosto 21, 2008

Parendi labor

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De aquel hondo tumulto de rocas primitivas
abriéndose paso entre sombras incendiadas,
arrancándose harapos de los gritos de nadie,
huyendo de los altos desórdenes de abajo,
con el cuchillo de la luz entre los dientes,
y así sonriente y límpida,
brotó el agua.
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-Carlos Pellicer
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Don't you know, Dindi,
I'd be running and searching for you
like a river that can't find the sea,
that would be me without you, my Dindi.
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-Antonio Carlos Jobim
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La noche que acompañé a María hasta su casa, descubrí que cierto olor acaramelado rondaba en la entrada del edificio de condominios de la calle Tres. El perfume era penetrante pero no aturdidor, más bien podría llamársele olor balsámico y fresco, como el del vapor de una tisana dulce. María me develó que la fuente del olor era su Hueledenoche, una planta de sombra que vivía en la terraza del edificio; me la señaló entonces. Se trataba de una mata más bien desgarbada y de tamaño descomunal, de hojas entonadas de un agudo verde opaco y más oscuras que los tallos que las sostenían en el vilo del céfiro; estaba invadida de perforaciones circulares que una plaga de insectos blancos como la espuma del Mediterráneo le había hecho; en fin, su imagen patética no se correspondía con las imaginaciones que su olor excitaba; sin embargo, cierto donaire en el desaliño de su talle y en la clorofílica explosión de sus hojas me convidó a la calma. En las visitas subsecuentes a casa de María iba a mirar muy detenidamente la planta.
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Luego de decir adiós y de esperar a que María cerrara la puerta, caminé rumbo a la avenida. Esa noche quise caminar por calles desconocidas. Pensaba en María más que en cualquier otra cosa: en María y en su planta, en el olor de María y en el olor ingenuo de su hueledenoche, en el olor a sandía de su cuello ebúrneo y en la fragancia escéptica de su mata verde. Pensaba en esa noche y en todas las otras noches en que había resistido el impulso de acompañarla a la puerta del edificio azul, único azul en una calle de paredes blancas. Consideré necesario torturarme con el recuerdo de los pensamientos aciagos y de los malos augurios; con la, acaso necesaria, inseguridad; con la insistente idea de que la vana idolatría profesada hacia la mujer jamás sería correspondida; con el miedo a perderme en el universo de su vasta inteligencia; con el terror de no besarla nunca más. Lo pensaba hasta alcanzar el lindero del miedo pero sin traspasarlo, sólo para después saberme vencedor. Como Diomedes al herir a Afrodita, así era yo esa noche, un hombre realizado.
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Dos noches más de cuidadosa compañía me bastaron para conocer el entorno de su hogar, para conocer su hogar y ver desde el ventanal las avenidas iluminadas. Dos noches y María supo las cosas concernientes a mi origen y mi destino. Todas las visitas que siguieron fueron esencialmente distintas, nada comparables a la maravilla del asombro inicial, pero el Hueledenoche siguió regalándome con su fragancia siempre vigente; ese olor contemporáneo. La planta mejoró con el tiempo, los insectos no resistieron el paso omnipresente del invierno y murieron poco a poco, de tal suerte que cuando asomaban en la lontananza las postrimerías del año por venir, del paso de los parásitos no quedaba más que los agujeros en el Hueledenoche, que comenzaba a sanar. Todo sana con el paso del tiempo, la vida encuentra su camino, el río halla su cause. El río halló su cause, empezó a hallarlo desde la noche en que acompañé a María hasta su casa. Ahora recuerdo: luego de decir adiós y de esperar a que María cerrara la puerta, caminé rumbo a la avenida. Esa noche quise caminar por calles desconocidas. Un eco sonoro, como de manantial en ciernes, me habló de la inquietante presencia del canal de agua, diáfano y brillante junto a mis pies. Corría calle abajo rumbo a la asonada. Pensé que se trataba de una fuga, una picadura inocente en la tubería, cosa por demás común, y apretado el paso adelanté por un camino incierto y distinto al del elemento cristalino. Ahora recuerdo también que se lo dije la noche siguiente; no le dimos importancia, como a muchas otras cosas. En enero la fuga se volvió incontrolable. El lunes por la tarde se dejó sentir una larga serie de temblores, trepidaciones en el sur y en el centro de la ciudad que volvían cada hora aproximadamente; después del más fuerte, en la madrugada, no se sintieron ya; pero poco a poco comenzó a distinguirse un nuevo sonido afuera, en la calle, que nada tenía que ver con los automóviles ni los escasos gatos, era más bien el sonido del caudal. El martes la avenida en que estaba la fuga amaneció destrozada justo en la esquina con la calle en que María vivía; la fuerza del agua destrozó tubos y levantó grandes pedazos de concreto. El chorro claro, como nacido de un manantial, bajaba a prisa por la avenida y había saturado ya el drenaje que comenzaba a heder. No se sabía aún hasta que punto de la Ciudad Imperial había llegado el agua ni hasta dónde podría hacerlo; el poder de su alcance era desconocido y por tanto incontrolable, aunque predecible. Los primeros pisos de muchos edificios estaban inundados, en las calles bajas se atisbaban apenas los techos de los automóviles; se divisaban, incluso, ciertos cadáveres de perros que se habían quedado atorados con la rama de algún árbol. Era una verdadera inundación en medio de una ciudad que se había quedado sin agua medio siglo antes, y que hacía pensar en la legendaria inundación del día que Enrico Martínez cerrara su Túnel de Nochistongo. Cuando supe la noticia, llamé por teléfono a María; no había posibilidades de que el agua alcanzara su edificio. Hasta entonces sentí alivio.
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Más tarde, cuando llegué a su casa me enteré de la magnitud de la inundación: nada, ni uno sólo de los gatos callejeros podía verse por ningún lugar; recordé entonces las palabras que María me dijo por teléfono, que durante la noche, y muy poco a poco, comenzó a distinguirse un nuevo sonido afuera, en la calle, que nada tenía que ver con los automóviles ni con los escasos gatos, era más bien el sonido del caudal. Escasos gatos –y esto lo habíamos platicado ya- porque tenía un par de semanas que su éxodo había comenzado. Las calles aledañas, en los tiempos en que acompañé a María hasta su casa, estaban plagadas de gatos, y uno por uno fueron huyendo, no podíamos imaginar de qué, por nuestra irrevocable condición humana, hasta que repentinamente no hubo más. Los pocos gatos que se llegaron a ver apenas uno o dos días atrás, ya no estaban, se habrían ido antes del amanecer o habrían corrido con la misma suerte que algunos perros, quién sabe, lo cierto es que nunca más iban a volver, el tiempo así lo dictó. Los problemas de la inundación tenían que ser sufridos exclusivamente por personas.
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Todos los elementos posibles de seguridad civil estuvieron trabajando durante horas, hasta que se anunció el milagro: la fuga no lo sería más, en realidad se trataba de un río, tal vez riachuelo, que estaba naciendo, que llevaba décadas naciendo y que al fin alcanzaba la luz del día. La tierra en auténtica labor de parto. El nacimiento de un río en la ciudad, o el resurgimiento de un antiguo río entubado que trataba de recuperar su cauce. El agua estaba tibia, como si viniera de muy dentro. Era menester evacuar a la gente, mover los automóviles, cerrar ambos sentidos de la avenida. Un grupo de espeleólogos, geólogos, geógrafos, y hasta arquitectos –olvidábamos que el agua tarde o temprano iba a afectar los cimientos de los edificios- de buena parte del mundo evaluarían la situación; mientras tanto, el departamento de protección civil cuidaría de la zona.
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Y entre tanto alboroto, justo la noche del día en que supimos el milagro, el hueledenoche dejó de oler. María y yo fuimos testigos de la tragedia. No había motivos aparentes; la plaga que azotó a la planta estaba desapareciendo; las hojas no morían, al contrario, pese al invierno se mantenían muy verdes, muy erguidas; sus raíces estaban sanas. Pensé que tal vez el fenómeno natural, el río, podría ser el causante de la ausencia, A lo mejor, le dije a ella, el cambio en la humedad del ambiente, las sales en el aire, no sé. Si cambiaba el entorno cambiaba el aroma; no me pareció un exceso adjudicar parte de mi tristeza a un arranque de taxónomo, debía existir una relación causal-consecuente: ambos elementos, río y planta, planta y río, sin importar el orden formaban parte de la vida, y por ende debían estar ligados en algún punto, aunque abstracto. De ser así, entonces todos seríamos afectados de manera natural, nadie se salva de la taxonomía. La falta de ese olor que no volvía me causó una gran pena, fue un suceso que interpreté como un augurio aciago; el hueledenoche se había convertido en un referente directo de mi sentir. Recuerdo que la noche que acompañé a María hasta su casa pensé en ella, y en lo que la rodeaba, más que en cualquier otra cosa: en María y en su planta, en el olor de María y en el olor ingenuo de su hueledenoche, en el olor a sandía de su cuello ebúrneo y en la fragancia escéptica de su mata verde. No me equivoqué, una semana después María decretó que no compartiríamos más.
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El desconsuelo se apoderó de mí, mientras el río nacido crecía poco a poco, persiguiendo o perseguido de su naturaleza. ¿Quién podía contemplar el milagro mientras era simple cáscara, vacía a fuerza de simple? Todavía llamé a María una noche de metáforas frustradas y botellas sin fondo. Nada pasó. Hasta que un nuevo milagro comenzó a operar en mí, y el hueledenoche olió de día.

lunes, agosto 04, 2008

Apunte sobre el insomnio voluntario

El sueño se me está volviendo la rutina más emocionante del día. No sé si el mejor momento, ¿entendido? Pero sí el más emocionante. Duermo poco y mal. De acuerdo, sí sé que no es el mejor momento del día, pero insisto en aquello de lo emocionante. ¿Tú no te emocionas cuando te pasa algo desconocido? Eso me pasa en estos sueños; me pasa que no sé qué va a pasar, a pesar de que sea siempre la misma cosa. Es la misma gata pero revolcada. Es decir, primero me quedo tieso y de pronto abro los ojos y entonces veo todo. Todo, como si estuviera despierto. Veo lo mismo que verías tú si te tiraras en mi cama, boca abajo y con los ojos abiertos, sólo que yo los tengo cerrados siempre, porque así se sueña, ¿no? muy quieto y con los ojos bien cerrados. Esa es la diferencia entre un muerto y un casi muerto; los ojos. Cuando yo dije que abría los ojos, me refería en realidad a abrirlos en sueños, o al menos eso quiero creer. No quiero soñar con los ojos abiertos porque entonces la diferencia entre el muerto y el casi muerto estaría en un lugar distinto, no sé en dónde, pero su epicentro no sería los ojos, y eso yo no lo puedo controlar. No, yo veo en sueños con los ojos cerrados; cuando alcanzo alguno de los siete estados del sueño, o tal vez cuando los rebaso todos, sucede que es como si tuviera los ojos abiertos y no pudiera moverme. Veo todo lo que tus ojos verían despiertos, pero en un estado levemente alterado. Y como si el sonido entrara por los ojos escucho cosas que no veo, pero que también se escuchan alteradas. Como si metieras la cabeza en un bote de plástico; como cuando me hiperventilaba a propósito en la secundaria para perder presión y poder irme a casa en calidad de enfermito. Recuerdo que con el cuerpo lánguido, 90/60 y descendiendo, todo se escucha hueco. Te pueden decir algo que hará eco en lo más profundo; porque así es, con la presión baja eres curiosamente vulnerable a las palabras.
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En el sueño hueco soy vulnerable y no sólo hay ruidos; también hay presencias inquietantes y ocultas. Son esas cosas que no puedes ver pero que puedes sentir y escuchar; en mitad de la noche estás con los ojos cerrados, viendo todo, en tierra de nadie con extrañas presencias alrededor, y entonces sí se te quita lo valiente. Por momentos estás tranquilo, pero ya quiero ver qué pasa cuando sientes que Eso se sube a tu espalda y tú engarrotado y envuelto como tamal amarrado, deseando despertarte sin poder, deseando moverte sin poder; controlando apenas unos leves quejidos que nadie va a escuchar a las tres de la mañana, y con los ojos abiertos aunque cerrados. No puedes cerrarlos más porque, irónicamente (oníricamente), ya cumpliste con el requisito indispensable de cerrarlos para poder dormir y soñar que están abiertos. Qué contrariedad.

domingo, junio 01, 2008

Monólogo del que va a la deriva.

Ya no soy yo el que flota en el mar de Veracruz. Hace rato que mis piernas y mis brazos dejaron de obedecerme y se abrieron por sí solos, postrándome a la deriva de espaldas al agua, como una estrella carnosa que se mueve en la superficie del adusto mar occidental. Apenas tengo fuerzas para mover la cabeza de lado a lado y evitar los golpes salados de la marea; no quiero ahogarme todavía, quiero despojarme primero de mis vestidos pero me falta la fuerza. No quiero que los tiburones me encuentren vivo pero no quiero morirme aún, ataviado con este bañador: no quiero que uno de esos tiburones muera ahogado al devorar mi ropa plástica y no tengo fuerzas para desvestirme.
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Sé que voy a morir. Hace mucho que dejé de ver la playa, el principio del mundo. Sé que voy a morir, me resigné a hacerlo en febrero, de noche, en el mar de Veracruz, ahogado y exhausto, exhaustísimo. Debí nadar cuatro o cinco horas. Seguro que la adrenalina me desorientó; ahora siento paz y nada de miedo. Bendita adrenalina y bendito cansancio. Debí nadar cuatro o cinco horas porque no puedo moverme sino trabajosamente –estoy exhausto, exhaustísimo- y porque ya es de noche y la marea está embravecida; siento la corriente debajo de mí, debajo de la superficie, y me imagino que es precisamente la corriente que concibió mi perdición. Cuando buscaba mi tabla las olas debieron alejarme de la orilla, tanto que me perdí. Escucho el rumor del agua y del viento, me hallo extraviado en el augusto mar sonoro de Veracruz y es de noche. Escucho eso, el mar toca una jarana, y escucho también las amenazas lejanas que me piden que esté desnudo para cuando los tiburones vengan finiquitar este asunto. No es necesario sentir la brisa, no es necesario pensar en mi futura muerte; se trata, más bien, de un hecho inapelable y por lo tanto aceptado. Aceptado al grado necesario de ofrecer mis piernas a los animales cuando siento que algo nada cerca de mí; estiro las piernas, las muestro como premio al que quiera tomarlas cuando siento que animales nadan cerca de mí. Pero qué irresponsable, por un momento he olvidado que tengo puesto el bañador. De pronto sospecho que algo me muerde las piernas recién ofrecidas, que animales marinos desconocidos vienen a comerme desde la negrura íntima del agua, pero luego caigo en cuenta de que no es más que una alucinación extravagante y vulgar; todavía no es el momento, los tiburones nadan lejos de aquí. Nadan tan lejos que tal vez no moriré comido por tiburones, tal vez sólo muera de cansancio, me quedaré dormido en el agua y no sentiré el momento del fin, porque no moriré ahogado, moriré flotando en esta posición de estrella, con mi bañador puesto. Tal vez no moriré comido por tiburones, pero de todos modos me desvestiré antes, sólo por si uno llega a morderme ya que esté muerto yo. No quiero que mi traje de baño se le pegue en la garganta y lo mate de asfixia o ahogo, si es que son cosas distintas.
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El mayor problema que encuentro de estar flotando exhaustísimo y a la deriva en el augusto mar de Veracruz es que no tengo fuerzas para alcanzar el sierre de mi bañador. Ese es el problema de usar un traje de baño de cuerpo entero. El mío es así, de cuerpo entero, con un sierre muy largo que abarca la longitud de toda la espalda. A lo mejor si estuviera flotando boca abajo sería más fácil desvestirme, pero si flotara boca abajo tal vez moriría ahogado antes de poder quitármelo, y de nada habría servido el intento. Definitivamente tengo que quitármelo así como estoy, boca arriba. Tal vez se trata de una prueba que debo superar antes de alcanzar mi muerte; como las pruebas de Heracles o las pruebas de Eneas, pero en el mar de Veracruz. El asunto es que posiblemente yo no tengo madera de Eneas y no logre quitarme este traje; de cualquier modo haré un intento. Haré otro intento. Otro más. Ahora comprendo que el cansancio es más grave de lo que pensé y que los tiburones no quieren ayudarme con el sierre, no me escuchan; les grito y no me escuchan. Trataré, de todos modos, de mantenerme a flote cuanto sea posible, mientras está amaneciendo. Nunca había visto el alba desde el mar hasta ahora que estoy flotando en él. Es menos rojo que cuando oscurece, tal vez porque ahora va de oscuro a claro y en la noche va de claro a oscuro, quién sabe, pero el cielo es menos rojo que en la tarde. Creo que un pez me acaba de hablar. Los peces no hablan, ya sé, pero me acaba de hablar. Me dijo que no me preocupe, que ningún animal marino va a morir por mi culpa, atragantado con mi traje de baño. Ahora ya tengo ganas de dormir; tal vez ha llegado el momento de que muera, voy a cerrar los ojos a ver qué pasa, pero intentaré seguir flotando boca arriba en esta posición de estrella, al menos lo que dure el alba. Creo que vi la playa antes de cerrar los ojos, había pescadores en la costa que me hacían señas. En fin, que sean ellos los que vengan por mi cuerpo y salven a estos pobres animales de la horrenda muerte que les causaré. El mar sigue tocando su jarana.
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No, todo está mejor ahora, te digo que los pobres se asustaron mucho, creyeron que estaba muerto pero vieron que respiraba sin problemas; llegó flotando boca arriba. Lo llevaron con el médico del puerto y le dijeron que lo habían encontrado en la orilla del mar. No, no, más bien primero vieron como un punto que venía de lejos y pensaron que era un bulto que habían tirado de un barco. Ya luego vieron que era un hombre y te digo que creyeron que estaba muerto, pero no te preocupes, dice el doctor que está bien, sólo que está muy cansado y que las tonterías que les dijo a los pescadores sobre los tiburones esos y los peces que le hablaban son por culpa de la adrenalina. Sí, te digo que cuando los pescadores vieron que estaba vivo intentaron hablarle y él les pidió que lo desnudaran, pero qué le iban a quitar, iba todo desnudo; la corriente lo llevo así. Quién sabe a qué hora se habrá desvestido, pero no tenía poco tiempo porque su traje de baño definitivamente no estaba cerca de la orilla. Ya no llores, mujer, todo está bien, no creo que le pase más, y por lo otro no te preocupes, eso de que en Veracruz hay tiburones es pura tontería, historias de ahogados.

sábado, mayo 10, 2008

La Petenera

A Karen Galicia, de Filosofía y Letras,
con cariño y admiración rurales.
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Es Veracruz, es el puerto, de tarde ámbar, cielo ámbar, verdemar. La chimenea de un buque aúlla lejos, como debían hacer los lobos marinos. El mar. Algo hay en él de amoroso, en el rumor inestable de las olas o en la nostálgica certeza de lo que ya no flota acompasado. Dicen que el mar está hecho de rumores que se van y se vienen; pero mienten, los ecos arcanos más bien se van y se van perpetuamente y nunca se repiten, empiezan en la orilla cana y terminan en algún aviento del noto, y siempre son nuevos, no hacen más que irse para siempre; de eso se trata el asombro. La gente sale a escucharlos, algo hay en ellos de Mar que los hace volver cada día siete cuando el sol cede y la marea no. Es siempre el mar el lugar donde van a morir las mermas colectivas. Las olas rompen sus ímpetus en los maderos del muelle imparcial y los músicos rasgan las cuerdas en la costa. Lázaro Patricio es músico, coplero. Canta versos octosílabos, décimas aprendidas de memoria, de viva voz. Su padre fue arpista igual que él, pero dicen que nadie como él para el arpa, verdaderamente, y el instrumento de Lázaro resalta entre la jarana, la viola y el requinto, casi hasta omitirlos. Cuando el cielo es ya muy ámbar Lázaro y sus compañeros piden silencio para entonar la última canción. Son notas verdaderamente veloces de la soberbia viola en solitario las que introducen el tema; sin ser esperada, una jarana se presenta con un rasgueo y acompaña, completa el dueto que dura dieciséis compases, después la viola se calla y el arpa toma su lugar. Los mismos dieciséis compases, pero esta vez son de embrujo, y suenan las cuerdas como si lloviera música, como si fuera el diluvio. Suenan las cuerdas como si se tratara de un antílope que escapa de una leona, en la estepa; como la gacela que corre en línea recta y de pronto, sin esfuerzo, hace un liviano movimiento, un giro delicado que la coloca en una dirección nueva mientras la cazadora sigue de largo. Así el arpa de Lázaro Patricio. La viola y el arpa, de alguna manera, pelean por el protagonismo y todos en el puerto saben que no debería ser así, por eso lo celebran.
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La sirena se embarcó / en un buque de madera, / la sirena se embarcó / en un buque de madera, / como el viento le faltó, / ay la la la / como el viento le faltó / no pudo llegar a tierra / a medio mar se quedó / cantando La Petenera.
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Los músicos terminan en medio del jolgorio y se disponen a partir. La gente que se ha reunido a verlos ovaciona y pide más, pero Lázaro sabe que cuando el cielo es azabache no hay ya qué hacer.
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Lázaro nació en la costa, en abril, de noche, con el mar en calma y la luna grande. Dice los domingos, antes de tocar, que de niño vio una sirena en el mar y se enamoró de ella, de una vez y para siempre. Dicen que esa sirena se llama Petenera. Era de noche y venía del puerto con el arpa de su padre a cuestas. Su abuelo y su padre habían estado tocando donde ahora tocaba él los domingos por la tarde. Al final del día caminaban hacia el jacal siguiendo la costa rumbo al norte y Lázaro cargaba el arpa en la que sus dedos aprendieron a deslumbrar. Tenía doce años y ya tocaba sones casi como cualquier otro arpista, pero su padre insistía en que no debía tocar con ellos y tenía razón. Lázaro, muy dentro, sabía que le hablaban con la verdad en la boca, que si tocaba con ellos sería como ellos, un músico jarocho, buen músico y bueno sólo por ser jarocho, pero nadamás. Por eso no tocaba. Tenía doce años y toda la imprudencia de las promesas, y eso fue suficiente para que su padre le perdonara el haber tocado el arpa en la playa, solo, en un arrebato. Ese domingo Lázaro Patricio caminó lento, pensativo, como debió caminar Dios en las costas de La creación, decidiendo destinos y porqués, y así se fue rezagando. Caminó muy pegado al mar y se entretuvo un rato viendo cómo las olas se llevaban las huellas que dejaba en la arena; su padre y su abuelo lo increparon más de una vez para que acelerara el paso, Lázaro sólo contestaba con un grito, Ya voy, decía, pero no iba, sólo caminaba lento, pensativo, como quien decide el destino. Entonces, cuando su abuelo y su padre no lo vieron más, echó a correr a las rocas de la playa y se puso a tocar el arpa con el mar en calma. Lázaro se sentó con el arpa entre las piernas, acomodó los brazos, extendió los dedos, cerró los ojos, respiró como quien toma aire para emprender una carrera, la carrera de su vida, y comenzó a tocar. Nadie estuvo con él pero esa vez debió tocar como nunca, debió tocar tan bien y tan fuerte que una sirena se puso a oírlo, debió´ser por eso que el mar se puso bravo. A su padre debieron llegarle los ecos de las canciones de Lázaro porque volvió enseguida por él; cuando lo encontró sobre las rocas altas lo vio tocando una música bruja, como la presencia del sándalo, con los ojos fijos en un punto del mar, sin habla, conmovido, enamorado. Su padre dice que todos los días, a partir de esa noche, tocó de esa manera franca. Dice que esa noche lo oyó tocar hermoso y lozano, como si fuera el viento el que tocara.

martes, abril 01, 2008

Memoria de Zempoala: el nagual


En memoria de Eusebio, el mayor de
los rosales, nacido en Zempoala.

Encender la fogata fue difícil porque los maderos estaban húmedos. No era que hubiera llovido, era cosa de la maldita neblina. Bajaba desde el cielo, o tal vez se formaba al ras de la presa y salía del campo hacia la casa de los abuelos grandes, reptando entre los hierbajos. El problema con la neblina era su naturaleza repentina; de pronto ya la tenías ahí, empapándote el cabello y la ropa. Ése día, sorpresivamente, había humedecido la madera que se negó a encender, ni porque la regaron con el poco petróleo que Jaime guardaba en su garrafa de mecánico automotriz; intentaron también mojarla con alcohol y funcionó sólo por un momento, después volvió a apagarse. No teníamos leña seca; cuando llegó la neblina toda la madera estaba dispuesta en el centro de la huerta, cercada por piedras, entonces toda ella se humedeció. Nos pareció que ese año no habría fogata y que recibiríamos al nuevo año dentro de la casa de los abuelos; era notorio que los más chicos nos sentíamos angustiados cuando Jaime llegó del rincón de la huerta con una llanta de trailer que estaba ahí desde que yo tenía cuatro años, me acuerdo. Usar la llanta, con la leña, como combustible para la fogata era una solución drástica sin alternativas; el problema consistió en decidir si era menester incendiar la llanta vieja. ¿Valían la pena el humo y el esfuerzo?, y más que eso ¿valía la pena el sacrificio? En mi familia siempre se ha acostumbrado dejar las cosas en el lugar en que están, aunque se trate de chatarra; por ejemplo, la llanta, había estado ahí desde que el padre de Jaime la llevó. Luego la muevo, decía Jaime siempre. Nunca lo hizo, y en mi familia si algo había permanecido en el mismo sitio más de un año, cambiarlo de lugar era como un sacrilegio, anatema del orden preestablecido quién sabe por quién.
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Se decidió que sí valía la pena el sacrificio (no sin cierta nostalgia). En mi familia también se acostumbra respetar la monotonía y no faltar a las tradiciones ancestrales. Desde que tuve uso de razón el año nuevo se festejó en la huerta de los abuelos grandes con una fogata que duraba casi lo que dura la noche, mucho pulque y una cantidad sustanciosa de comida llevada por los concurrentes. Cada quién ponía lo suyo y así, entre todos, lo mezclábamos. Durante esa noche del año todo era de todos, la misma cosa siempre, y esto durante tres generaciones. Así, fue menester faltar a una de las costumbres familiares en beneficio de una tradición; era un claro asunto de jerarquía. Yo pude notar que todos los presentes bajamos la mirada cuando la vieja llanta de hule comenzó a arder, prendió con una facilidad que aún me produce asombro, yo nunca había visto cuán rápido se incendiaba el hule.
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Llegué a pensar que la noche pasaría sobre nosotros con cierto aire de melancolía o de culpa. Me equivoqué; ni siquiera a mí, que era un púbero obsesivo, me pareció que la noche fuera en manera alguna lo que había pensado, y menos que fuera consecuencia de la profanación del neumático. La primera mitad de la celebración transcurrió de manera casi eufórica. Todos comimos y comimos bien; nos servimos repetidas veces pero siempre distintos guisos en los platos plásticos que llevó Daniel. Los mayores comenzaron a tomar tequila y pulque después de las doce de la noche; mi bisabuelo, como era costumbre, comenzó a cantar un son. Ay qué bonito es volar / a las dos de la mañana /a las dos de la mañana /ay que bonito es volar, ay la la / Me agarra la bruja / me lleva a su casa / me vuelve maceta y una calabaza. Sus nietas, mis tías, bailaban golpeando la tierra con los pies. Sólo era cuestión de que el abuelo grande tomara unos cuantos vasos de pulque para verlo entonar las canciones que aprendió desde la niñez. Era un viejo sabio por la edad; la brecha generacional entre él y yo importaba realmente poco, a sus ochenta y siete años me sorprendía más que cualquiera. Visitábamos a los abuelos grandes cada fin de semana. En el devenir de esos viajes aprendí acerca de brujas, mal de ojo, espanto, santeros, naguales y hasta burros; él tenía un borrico al que le cantaba. Yo disfrutaba verlo cantar por el gusto de hacerlo, como esos músicos huastecos; el punto era, para él, cantarle a la vida, a sus nietas, a la soledad, a la vejez, al burro, yo qué sé. Esa noche comenzó con el son; empezó a cantar él solo, junto a mí, y poco a poco los demás se le fueron sumando como siempre. En algún momento una de mis tías entró a la casa de mis bisabuelos a buscar el cajón que tenían para zapatear, yo la miré alejarse entre las llamas azuladas de la llanta, parecía que la abrasaban; un mero efecto de percepción de distancias que me hizo volver a pensar en el neumático quemado.Así estábamos circundando a ese hombre de lentes graves, aspecto antediluviano y manos de páramo, en comunión, cuando ocurrió algo que todavía me cuesta comprender. A continuación lo relato con la fidelidad que las asquerosas permisiones del olvido no se han llevado.
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Eran tal vez las dos de la mañana o tal vez las tres; mi abuelo cantaba y nosotros cantábamos con él cuando todos los perros, Chabacano el primero, se levantaron súbitamente de donde sea que estuvieran dormitando y se enfilaron uno detrás del otro en dirección al campo, a la presa, a la neblina. El sentir general fue el de estupefacción; el silencio de todos se volvió pesado y mi corazón aceleró su ritmo. Estoy seguro de que no sólo mi corazón apresuró el compás. Comenzaron los murmullos especulatorios. Seré sincero, no sé qué se murmuró, mi pensamiento estaba en otro lado. Mis sentidos comenzaron a regirse sin permiso y ahora sé que estaban abiertos a las palabras, los movimientos, las acciones de un sólo hombre. El silencio se habrá prolongado un minuto o tal vez minuto y medio. Imposible no pensar en las anécdotas de aquelarres, brujas y naguales que el abuelo grande me había contado desde muy niño; eso pensé en ese minuto o minuto y medio y mi piel se erizó más que cuando la niebla llegaba sin aviso y nos mojaba a con un agua invisible y fría. Ya mi corazón regresaba a su ritmo normal, ya se escuchaban más voces, ya no se especulaba tanto cuando comenzaron los ladridos de los perros, ladridos muy fuertes y muy de pronto y lejos; entonces olvidé todo, olvidé la llanta y que era año nuevo. Miré a mi abuelo que miraba expectante a la oscuridad como si pudiera prescindir de la luz, omitirla hasta saber qué era lo que estaba ahí, del otro lado de los sabinos. Se escuchó entonces el lloriqueo agudísimo de uno de los animales entre tanto y tanto ladrido; mi abuelo se puso de pie y llamó a Jaime y Daniel. Vayan por cuatro machetes, les dijo. Todos los demás estábamos callados y en eso volvieron los perros, Chabacano cojeaba, mi abuelo lo vio y no dudó en decir lo que yo temía.
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Chabacano era el perro más viejo, tendría once años, y no en balde mi abuelo lo había llevado a su lado durante ese tiempo, desde que era un cachorro; el perro conocía el campo en todos los alrededores de la presa, estaba familiarizado con todos los animales que los habitaban. Estoy seguro de que si hubiera querido cazar gallaretas, garzas o patos, habría ido sin doblar el curso de su camino directo a la presa; o arriba del cerro a buscar liebres y conejos; por eso la mordida en su pata parecía inverosímil, por eso tenía que tratarse de un nagual. Mi abuelo me decía esto, con la mirada fija en la oscuridad cuando Jaime y Daniel regresaron con cuatro machetes. Recibimos indicaciones y vimos al abuelo grande, a Jaime, a Daniel, a Ancelmo decirse cosas en voz queda, y mi abuelo que miraba al campo, como una gárgola mira al aire; luego, su voz, de tranquila pasó al estado de preventiva, nos dijo: Ya no hay que hacer aquí, métanse a la casa, pongan una cruz de sal en la puerta grande. Y ya se iban cuando de súbito volteó, como si hubiera recordado algo muy importante; Hay que apagar esa condenada fogata, que seguro el Nagual sabe que nos sentimos con culpa y por eso vino.
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Después ocurrió algo pasmoso. Apagamos la fogata como pudimos, con agua y tierra. Vi que los restos de la llanta estaban particularmente contorsionados y asemejaban, tal vez por el influjo del miedo, tal vez por la casualidad, el malogrado perfil del rostro desgajado de una persona entrada en edad, consumida por el fuego o por los años, o por la caprichosa conjunción de ambos. ¿Esa noche fuimos material de un embrujo, uno de tantos embrujos de los que hablaba la gente de los pueblos? No podría contestar con certeza si no fuera porque después de esa terrible visión pavorosa, cuando ya nos dirigíamos a la casa fui presa de la más extraña intranquilidad. Decidí volver al lugar donde antes hubo fuego y mirar de nuevo la extraña figura. Mi madre me apresuró pero hice caso omiso; después de mirar el extraño suceso durante un rato, tomé la pala con la que echamos tierra sobre el fuego y decidí sepultar esa visión; elegí ese camino porque no me atreví a deshacer la figura con las manos o los pies, no fui capaz de tocarla. En eso estaba yo, sepultando el motivo de mi miedo cuando escuché detrás de mí pasos y murmullos, todos los demás estaban en la casa, yo pude sentir con toda la tranquilidad que se trataba de mi abuelo y sus nietos. Volví la cabeza y entonces lo vi, directamente a los ojos fríos, brillantes, irascibles.

viernes, febrero 08, 2008

La profanación

A Javier Pulido Luna.
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Debió ser de este modo; el dios sostenía el peso del mundo sobre sus hombros, sobre su rostro, sobre sí mismo, y su rostro y sus hombros eran fuertes y esplendorosos, de altivez eternal. En definitiva debió ser de este modo; cada uno de los días la tierra comulgaba angostamente con el dios pleno, hinchándose de verde, y él, húmedo de tierra, trascendía en el tiempo incubando insectos perennes, ciegos a las luces del día y de la noche y ciegos también al dios perpetuo de labor perpetua: comunicar a la tierra con la tierra misma, ser puente entre el mundo interior y el mundo exterior. Dios de la tierra, dios del temblor, dios sostenedor del mundo, dios de natural condición de anonimato en bajo relieve, dios grabado en mineral milenario tan viejo como la vejez del tiempo. Y con la lluvia, ¡ah! con la llovizna tierna –como la que justo golpeaba las tejas con su delgada música– la tierra debía volverse fragante y fresca, dulce bálsamo para sus anchísimas fosas nasales y fresquísimo alivio para sus ojos volados, blancos de tanto apuntar hacia arriba en busca del imposible y lejano cielo.
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El dios postrado sobre la mesa proyecta su imagen pétrea al infinito. Esteban lo mira fijamente sin alcanzar a comprender lo que nadie, salvo el dios, comprende; le teme. El rostro de la imagen, tallada en la base desprendida de una de las jambas que habían sostenido a la iglesia ahora demolida, mete escalofríos en la piel. También el frío del aire se le mete en la piel a Esteban, el aire que acompaña a la lluvia de julio. Al momento, arriba en la azotea, tip tap, tip tap, las gotitas juguetonas hacen cosquillas a la techumbre de lámina y tejas, tip tap, tip tap, como su corazón, tip tap, tip tap, aquel que Esteban escucha y, más que escucha, siente golpeando fuerte en el pecho al tiempo que profana la imagen divina.
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-Límpiala bien Esteban, que no le quede tierra, y cuida mucho no hacerle lodo con el agua. Fíjate bien en las grietas Esteban, sácale todos los gusanos que encuentres.
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La tarea estaba cumplida. El dios limpio, luciente para la cena de la noche, hacía acopio de gala para su presentación ante la visita de peninsulares. –Es nuestra, señor, mi marido la acaba de comprar por tres reales de a ocho, dicen los indios que la imagen labrada es la de su dios de la tierra, tiene un nombre en lengua de indio. ¡Esteban! ¿Cómo dicen ustedes que se llama?... ¿Esteban?
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(Tlaltecuhtli: dios de la tierra, dios del temblor, dios sostenedor del mundo, dios de natural condición de anonimato en bajo relieve, dios grabado en mineral milenario tan viejo como la vejez del tiempo)
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-Tlaltecuhtli, señora.
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Tip tap, tip tap, el corazón del indio late en grandes vuelcos al compás que le dejó la lluvia, tip tap, tip tap, el nombre del dios no se debe pronunciar a la ligera y sin razón, el nombre del dios no es de labios mortales que deliberan acerca de precarias cuestiones, no acerca de la divinidad. Nunca tocan la imagen pétrea del dios sin permiso, ¡nunca! Tiptaptiptaptiptap, el corazón indio y la lluvia se aceleran.
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Pobre indio nativo novohispano, acababa de culminar su gran falta. Tlaltecuhtli, dios de la tierra, dios del temblor, dios sostenedor del mundo, dios de natural condición de anonimato, era ya un dios ofendido, encrespado, profanado. Esteban el indio huye a su aposento, mejor pensar en un dios tranquilo, mejor pensar en un dios redentor y dormir en paz, dormir en paz hasta que despunte el alba…
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El dios se sacude el denuesto desde la superficie de la tierra a un férreo compás que no es más compás de lluvia, no es más compás de corazón de indio. Música asonante, discorde, estridente, estertórea de dios estertóreo que hace que los árboles bailen y la tierra brinque cambiando de sitio, hasta el agua estacionada en el chopo modifica su destino y pierde su porqué, rompiendo el honrado reflejo de los cielos, partiendo a la luna en mil agónicos hervores de pez y de burbuja, ebullición de cristal moviente, coro translúcido que grita con mil lenguas en la oscuridad. Sinfonía nocturna de pájaros en vuelo, de felinos en carrera, de cacofonías en movimiento. Polvo viajero bailando una danza ingrávida, etérea; hermoso intangible que nace de las paredes en caída libre hacia las fauces divinas. Jadeo del dios trépido, que esa noche, acompañado del tambor de la tierra canta una única canción sorda: ¡Caerás! ¡Caerás! ¡Caerás!

martes, enero 29, 2008

No quiero ver a Mar.*

I
No quiero ver a Mar. Ya la miré lo suficiente y de más y otra vez y la mañana del diez de octubre, que había frío y café en la mesa y galletitas que olían a lo que olía su cabello, y la miré en la segunda fila y tenía sueño y cruzó por primera vez en mi vida las piernas, y luego ávida y precisamente lo contrario y yo la miraba a tientas, con ojos cerrados y a oscuras, y ella estaba en otra parte pero conmigo, como si ahí viviera, en un continuo cenit venéreo, como si ahí me esperara.

No quiero ver a Mar y la voy a ver, al rato o mañana y no quiero, desde ayer que lo supe no quiero. Espero la llamada que confirmará el lugar, la hora, el día, y entonces tendré que ir porque tengo que, aunque no quiera ver a Mar. Ya pensé que podría descolgar el teléfono y decir que no lo pagué; podría desamarrar al perro para que busque a la perrita de al lado, y entonces yo podría no estar aquí, esperando a que suene el teléfono, porque tendría que estar en casa de la perrita de al lado convenciendo al perro de que se porte bien, pero sin hablarle de moral. Podría traer la jaula de los periquitos australianos para que canten en la sala y, como por descuido, abrir la diminuta puerta del encierro y que se escapen todos por la ventana abierta, y entonces le diría a Mar que ya no tenemos nada que hacer juntos, que no hay periquito alguno que nos una; pero no podría, no soportaría ver llorar a Mar, aunque no llorara por mí sino por sus periquitos y también, de irónica manera indirecta, por culpa de ese gato viejo que le encargó su madre. Cuídalo bien Mar, cuando vuelva de Argentina quiero verlo feliz. Lo que no sabía Mar era que el gato no iba a ser feliz si no se comía a sus periquitos y que yo iba a tener que cuidarlos. Qué fastidio, de por sí nunca me han gustado los gatos y menos este gato viejo que Mar tiene en su casa y que mira como si uno fuera un periquito australiano. He concluido que no me tolera y que poco importa porque el sentimiento es mutuo, nunca iba lograr tolerarlo; más de una vez, de las veces cuando Mar me visitaba en compañía del gato, estuve presto a desamarrar al perro que se va a buscar a la perrita de la casa de al lado para que intentara alcanzarlo; pero no pude, aun ahora no podría, no iba a soportar ver llorar a Mar, aunque no llorara por mí ni por sus periquitos ni por el gato, sino por su madre, porque su madre sí que lloraría por el gato, y entonces Mar lloraría por su madre, porque la quiere y no a mí. Qué fastidio, de por sí nunca me han gustado los gatos.

II
La miré de reojo, con ambos ojos, con el derecho oculto detrás de su mano, con ojos de sueño y sin sueño, con ojos de furia, con los ojos entreabiertos, con los ojos del gato que la ve hacia arriba, con ojos de periquito en abandono, con ojos entrecerrados, con los que atraviesan las sábanas, con los que emprenden el ascenso a sus ojos, los que destilan la melancolía a ratos y a gotas, con ojos furtivos que aprovechan los puntos al final del párrafo para mirar a Mar, con ojos de hambre y de antojo, los que revisan que el seguro de la ventana esté bien puesto, con el tercer ojo, con sus ojos hacia adentro, de frente por todos sus frentes que son su frente absoluto. La miré así y entonces le abrí la puerta de la jaula, y la ventana de la casa, y los periquitos volaron a la calle, y el gato detrás de los periquitos, y Mar detrás del gato, como reptando en el cielo.
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*Texto a veinte dedos con final gramaticalmente alternativo
Felipe Guevara Cruz

domingo, diciembre 09, 2007

Antes del cian (fragmento)

La ciudad era entonces en dos tonalidades y lo mismo daba la vista del hombre que la del perro. Felipe II recogía la mano izquierda en la bolsa del pantalón, la mano y el brazo derechos habían adoptado la posición natural del peatón, en fila con la pierna izquierda. Caminaba. Antes de que pudiera notarlo, el hombre que le apuntaba soltó el disparo luminoso y certero que consumó el instante menor al segundo. La reacción fue lenta; el sobresalto, de muerte. El rostro de Felipe II quedó plasmado por obra de los fotones como el rostro que no advierte ni advertirá nunca, una verdadera faz instantánea en plata sobre gelatina que no exime; ya retratado no hay segundas oportunidades de asir el mismo instante.

Felipe Guevara Márquez en 1960. Tulancingo de Bravo, Hidalgo.

miércoles, diciembre 05, 2007

De todos los colores*

Un poder, tan sin segundo,
Cristóbal, os diera Dios;
que si el mundo os carga a vos,
vos cargáis a Dios y al mundo.
-Rafael Delgado.

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Tiene aproximadamente 24 años, es un gran hombre al que casi nadie conoce. Vive en la misteriosa Ciudad de México, vive solo como siempre lo ha querido; se jacta de vivir feliz. Defiende su postura de que la vida es justa porque él es un hombre justo. Es alto, delgado, y muy inteligente. Le gustan los libros, la música, y el té con leche pero, sobre todo, prefiere los paseos. Después de la escuela da largas caminatas, y observa y critica lo que puede observar y criticar. Mientras todos quieren contemplar, él desea comprender; sin notarlo se vuelve un poco más sabio y justo cada día. De lo poco que sabe como cierto es que siempre se negará a aceptar la única realidad que le quieran imponer, aunque tenga que luchar cuerpo a cuerpo por ello. En las mañanas el alba lo encuentra despierto, activo, siempre leyendo, siempre pensando y cuestionándose hasta su propia existencia. En un intento por ceñir a la gente con su mayéutica, con su retórica, para mostrarle que existen siempre otros modos de ver. Las poquísimas personas que lo saben entender, lo admiran y ven en él un guía, un ejemplo perfecto de la vida equilibrada; la gente que no, únicamente ve un testimonio ilusorio y una mirada sorprendente que intimida o da calor con desearlo y nadamás; una mirada en la que uno se pierde al notarse copiado dos veces en las pupilas de este hombre que incierto, reticente, transfigura en secreto lo conocido con su elocuencia silenciosa. Por las noches, satisfecho de cansancio, se sienta en el sillón de su sala a decansar con ese placebo que es Bach y que aflora de la radio -casi siempre el Concierto para oboe y orquesta. Escucha a Bach y recuerda su pasado; y a veces hasta se permite la delicia salada de las lágrimas -que nadie se engañe, pues por prolongado que parezca, este llanto no es como todos, no es un llanto de pura tristeza.
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El fin de semana él se encuentra en la calle más temprano de lo normal; absorto en sus cavilaciones, ensimismado; no es capaz de reparar en lo inmediato. De pronto se da cuenta de que una visión lo ciega; en un momento se percata: ha llegado al clímax. Puede mirar la vida desde otro plano, le ha costado años pero al fin entiende lo otro, las magnificencias infinitas de lo arcano. El recóndito absoluto le ha sido revelado de pronto, y con él, la felicidad, esa lisonjera compañía inconstante de todos, que esta vez, cosa rara, no es frugal. Es otra felicidad, acaso total, acaso única, y el lo sabe, pero no le importa. Está convencido de que esa placidez que siente no tiene por qué ser exclusiva de unos cuantos, vaya a saberse si exclusiva de uno solo. Quiere enseñarle a las personas lo pasmoso de una vida incondicional, libre de prejuicios y malos hados. Ahora ve totalmente, como si de pronto pudiera sentir sensaciones desconocidas, ver tonalidades no vistas. Se enfrenta al asombro de ese primer encuentro con las cosas, que todos tenemos y que todos olvidamos; ahora ve de todos los colores. Está experimentando una sensación nueva de gozo y felicidad y desea compartir su hallazgo; cualquier imperio parece minucia. Es un hombre maravilloso de aproximadamente 24 años al que casi nadie conoce, caminando por la avenida Cuauhtemoc tuvo una visión y pretende compartirla, ahora más que nunca cree que la vida es justa.
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A la mañana siguiente, entre el tumulto que la gente provoca, se escucha el hilo de una voz que pregona el periódico del día. Una mujer cualquiera se detiene a mirar y lee el encabezado. “Un hombre de aproximadamente 24 años fue asesinado en la avenida Cuauhtemoc”. Sin darle importancia, da media vuelta y se aleja entre la gente.
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*Uno de los primeros, de hace cinco años.

sábado, noviembre 24, 2007

Mayra y la empatía

Me recluí en los recuerdos y encontré algo: he aquí que tuve alguna vez una prima de dichas y no de sangre. Su nombre era Mayra. Una mañana de mis ocho años Mayra y yo conocimos la empatía. Ella, como buena prima menor, lloraba de más; yo, como buen primo mayor, la consolé y me senté a su lado a ver las luchas en un televisor de mi casa (la única vez que Mayra estuvo en mi casa). Ambos, desde el piso rosa de la estancia, elevábamos al viento efímeras consignas de apoyo para que las llevara hasta los oídos de Octagón. ¡Qué imagen! Yo me pregunto, ¿no será esto vivir?

lunes, noviembre 19, 2007

Las increíbles vicisitudes de un estudiante de Letras (hasta el asta).

"¡Circe, noble diosa de los hermosos cabellos! Mi destino es cruel.
Como iba resuelto a perderme, las sirenas no cantaron para mí".

- Julio Torri.


Advierte Felipe Guevara que no es pregunta retórica ni metáfora apologética. “¿Me creerías tú, redactor, si te digo que no pude llegar porque estaba atorado en el túnel del metro?”. Esa misma interrogante ha formulado a varios de sus compañeros, para ver con asombro cómo, incrédulos, adoptan la postura de jueces soberbios, incorruptibles, casi inquisidores. “¿Por qué es tan difícil creer?” La gente puede creer lo que dice Felipe, pero hay más. Felipe atribuye la incredulidad del caso a lo que a continuación rescato de fuentes netamente orales: dicen los que saben, que Felipe Guevara, no satisfecho con su pesado historial de impuntualidades varias, tuvo la desvergüenza de no acudir el sábado pasado a la cita que la doctora Dolores Bravo, de buen grado y de ánimo mejor, pactó con sus alumnos de la Facultad de Filosofía y Letras para develarles los secretos del centro de la muy leal e imperial, muy insigne y noble Ciudad de México. Dadas, pues, las recomendaciones pertinentes y los preámbulos históricos necesarios, la doctora, junto con sus alumnos, fijó la hora y el lugar del encuentro: las nueve y media de la mañana del sábado, en el asta bandera del zócalo capitalino; es decir, como popularmente se asegura, en el corazón de México, el ombligo del mundo (Felipe me contó que desde la noche en que escuchó a Rubén Bonifaz Nuño decir que el verdadero corazón y no sólo eso, sino el cerebro de México, era la Ciudad Universitaria, decidió que el zócalo capitalino descendería un peldaño en su papel histórico). En fin, esas son harinas de otros costales.

Dicen los que saben, que Felipe Guevara, luego de no haber acudido a la cita pactada con la doctora Dolores Bravo, tuvo el descaro de adjudicar su ausencia sabatina a un problema mecánico del sistema de transporte Metro. Como ya se escribió anteriormente, la gente puede creer lo que dice Felipe respecto de la demora del convoy; lo que no resulta creíble, y que no se había escrito, es que Felipe haya tenido que descender del vagón, por su propio pie, en pleno túnel que conecta a las estaciones Potrero y La Raza.

Dice Felipe Guevara:

Me levanté a las siete de la mañana en sábado, comprenderás qué difícil fue hacer esto, yo que estoy acostumbrado a no pelar los ojos antes del mediodía. Resulta que tuve tiempo hasta para desayunar; nada muy pesado, ya sabes, un par de huevos estrellados sobre un par de tortillas, una taza de café de olla, un poco de fruta, yogurt, un plato de cereal, y dos panes con mantequilla y mermelada para acompañar la mentada taza de café de olla, que si no mal recuerdo, terminó por ser llenada, y vaciada, dos veces. Pero bueno, te decía, desayuné muy ligero después de haberme bañado con ese jabón que huele a pradera, muy fresco todo, y que tanto me gusta. Cando salí de mi casa eran aproximadamente las ocho y media de la mañana, poco más, poco menos, y a pesar del frío no quise regresar por un suéter, pues estaba decidido a llegar a tiempo a la cita. Y ¡qué triste es todo, redactor!, qué triste... quién diría que esa tarde me iba a sentir como Julio Torri cuando las sirenas no le cantaron. Iba yo leyendo "La historia del cerco de Lisboa" en el metro, cuando, entre Potrero y La Raza, el tren se detuvo, y que se apagan las luces y que se dejan de escuchar los motores. ¡Maldita sea!, pensé y miré el reloj del vecino –nunca me ha gustado cargar reloj-. Eran las nueve con diez minutos, de nuevo tenía encima el tiempo y volví a pensar ¡Maldita sea! Me relajé, lo juro, pero no pude seguir leyendo, apenas había luz y decidí no forzar mis oclayos; de por sí ya necesito mayor aumento en los lentes. A eso de las nueve y cuarto hubo un intento de prender los motores, pero en medio de aplausos y abucheos todo volvió a apagarse, falsa alarma, ¡Maldita sea! Para las nueve cuarenta ya había perdido las esperanzas de llegar a la cita. Al parecer el chofer del tren no, porque hubo como tres o cuatro intentos más de hacer funcionar al gusanote naranja pero ninguno fue efectivo. A eso de las diez y cuarto que ocurre algo maravilloso: ya estábamos todos desesperados y hasta sentíamos que se nos acababa el aire, al menos el aire frío, porque todo se sentía bochornoso, cuando se abrió una de esas puertas que nunca se abren, que perpetuamente han permanecido cerradas y que de ser abiertas sin motivo alguno te pueden acarrear grandes problemas. Una vez vi que un tipo que portaba unas llaves especiales abrió una de ellas y a la siguiente estación que se lo llevan unos sujetos de traje y gafas oscuras, así sin decirle casi nada, nomás que tenía que irse con ellos porque su conducta era indebida. Yo lo vi al hombre mirarme a los ojos, directamente, con cara como de despedida. Sabe Dios que habrá sido de él. Bueno, en fin, te decía... ah sí, que se abre una de esas puertas, de las que conectan a un vagón con otro, y que aparece un tipo de traje y gafas y que nos dice a todos, muy ceremonioso él: A ver, con calma, escúchenme, vamos a bajar aquí en el túnel y a desalojar el tren por las vías, por favor no se amontonen y caminen hacia La Raza. Eso fue todo, nadamás eso nos dijo y que se abren las puertas del tren. Por su puesto que no faltó la señora que preguntó si había energía eléctrica en las vías ni la muchacha anónima que en medio de tanta y tanta gente descubrió alguna rata entre sus pies y que gritó con todo el aire que tenía. La caminada duró como una hora y fue una cosa de veras onírica, hasta –con perdón de los judíos, que no soy antisemita ni nada por el estilo- me dije, Seguramente que así, como la divina Grey, caminaban los judíos para trabajar allá en las vías de Auschwitz, o clamaban por una sanación improbable, ¡Maldito tifus, maldito! Ya ni llorar sirve, desafortunadamente no pude llegar con la doctora Dolores Bravo, pero sí que viví una experiencia rarísima. Yo nomás sé que al final ya ni era lógico hacer el intento de alcanzar a los aprendices de clérigos, porque fue hasta como las doce de la tarde que la salida del túnel se asomó en el horizonte, todavía lejano, y que pude decir, como algún día lo habrá dicho Dante al abandonar su Infierno “...hasta que por una redonda claraboya alcancé a ver las maravillas que ostenta el cielo, saliendo por fin a contemplar de nuevo las estrellas”.

Lo escrito es una réplica exacta de lo que me dijo Felipe Guevara la noche de Sábado que hablé con él. Yo lo escribí, el creerlo o no es decisión del lector insospechado
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lunes, noviembre 12, 2007

Hoy por la tarde fui partícipe de un acontecimiento memorable: el cumpleaños 84 del maestro Rubén Bonifaz Nuño, celebrado en la Facultad de Filosofía y Letras, como Dios manda. No faltaron el pastel, la cochinita pibil y la poesía de Píndaro que nos recuerdan que todos nos haremos irremediablemente viejos. Lo esencial sería llegar a una vejez como la del ilustre octogenario que, a pesar de padecer de oscuridad, es capaz de ver más allá de las metáforas de cada día y decirnos que su sentir es el del maestro, nuestro maestro.
Lo dije y lo digo, Rubén Bonifaz Nuño es un íntegro hombre de letras, de esos que te demuestran que el poeta, en otro tiempo, ha cantado ya lo que tú sientes.

sábado, noviembre 03, 2007

Si el destino me pidiera que resumiera en una palabra los secretos del mundo, esa palabra sería Borges.

domingo, octubre 28, 2007

Memoria de Zempoala (La batalla)

III
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La sangre resuma en todo el lugar. Los disparos de las carabinas opacan los gritos. El pasto tiembla, el polvo se levanta bajo los presurosos pies de los hombres. Se vive la guerra. Los machetes repiquetean afilados al toparse con sus iguales y después suenan huecos al penetrar en el resbaloso cuerpo del enemigo. Escondido detrás de las paredes heridas por las balas, Espinosa aguarda con su cuadrilla mientras reune ahí a la mayor cantidad de gente. Pronto son más de setenta los que están con él, pero debe esperar a que se presente el momento preciso, mientras no puede hacer más... Luego cae la noche, la madrugada y, con ella, un manto de silencio lo cubre todo, apaga los gritos de los desahuciados. Parece que la guerrilla se ha recostado a descansar el fragor de la tarde. De pronto alguien prende fuego a la capilla de la derecha. Esa es la señal. La noche arde en mil lenguas junto a la iglesia de Zempoala. Rápidamente el árbol de enfrente es alcanzado por las llamas, entonces Espinosa y su cuadrilla atacan, saben que es su oportunidad y que no pueden fallar. Los hombres se hieren unos a otros, se Hostigan, se agravian, se desgarran y lastiman mutuamente; alimentan con sangre derramada la tierra y la gloria prometidas y doblemente anheladas, dejando todo atrás para recubrirse de un sentimiento nacional común gracias al cual lo único exento de heridas durante la revuelta fue la convicción de los hombres.
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La mañana siguiente el sitio ha quedado desolado; el incendio ha sido sofocado por la algidez de la noche. La capilla, ya sin techo, descansa en paz y en ruinas; la mitad del árbol se ha convertido en alimento de las llamas; pero la cuadrilla de Espinosa continúa en pie. Zempoala y los pueblos aledaños han cedido, la resistencia ha sido exterminada, el movimiento revolucionario se ha apoderado del centro del país...

Memoria de Zempoala (Los chopos)

A Los chopos solamente se puede llegar a pie. Para llegar hay que atravesar un camino muy luengo ribeteado de nopales. Eso es lo que uno ve cuando le da vuelta al cerrote que está entre Zempoala y Los chopos: nopales y nopales, todos iguales, todos copeteados de tunas verdes y rojas. Si el camino hacia Los chopos es muy largo y hace que a uno le de hambre, uno puede comerse todas las tunas que quiera pero debe tener cuidado al cortarlas porque debajo de los nopales crecen abrojos y si a uno se le ocurre siquiera rozarlos, aunque sea con la suela, así nomás, aunque sea con la manga de la camisa, se le prenden a uno bien fuerte con sus espinas enormes. En Zempoala dicen que si un abrojo se agarra de ti, sabrás lo que es amar a Dios en tierra de indios. Yo les tengo miedo desde que uno se me prendió en la mano derecha como si fuera lo último que iba a hacer en su vida; cuando quise arrancármelo se me prendió de la mano izquierda y me dejó la otra llena de sangre; al final tuve que sacarme las espinas con unas pinzas de electricista. Por eso yo no como tunas cuando voy a Los chopos, por los abrojos; yo nomás me dedico a caminar y caminar hasta que veo el bosquecito de pinos que es Los chopos y que está abajo, en el valle, junto al riachuelo que nace en la presa del altiplano. Ahí es a donde voy cada fin de semana a pasar la noche y a hablar con Él.

Diez sabias Palabras

Miser Felipe, desinas ineptire, et quod vides perisse, perditum ducas...

sábado, octubre 27, 2007

Memoria de Zempoala (El arriero)

Hay un hombre en el camino. Su silueta se levanta en la planicie y es toda oscuridad. A lo mejor, piensa usted, lo que está en el camino no es un hombre sino la sombra de un hombre, porque eso parece, una mancha negra que se mueve en la parte más lejana y que se aproxima como un espejismo. Se detiene a mirar; el camino es largo y solitario, bordea un cerro que, usted calcula, mide más de cien metros hasta la punta. El camino es cercado a la derecha y a la izquierda por líneas sempiternas de nopales. Al fondo, el hombre se ha disipado.

domingo, octubre 14, 2007

Epitafio

Viernes 12 de octubre, ocho de la mañana con diez minutos.
La vida está plagada de señales magníficas; por ejemplo ésta: el hecho ocurrió el viernes doce de octubre, día de la raza, en el hospital La Raza.
La muerte merece un ejercicio constante de conciencia. La muerte es el más crudo encuentro con el otro y con lo otro.

sábado, septiembre 22, 2007

Don Rubén

El 20 de septiembre de 2007 tuve una velada encantadora Con Rubén Bonifaz Nuño. ¿Qué decir del maestro, del poeta, del filólogo, del traductor?
Es más que un tipazo, es un tipo de letras, pues.

miércoles, septiembre 19, 2007

Ritual

Ese tipo de detalles no se notan a primera vista, pero este caso es especial. Lo hace muy rápido, segura de su técnica perfeccionada a fuerza de veinte repeticiones diarias durante más de diez años: saca el cigarro de la caja, lo huele sin rapidez, lo acaricia con la punta de la lengua, a lo largo, muy sutilmente, y luego lo coloca entre sus labios para que alguien, quien esté a la mano, se lo encienda. Siempre el mismo gesto.
Recuerdo que así la conocí. Me pidió fuego una noche que me atrevo a calificar como glacial. Los parabrisas de los automóviles estaban invadidos por una delgada capa de agua semicongelada; en algunos barbechos de las afueras del pueblo se entreveía una línea blanca de escarcha, como la línea del alba; hasta podría jurar que los ladridos lejanos de los perros errabundos eran causados por la lúgubre algidez del aire. Pero ella y yo no teníamos tanto frío, al contrario; la asonada de los comensales, espectadores, jugadores, y borrachos, nos daba calor al tiempo que vagábamos en las inmediaciones de la feria de la virgen del refugio, en Zempoala.
La verdad es que ya la estaba observando antes de que me pidiera fuego en la fila del puesto de los panes (yo esperaba un par de bolillos; ella, alguna variedad de chonchas). Saqué el encendedor de mi bolsa derecha, giré la piedra y la lumbre intentó surgir tres veces, hasta que, con mi mano izquierda, pude contener las agresiones del viento nocturno, que apagaban la chispa. Pero no todo fue culpa del viento ni de la noche; la otra verdad es que me sentía perturbado. Quise disimular pero, como siempre, fue demasiado tarde: acababa de presenciar el ritual del enamoramiento entre una mujer y su cigarro, o pero aun, el deslumbramiento de conocer a la mujer a través de su cigarro.
Es posible que el ritual le produzca una enfermedad malísima, pero a mí me fascina.

miércoles, agosto 22, 2007

Verdaderos reencuentros

Cuando guardar las cosas viejas no tiene sentido, uno las publica. He aquí el primer texto cursi, redactado a los trece años, que, por obra de la siempre buena diosa Fortuna, encontré en un cajón cerrado:

Existe un lugar entre mi casa y la suya, (en mis sueños) en el que las flores, a veces tulipanes, a veces girasoles, crecen parecidas a ella y tan altas como mazorcas. Existe un día entre su tiempo y el mío, en que paso por ahí y casualmente nos encontramos en una hora perdida de la tarde. A veces miramos resignados y con abyecta humildad, (lágrimas guardadas, sin caer) al tiempo perdido correr en los pétalos arrancados de los tulipanes que no son más bellos que nuestros sueños. Me ha pasado algunas veces, -sobre todo cuando llueve y las manecillas me dicen que son más de las cinco de la tarde- que, caminando con la vista al suelo, veo los pliegues de mi pantalón y me parecen hermosos, brinco los charcos y me miro en ellos, siento el cabello mojado bajo mis ojos, sobre mi cara y nadamás río deseando, tal vez en secreto, (los pájaros lo saben) que aparezca ante mí lo único que no está.
También hay noches en que sé –por que lo sé de vez en cuando- que el cielo está profundamente estrellado aunque yo no lo vea, aunque el humo, las nubes y hasta la tristeza me lo impidan. Entonces suelo subirme a la azotea para mirar a la gente. Unos gritan, otros comen, otros leen, algunos miran televisión o duermen en sus sillones. Pero su casa, -la casa de ella- queda bien lejos, más allá de mis binoculares, de mi voz y de mi tacto, de mí oído y de mi olfato, pero no de mi mente, de la mente: el último recurso de los resignados. Conozco bien su vivienda, cada pared fría y caliente, cada ventana (por las que he deseado entrar sin ser visto en alguna noche más negra de lo habitual, para en silencio ver ese rostro y esas manos por las que mis manos sufrirían).
También sueño con escaparme una tarde, de preferencia miércoles o viernes, o en cualquier día que coincida con su tiempo y el mío. Quisiera irme en tren o en bicicleta, aunque sé que los trenes ya no se usan y que bicicleta no tengo, y sólo puedo caminar o correr sin rumbo, tomar café por las tardes y leche por las noches, tallar mi nombre en los árboles y escribir el suyo en la tierra, con piedras, palos o dedos. Y seguir soñando con el lugar de los tulipanes.
Algunos, (los que han visto mi comportamiento) me han dicho que así se siente estar enamorado; inmediatamente imagino que ellos nunca lo han estado realmente. Buscando testimonios de esto, todas las mañana leo los mismos periódicos viejos del diario, volteo a ver a la mujeres de hoy y siempre- las bellas-, admiro los automóviles y de repente escucho a los pájaros cantar mi secreto “ahí va el que mira sus pliegues” mientras pienso de pronto, y de vez en cuando nadamás, que quizá tienen toda la razón y estoy irremediablemente enamorado, totalmente enamorado o simplemente enamorado de ella.
A JJPM

Un domingo a las tres de la mañana

A las tres de la mañana del domingo, ambos escuchábamos música brasileña sentados en el suelo. Nidia nos observaba junto a Javier que también nos observaba.
En cinco minutos todo se fue directo al garete. Yo me mantuve sentado en la fina alfombra traída de los Estados Unidos de Norteamérica (¿Cómo no va a ser fina?), la cerveza se evaporó en un abrir y cerrar de bocas, el cigarro se es-fumó en cuatro profundos suspiros, lentos, lentos… -de caracol socavado sin ramita y sin flor- Jobim dejó de cantar y hasta la lluvia, magnífico techo de agua en desplome perpetuo, guardó silencio crepuscular para que un designio se escuchara; como si Dios mandase a sus finos ejércitos a decirme que ni sí ni no, que primero sí y que después no, que ya no sabes si estás o no estás, ¿y ella dónde está?
-Nidia, ¿qué hora es?
-Las tres y cinco.

domingo, agosto 19, 2007

Estudiante de tiempo completo

No han transcurrido aun dos semanas desde que entré a la escuela y ya reciento el peso de tener un horario, tan cargado de materias, que ocupa casi todas las horas útiles de mis días inútiles.
Ahora es que me pregunto qué sería de mi vida si a los alumnos de tiempo completo nos pagaran lo que le pagan a un profesor universitario, ya no digamos de tiempo completo sino de asignatura en la UNAM.
Aunque sé que es poco, pienso que podría, al menos, comprar libros y comer bien.
Probablemente me vuelva un "alumno de asignatura".

Comienzos triunfales

Alguien me contó ayer que en medio de la ampulosa y vomitiva multitud del metro había una pareja cuya relación amorosa estaba, apenas, en ciernes.
Él dijo:
-Yo soy sincero contigo. Me gustas, te quiero, te he esperado demasiado.
-Yo no sé qué decir.
-Yo soy sincero contigo, sólo dime que sí. Soy tan sincero que te diré algo -las cosas como son-: me gustas tanto que quiero meterte en mi cama pero no sólo eso. Si tú buscas una aventura entonces yo no soy el indicado. Si quieres a alguien que te acompañe, proteja y quiera hasta el fin de los tiempos (por un buen rato), entonces yo soy aquel.
-...

En ese momento un beso partió la monotonía del viaje, partió la tierra; la ciudad tembló desde dentro del vagón naranja del tren. Él dijo:
-Sólo sé que hoy, en tal día a tal hora, lo he logrado.
Así yo, sólo sé que hoy, 19 de agosto de 2007, he creado un blog (al fin).